Padres y libros
Admirados, ausentes, incomprendidos o redescubiertos. Un conjunto de libros y testimonios que exploran los vínculos paterno-filiales desde la literatura, la memoria y la experiencia personal. De Paul Auster a Alejandro Zambra, de Jorge Fernández Díaz a Juan Villoro, historias que muestran cómo, aun cuando se alejan, los padres siguen habitando nuestras vidas.
La ley de la paternidad
De Auster y McCarthy a Juan Cruz y Soriano
Por Alejandro Duchini
A principios de los 90 creí haber encontrado el mejor libro sobre padres e hijos: se llama La invención de la soledad y su autor es Paul Auster. Allí estaba todo, porque Auster habla de su posición como hijo primero y como padre después. La forma en que describe a su papá es maravillosa. Aunque empieza con la muerte, esas páginas están llenas de vida. Ese “fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo” encierra demasiado. Tanto como su comienzo: “Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte”. Pero resulta que tras haber leído más novelas y cuentos sobre padres me encontré con La Carretera, de Cormac McCarthy, y ya nada fue igual en esa temática. Y resulta más: cuando llegué al final me encontré llorando. Llorando literalmente, quebrado en el alma. Hay muy pocos libros que pueden provocar esas cosas. Este es uno de ellos. La historia transcurre siempre en la ruta, después de una hecatombe mundial que el autor no describe y que tampoco vale la pena hacerlo. Un hombre y su hijo caminan hacia la nada, esquivando al hambre y a los hombres que se volvieron caníbales. Esquivando al invierno y a la muerte, acompañados siempre por la tristeza. Con apenas un carrito de supermercado con pocos víveres, el protagonista irá protegiendo a su hijo con un amor que sólo un padre puede dar.
Podría rescatar muchísimas frases de Ojalá octubre, del español Juan Cruz Ruíz. Pero no hay espacio para todas, así que escojo algunas: “Porque los padres y los hijos experimentan a lo largo de los años sensaciones paralelas, la vida los va haciendo iguales”, “cuando pasan los años uno siente que se va pareciendo a los silencios de sus padres” y “fue mucho más tarde cuando yo entendí ese modo de presentarme. ‘Mi hijo’. Quería decir que estaba contento de tenerme a su lado; su hijo, estaba orgulloso. Él estaba orgulloso. Pero eso nunca lo iba a decir con palabras. Él no iba a decir: ‘Estoy orgulloso de tener este hijo’”.
No puedo dejar de lado al que magistralmente describe en cada una de sus novelas o relatos el genial Osvaldo Soriano. Pero ninguno como el de La hora sin sombra, libro al que vuelvo cada dos por tres. “Era él quien había venido a mí y me traía la llave que necesitaba para llegar al final. Por eso no lo encontré en Mar del Plata ni entre los escombros de la ciudad de cristal. Advertí que mi padre nunca había estado tan cerca de mí como en los momentos en que lo creía perdido. Era ahora, al encontrarlo, que se alejaba para siempre, que debía aprender a vivir sin él”, se lee sobre un final tan emotivo como formidable. Tal vez tanto como Nadar de noche, el cuento de Juan Forn: “Y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más”.
Esto es apenas una parte de ese mundo entre padres e hijos que forman y unen las palabras, las páginas, los libros. La tinta la pone cada uno. A su manera. Como puede.
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Formas de volver a casa, formas de volver al padre
Por Máximo Hernán Mena
“¿Qué clase de espejo es un hijo?” se pregunta Alejandro Zambra, autor de Literatura infantil. Quizás esta pregunta es el doblez de otra que se formula Zambra en Formas de volver a casa: “¿De qué tienen cara nuestros padres? Pero nuestros padres no tienen cara realmente. Nunca aprendemos a mirarlos bien”. Pienso que este libro reciente es una suerte de continuación de Formas de volver a casa; Zambra se brinda aquí otra oportunidad, otro intento, para atisbar más de cerca en el rostro de su padre. Ya que ahora él mismo se ha convertido en padre. Y acaso, desde este momento de su vida, comienza a reconocer lo que hay de su padre en él, empieza a caer en la cuenta del parecido que tampoco nuestros hijos, al principio, suelen reconocer en nosotros. Y mientras en Formas primaba la mirada del hijo, ahora se construye el espacio de diálogo y reconocimiento entre ambos: “-Ahora podemos hablar”, y el padre responde “-Siempre hemos podido hablar”. Desde el fútbol, desde la pesca y desde las lecturas compartidas se delinea un nuevo rostro del padre, que antes era silencioso e inaccesible. Porque padre e hijo leen juntos y, como en una escena del filme El río de la vida, toman conciencia de que la vida no es una obra de arte y que los momentos mágicos no perduran para siempre. La literatura entonces sirve para desafiar el tiempo y poder mirar a los ojos a aquellos a quienes tenemos más cerca.
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Todos somos la obra de nuestro padre*
Por Jorge Fernández Díaz
“Sonó el teléfono en la redacción, atiendo y era mi padre. Casi me caí de culo. Mi padre me preguntaba si en mi crónica, que la iba contando de a capítulos, se recuperaba el dinero. Al final de un capítulo alguien llevaba un bolso con dinero para un rescate, lo apoyaba en el piso y un viejo se lo robaba. Atiné a preguntarle por qué quería. Y él me dijo porque aquí todos en el bar lo están siguiendo. Me comisionaron para que yo les anticipara. ¿Qué es lo que va a pasar? ¿Recuperan el dinero? Y le dije, sí, papá, lo van a recuperar. Y él me dijo, ¿estás seguro? Como si no creyera del todo que yo escribía eso.
