La historia de las estatinas y la lucha contra la aterosclerosis

Por Juan L. Marcotullio - marcotulliojuan@gmail.com

Hace 2 Hs

La historia de la medicina está marcada por descubrimientos que cambiaron el destino de la humanidad. Las vacunas permitieron controlar enfermedades que durante siglos diezmaron poblaciones enteras. Los antibióticos transformaron infecciones mortales en cuadros curables. En el campo cardiovascular, uno de los avances más importantes de los últimos 50 años fue el desarrollo de las estatinas.

La aterosclerosis, caracterizada por el depósito progresivo de colesterol en la pared de las arterias, constituye la base de la mayoría de los infartos de miocardio y accidentes cerebrovasculares. Durante gran parte del siglo XX, los médicos podían tratar sus consecuencias, pero disponían de pocas herramientas para modificar su evolución. Todo comenzó a cambiar en la década de 1970 gracias al investigador japonés Akira Endo. Inspirado por el descubrimiento de la penicilina a cargo de Alexander Fleming y convencido de que los microorganismos podían convertirse en una fuente extraordinaria de medicamentos, estudió miles de hongos en busca de sustancias con potencial terapéutico. Su objetivo era encontrar una molécula capaz de bloquear la HMG-CoA reductasa, una enzima fundamental en la producción de colesterol por el hígado. Tras años de investigación logró aislar la primera estatina, la mevastatina. Poco después apareció la lovastatina, seguida por la simvastatina, la atorvastatina y, finalmente, la rosuvastatina, una de las más potentes y utilizadas en la actualidad. Con la perspectiva que dan los años transcurridos en el ejercicio de la profesión y de la especialidad, uno puede analizar lo que ocurrió durante estas décadas.

Recuerdo a la distancia cuando nuestro director en el Instituto de Cardiología, el profesor Burucúa, nos invitó a una charla de presentación de la lovastatina, allá por 1987. Yo era entonces jefe de residentes. Las estatinas estaban todavía en pañales y pocos imaginaban la magnitud de la revolución que comenzaba. Aquella novedad despertaba expectativas, pero nadie podía prever que se convertiría en una de las herramientas más eficaces de la medicina cardiovascular moderna. Los resultados clínicos comenzaron a sorprender a la comunidad médica. Los pacientes tratados con estatinas no solamente presentaban una disminución significativa del colesterol LDL, sino que además sufrían menos infartos, menos accidentes cerebrovasculares y menos muertes de origen cardiovascular.

Con el paso de los años, los grandes estudios internacionales confirmaron una realidad contundente: cuanto más eficaz era la reducción del colesterol LDL, menor era el riesgo de eventos cardiovasculares mayores. La prevención dejó de ser una teoría para convertirse en una evidencia científica sólida. Posteriormente se descubrió que las estatinas hacían mucho más que bajar el colesterol. También contribuyen a estabilizar las placas ateroscleróticas y a reducir la inflamación de la pared arterial. Por esa razón forman parte indispensable del tratamiento de pacientes que han sufrido infartos, recibido un stent coronario o sido sometidos a una cirugía de bypass. Como ocurre con cualquier medicamento eficaz, las estatinas no están exentas de efectos adversos. Algunas personas pueden experimentar dolores musculares, calambres o elevaciones leves de las enzimas hepáticas. Estos efectos han generado debates y cuestionamientos, pero la evidencia científica acumulada durante décadas sigue siendo contundente. La medicina moderna exige evaluar riesgos y beneficios. En un paciente con enfermedad aterosclerótica comprobada, suele resultar mucho más razonable controlar una molestia muscular o vigilar periódicamente un análisis de laboratorio que privarlo de una herramienta terapéutica capaz de prevenir un infarto o un accidente cerebrovascular.

Las estatinas forman hoy parte de la estrategia global de prevención cardiovascular y continúan siendo la piedra angular del tratamiento de la aterosclerosis. Los cardiólogos que ejercemos desde hace décadas hemos sido testigos privilegiados de esta transformación. Hemos visto cómo muchos pacientes lograron una evolución favorable gracias a estos tratamientos. También hemos comprobado que algunos de los beneficios más importantes son precisamente aquellos que no pueden verse: el infarto que no ocurrió, el accidente cerebrovascular que se evitó o la muerte prematura que nunca llegó. Akira Endo, pionero en el desarrollo de las estatinas y responsable de uno de los avances más trascendentes de la medicina moderna, falleció el 5 de junio de 2024 en Tokio, Japón, a la edad de 90 años. Su descubrimiento permitió prevenir millones de infartos y accidentes cerebrovasculares en todo el mundo. Tal vez haya sido el aporte farmacológico más importante desde la penicilina. La humanidad le debe un agradecimiento profundo.

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