Del desafío viral al desafío familiar

Hace 4 Hs

La calle en tiempos de infancia es el espacio desafiante. Allí se hacen amistades, se expande el mundo privado, se hacen travesuras y se consolidan intereses que quizás en tiempos de adultez sean una profesión. Pero también es el lugar de preocupación de padres y quizás por eso, la calle se fue reduciendo en tiempo y espacio. Las pantallas parecen ser más tranquilizadoras y representan una sustitución de lo que se vive o vivía en pasajes y plazas. Pero, a pesar de que los más chicos estén seguros entre cuatro paredes, hay un universo que todavía nos cuesta entender como adultos, por los códigos, formatos y hasta el propio lenguaje con el que ellos interactúan con los cientos de estímulos que los rodean día a día.

Una reciente investigación publicada en la revista científica Youth & Society reveló datos alarmantes sobre la incidencia de los retos virales en los menores. Según el estudio, uno de cada cuatro adolescentes argentinos realizó al menos un desafío de este tipo en el último año.

El estudio, basado en encuestas a 848 menores escolarizados de entre 11 y 17 años, detalló que el 14% completó uno o dos retos, el 5% participó en tres o cuatro, y el 6% realizó cinco o más. Estas prácticas consisten en grabarse realizando una acción y publicarla en plataformas de alta penetración como TikTok, Instagram y YouTube, con el objetivo de viralizarse y ser imitados por otros usuarios. Allí operan instancias de validación entre sus pares, quienes son los que inician este tipo de desafíos y los viralizan en grupos cerrados para luego volcarlos al espacio público de una red social. Justamente la validación es el motor de los desafíos virales. Según el trabajo realizado en cuatro escuelas secundarias de Paraná (Entre Ríos) entre las cuestiones más novedosas del estudio están las motivaciones profundas de esta conducta, evidenciando que el impulso central de los jóvenes es la necesidad de aprobación social y el temor a quedar excluidos del grupo de pares. La búsqueda por tener más “me gusta” o más “clics” también despierta en los chicos una exigencia de impacto o resultado por lo que hacen. Según los expertos, se encontró una correlación directa y muy alta entre la participación compulsiva en retos virales y la adicción digital. Los menores que más disfrutan de estos desafíos presentan un uso problemático de internet y redes, configurando un perfil de vulnerabilidad emocional marcado por la impulsividad y la búsqueda de sensaciones intensas.

Quizás una de las claves que arroja el estudio es que hay un bajo nivel de involucramiento de los padres en las conductas de los adolescentes frente a las pantallas. Y aquí las iniciativas gubernamentales que hoy proponen la restricción de las redes se ponen en cuestión porque los estudiosos argentinos recomiendan evitar la prohibición extrema. En su lugar, proponen fomentar el pensamiento crítico mediante herramientas tan simples, pero necesarias, como la “regla de los 10 segundos” (reflexionar brevemente sobre las consecuencias antes de publicar algo). Quizás, sea tiempo de ponernos manos a la obra y concretar lo que muchas veces es más un anhelo que una decisión familiar: el celular propio no debería entregarse antes de los 11 años, el acceso a internet no antes de los 13, y las redes sociales recién a partir de los 16 años. Decisiones difíciles, seguramente, pero necesarias, según los expertos, en tiempos de crisis.

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