Este año de 2026 se conmemoran los cien años de Don Segundo Sombra, la célebre novela de Ricardo Güiraldes que, además de ser una excelente narración, deja el registro de la vida rural de una época en nuestro país. Sin embargo, esta celebración pone en evidencia la omisión de algo que, hasta hoy, pasó desapercibido, y que es oportuno recordar ahora: me refiero al hecho de que su primer libro, El cencerro de cristal, es el primer libro de poemas escrito en verso libre publicado en español.
Los manuales, y en general los estudios dedicados al género poesía, atribuyen esta circunstancia a Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez; información errónea que se repite, como acabo de comprobarlo, en ese Aleph contemporáneo que es Google. También se adjudicó esa primacía al libro Adán, de Vicente Huidobro: él mismo lo hizo en el prólogo, con su modestia incorregible. Sin embargo, la cronología existe, y no es una opinión; y de esto resulta que el libro de Ricardo Güiraldes fue publicado en 1915, el de Vicente Huidobro en 1916, y el de Juan Ramón Jiménez en 1917. Con estos datos a mano, y siempre que no aparezca otra publicación anterior que yo desconozca y que no haya encontrado en mi rastreo, es evidente que el primer libro en verso libre en nuestra lengua es el de Güiraldes.
Ya había habido anticipos aislados en revistas culturales: por ejemplo, encontré el poema “Suave encantamiento” de Macedonio Fernández, que ya traía la libertad del nuevo verso, publicado en 1904 en la revista anarquista Martín Fierro, dirigida por Alberto Ghiraldo (no confundir con la más célebre y posterior, del mismo nombre, dirigida por Evar Méndez). Pero los poemas de Macedonio Fernández fueron recogidos en libro en 1953, un año después de su muerte.
Es cierto que, por razones que tienen que ver con el desarrollo histórico de su obra, Güiraldes nunca fue considerado poeta sino prosista; pero es incuestionable que, referido a la poesía, con él se abrió la puerta para que comenzara a llegar el aluvión de los “ismos” poéticos al Río de la Plata. De modo que el libro de Güiraldes marca un momento fundamental porque anticipa la llegada de una generación que incidirá en la poesía de todo el siglo XX, y esta poesía nacerá bajo el signo de la vanguardia. A partir del año siguiente comienzan a llegar en tropel, a nuestra lengua, los libros mencionados: de Vicente Huidobro, de Juan Ramón Jiménez, y todos los demás; y se produce el mayor revuelo en la historia de la poesía en español desde el causado por Boscán y Garcilaso de la Vega en el siglo XVI con los versos “al itálico modo” traídos a nuestra lengua.
No hay ninguna duda de la importancia de la novela de Güiraldes, como se ha dicho tantas veces y se dirá a lo largo de este año. Además de sus valores literarios, esos personajes que convivían con la inmensidad pampeana recibieron adhesión y una bienvenida inmediata y unánime. Todo lo contrario de lo que sucedió con su libro de poemas, que en el momento de su publicación cosechó tantos rechazos que su autor, según cuenta una anécdota no muy comprobada, terminó tirando a un pozo los ejemplares que aún estaban en su poder.
Curiosa situación la descrita: el éxito fue para un personaje y una forma de vida que ya entonces estaba en vías de extinción, mientras que el fracaso lo recibió una formulación novedosa, que traía el futuro a nuestro idioma, y que incluso llegaba con algún retraso si lo cotejamos con otros idiomas: recordemos que Walt Whitman había publicado Hojas de hierbas en 1855, en verso libre; y que, en francés, Rimbaud y Mallarmé ya habían consolidado esta forma.
Que alguien se ocupe de un mundo que se extingue, o directamente extinguido, no es infrecuente en literatura. Entre nosotros sucedió con la gauchesca: en sus comienzos fue literatura realista, pero su esplendor, ya con José Hernández y Rafael Obligado, coincide con la modificación de una forma de vida que el género daba por supuesta. El campo seguía en su sitio, pero los alambrados y las demarcaciones de las propiedades rurales habían terminado con la vida más bien nómada y autónoma de los arrieros. Ese hombre solitario, de inmensidades, estaba siendo incorporado a un sistema de producción que lo obligó a adaptar sus hábitos y, en consecuencia, a transformarse “como quien se desangra”.
