Por Juan Ángel Cabaleiro para LA GACAETA
De la novela Desde el jardín (1971) se hizo en 1979 una película protagonizada por Peter Sellers, y actualmente está en escena una obra de teatro con el mismo nombre que tiene a Guillermo Francella en el papel de Chance, el jardinero. Las tres versiones, con diferencias, cuentan la misma historia basada en un malentendido: un jardinero analfabeto que por puro azar accede a los más altos círculos del poder norteamericano. Sus comentarios banales sobre jardinería, interpretados como profundas metáforas de la realidad política y económica del país, son la llave que le abre puertas. Su discurso sorprende y admira a las élites que, hacia el final de la novela, lo impulsarán como candidato a presidente de los EE.UU.
Kosinski advertía ya en 1971 de la existencia de pasadizos o atajos para el acceso al poder político, y el peligro de que por ellos se colaran personajes inapropiados. Lo había experimentado en carne propia tras la llegada de Hitler al poder, y lo mostraba en la novela como una exageración, una broma o una versión grotesca y premonitoria. Hoy, a toro pasado, lo interpretamos como una parodia de cosas que ya ocurren y que no parecen ni bromas ni tan exageradas. Si los primeros «colados» supusieron una tragedia, los actuales representan más bien una farsa, pero el elemento común en ambos casos es la manipulación del discurso y el poder de sugestión que tiene la retórica en el oído de las masas.
Si Chance, el jardinero, decía que después del invierno llegaría la primavera, su auditorio interpretaba que las crisis económicas son cíclicas y que invariablemente habrá una recuperación. El paralelismo es inevitable: quizás Karina Milei esté dando indicaciones sobre cómo decorar tortas o preparar postres, y los dirigentes libertarios con los que se reúne interpretan en clave política lo que son simples consejos sobre repostería. O tal vez no sea para tanto y les hable en términos políticos, pero aplique la misma lógica de repostería y comercio barrial en la que se formó a las grandes decisiones nacionales. Quizás el gobierno, de la mano de Karina Milei, esté siguiendo la deriva de un nuevo maquiavelismo político, más brutal y pragmático que el anterior.
Lo cierto es que esos pasadizos o atajos existen, y en el caso de Karina, la llave que le abrió las puertas fue su hermano, y más precisamente un discurso y unas maneras que calaron hondo en el ánimo de la sociedad y revirtieron en esperanza y votos. Porque ese pasadizo del que hablamos es, ni más ni menos, una parte fundamental de la democracia: el peso creciente que otorga al manejo del discurso, al histrionismo de los medios y las redes sociales por encima de las capacidades reales para ejercer un cargo. Más que la meritocracia, prima la logocracia, la capacidad retórica para entretener y enervar a las masas. Como en todo, lo supieron antes los griegos, que formaban a los jóvenes políticos de las clases acomodadas principalmente en oratoria, que era la herramienta para vencer en las batallas dialécticas de la asamblea.
P. D. sobre plagios
Uno de esos atajos buscó el propio Kosinski, pero no hacia el poder, sino hacia el éxito literario, y lo encontró por la vía del plagio: la novela de la que hablamos fue desenmascarada en un artículo de investigación publicado en junio de 1982 en el periódico neoyorquino The Village Voice. La obra original de la cual se plagió Desde el jardín se titula La carrera de Nikodemo Dyzma, una novela satírica publicada en 1932 por el célebre periodista y escritor polaco Tadeusz Dołęga-Mostowicz, que en Polonia es un clásico absoluto de la literatura de entreguerras. El apellido del protagonista, «Dyzma», se convirtió en un modismo del idioma polaco para describir a un oportunista ignorante que asciende socialmente por pura suerte.
En el artículo no solo se acusa a Kosinski de plagio, sino de haber encargado la escritura de la novela a un autor fantasma, debido al limitado conocimiento del inglés que tenía el inmigrante polaco. A partir de esta denuncia se sucedieron otras, vinculadas al resto de sus obras, todas, al parecer, sospechadas de plagio en alguna medida. Envuelto en escándalos y habiendo perdido la confianza de editores y colegas, Kosinski se suicidó el 3 de mayo de 1991, en Nueva York. La nota de despedida, según se pudo verificar, era original suya, y decía: «Me he ido a dormir por un tiempo mayor de lo habitual. Llamémoslo Eternidad».
© LA GACETA
Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.