La literatura nos había distanciado y nos volvió a unir, realmente. Nos indultamos mutuamente, como muchas veces hacemos con las personas que queremos. Nos indultamos”.
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*Fragmento de una entrevista publicada en estas páginas en abril de 2025.
El enigma
Libro ganador del Premio Nadal 2025
Por Fernando Sánchez Sorondo
En su novela Mamá, Fernández Díaz supo deslumbrarnos con esa gracia literaria española que reivindica ahora en El secreto de Marcial. Como sabemos, su autor es un periodista y un cronista notable, lo que suma a su narrativa aquello que Truman Capote inauguró en A sangre fría: la ficción fundada en hechos reales. El periodismo literario. Marcial Fernández, el protagonista es un inmigrante asturiano que no logra entenderse con su padre, cosa que, según Iván Turgéniev en Padres e hijos es ciertamente insoluble. La novela está narrada por el hijo de Marcial, quien refiere episodios tanto paternos como maternos: “Mi madre era reacia a esos juegos de baraja y a esas endogamias del club, y mi padre no concebía la vida sin ese lúdico refugio de camaradas, donde los viejos inmigrantes hablaban minuciosamente de sus aldeas remotas y de las increíbles vueltas del destino”.
El secreto de Marcial nos ofrece un mirador desde el cual podemos observar, con deleite, el paso (y el mal paso) de nuestra propia “Historia”.
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La “carta al padre” de Juan Villoro
La tensión entre el oficio intelectual y la paternidad
Por Carmen Perilli
Juan Villoro ronda, en La figura del mundo, la compleja y gigantesca figura del padre. Su padre Luis Villoro, un refugiado español que se enamoró de México y se convirtió en uno de las figuras más importantes del campo cultural con su producción antropológica y filosófica y sus intervenciones políticas. El hijo, cronista y escritor, afronta la tarea de dar cuenta de su vida y, por lo tanto, también de la relación entre los dos…
“Los intelectuales no deberían tener hijos” le dice una amiga en el comienzo del libro. Juan Villoro desmantela la afirmación para estudiarla y se sumerge en el íntimo vínculo sin pudor. Señala que su padre “ante las variadas aventuras de la inteligencia valoraba, por encima de todas las cosas, la capacidad de buscar un trazo esencial, un dibujo capaz de definir la inestable ‘figura del mundo’“. Su entrega al mundo del pensamiento era total. El padre parece estar lejos y cerca del hijo al mismo tiempo. Por ejemplo, cuando emplea el fútbol para crear un espacio con el hijo sin que este se dé cuenta.
La figura del mundo se centra en la larga sombra del padre y en su legado cultural. Entre las joyas del legado está la actitud crítica de quien no dudaba en asumir posturas que le llevaban al enfrentamiento con el mundo. El padre, el cartaginés, que a los 70 años partió a San Cristóbal de Las Casas a sumarse al Subcomandante Marcos dio innumerables batallas y la paternidad fue una de ellas.
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Mi padre, el pornógrafo
Memorias de Chris Offutt
Por Hernán Carbonel
Chris Offutt es hijo de Andrew Offutt. El mayor de cuatro hermanos, ha crecido en un hermoso paisaje semirural de Kentucky, entre ríos, montes y montañas.
Andrew Offutt, su padre, es escritor. Ex agente de seguros, a los 36 años ha tomado la comprometedora decisión de dedicarse exclusivamente a la literatura. Su rol en la escena sci-fi y fantasy de los EEUU de los ‘60 y ‘70 toma cierta relevancia, aunque su consagración se da como autor de pulps pornográficos bajo una veintena de seudónimos. Llega a publicar más de 400 libros; él mismo lo dice: prefiere ser un pez grande en un estanque pequeño.
Andrew Offutt, puertas adentro del hogar, se revela un hombre brillante, autosuficiente, bebedor incansable, pero déspota con su familia y carente de sentido de diplomacia, “un genio oscuro, cruel, egoísta y de un optimismo eterno”. Encerrado durante horas en su estudio, lleva por bandera aquella frase de Samuel Johnson: “nadie más que un zopenco escribiría jamás si no fuera por dinero”. Andrew se convierte en su propia exacerbación, su propio personaje.
Cuando Andrew Offutt muere, su hijo Chris, que también se ha vuelto escritor, se detiene en la titánica tarea de limpiar la casa y ordenar su biblioteca, sus archivos y manuscritos: son 800 kilos de material entre inéditos, cuentos, novelas y carpetas varias. Ahora es él quien tiene el mando sobre una herencia que no termina de coagular. “Lo que había comenzado como un intento de conformar una bibliografía de la obra de papá se había transformado en una compulsión por organizar toda su biblioteca con la esperanza de entenderlo”.
Es que esa función de archivero arrastra otro designio: el de recapitular sobre aquella figura omnipresente e impenetrable. Detrás de los papeles, está el hombre. Así, Chris vuelve atrás en el tiempo para hacer un recorrido por las ceremonias familiares a través de los años: lo callado, lo oculto, lo que de tan a la vista no se ve.