Un trabajo del escocés R. Cunninghame Graham, referido al gaucho, sirve desde el título como fuerte indicación: “Una raza que se extingue”, y lo premonitorio es que está publicado en 1898. Refuerza esta visión la dedicatoria de W. H. Hudson en El ombú: “a mi amigo R. B. Cunninghame Graham, singularísimo escritor inglés que ha vivido entre los gauchos y refleja en sus libros algo del colorido de aquella lejana vida que está tan rápidamente desapareciendo”. De esto se deduce que la percepción de final de época era compartida por ambos. Y años después, en 1917, Ricardo Rojas decía lo mismo en su Historia de la literatura argentina: opinaba que el Martín Fierro marcaba una “etapa de culminación”.
La novela de Güiraldes tiene, entonces, el mérito de mantenerlo vivo: el gaucho sigue recorriendo la inmensidad de la pampa gracias a él. Esta situación es frecuente en literatura: da lo mismo que Macondo, La Mancha de don Quijote o la jungla de Tarzán tengan existencia tangible, o no; y por esta misma razón la pampa de Güiraldes pervive hasta hoy, y es motivo de celebración.
Pero esto, sin embargo, no impide que pensemos y volvamos a pensar sobre situaciones, obras literarias o paradojas históricas, sobre las que reposa buena parte de nuestras preocupaciones.
De lo que no hay dudas es de que, por entonces, la llegada del verso libre a nuestro idioma era inevitable. Y lo extraño es que no se haya advertido la contribución de Güiraldes.
El verso libre fue llamado así, lógicamente, porque vino a discutir con el verso tradicional; no sólo con él, sino que entabló batalla con toda la preceptiva: lo que molestaba era que existiera esa preceptiva; y Ricardo Güiraldes estaba en el frente de aquella tormenta, que buscaba una renovación no sólo formal, sino también temática. Precisamente Güiraldes escribió verdaderas diatribas contra el soneto: “No comprendo, y ya lo he dicho, que se sienta a un queso, a la mamá, a la luna, a una fiesta patria y al ‘atardecer inefable’, en forma de soneto. El soneto tiene un moldecito de budín en la mano y mete dentro todo lo que se le pone a tiro. Hacer sonetos es hacer de serie como Ford hace automóviles”. Por supuesto, el soneto sigue, hasta hoy, mandando de vez en cuando señales de permanencia; pero el parecer de Güiraldes y las intenciones consiguientes están incuestionablemente claras.
Lo que en cambio puede decirse sin riesgos, es que los poemas de Güiraldes sirvieron para que la generación siguiente encontrara el tono de la modernidad.
Sus poemas, y su amistad personal, le sirvieron a Borges para reinstalarse en el país después de su larga temporada en Europa. Queda demostrada la incidencia de esta amistad en la nueva manera de Borges y en la incorporación de una lengua cargada de argentinismos, de criollismo viejo, impregnada de algunos elementos que provenían del nacionalismo vigente por entonces: ese criollismo que en Borges duró sólo una temporada.
Pero la relación entre ambos escritores no se limita a estos alardes, sino que me parece más amplia si se consideran los poemas de Güiraldes. Transcribo, como rápida muestra, fragmentos del poema “Tango”, de Güiraldes, fechado en París en 1911 e incluido en su libro, que anuncia lo que unos años después vendrá a fijar Borges, no sólo en tema sino sobre todo en fraseo:
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Tango en que cada nota cae pesada y como a despecho,
bajo la mano más bien destinada para abrazar un
cabo de cuchillo.
Tango trágico, cuya melodía juega con un tema de
pelea.
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Tango fatal, soberbio y bruto.
Notas arrastradas, perezosamente, en un teclado
gangoso.
Baile de amor y muerte.
Vuelvo al comienzo para terminar. Considero que es totalmente merecido que este año recordemos la novela de Güiraldes, que sigue viva con sus cien años de plenitud literaria, con esos personajes que recorren la pampa y nos siguen mostrando su vigencia. Pero también considero que es necesario dejar asentado, para la historia de la literatura en nuestra lengua, que el libro de poemas de Güiraldes es fundamental en esta forma consolidada que llamamos verso libre, y que merece una memoria que hasta ahora no ha tenido a pesar del adelanto premonitor de su llegada, y de su valía.
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Santiago Sylvester – Escritor, miembro de número de la Academia Argentina de Letras.







