“¿Qué tengo yo que nadie más puede ofrecer?”: la pregunta ante la crisis en la cultura

El gestor cultural Enrique Avogadro promueve idea de potenciar una oferta artística latinoamericana desde las identidades propias de cada país. Talento local exportado al mundo.

CON UNA MIRADA GLOBAL. Enrique Avogadro defiende la importancia de construir redes culturales regionales.
CON UNA MIRADA GLOBAL. Enrique Avogadro defiende la importancia de construir redes culturales regionales.
Fabio Ladetto
Por Fabio Ladetto Hace 4 Hs

El reciente triunfo de la miniserie tucumana “Tafí Viejo, verdor sin tiempo” en los premios Martín Fierro (se alzó con las estatuillas a mejor producción nacional de ficción, Eduardo Pinto a mejor director y Luciano Cáceres a mejor actor) relanzó la idea de que una realización de calidad que muestre lo local puede lograr repercusión y reconocimiento.

En ese sentido se inscribe el pensamiento de Enrique Avogadro, gestor cultural y detallado observador de la realidad artística en forma global, en un momento de profunda reconversión mundial. Todas las semanas, comparte sus inquietudes y miradas en Pulmón Creativo, bajo la premisa de compartir “herramientas prácticas y estrategias creativas para transformar organizaciones, ciudades y negocios a través de las industrias culturales y la economía creativa”.

En tiempos de repensarse, Avogadro lo hizo. Luego de haber sido secretario de Cultura y Creatividad en el Ministerio de Cultura de la Nación (viceministro) durante la gestión de Mauricio Macri, encabezó esa cartera en la Ciudad de Buenos Aires entre 2017 y 2023, con Horacio Rodríguez Larreta. Desde entonces, se volcó de lleno a la actividad privada con desarrollo de un proyecto en redes sociales y un programa de radio, en un giro del que no se arrepiente; por el contrario, lo defiende como una nueva etapa que le dio oxígeno mientras rumbea a su cumpleaños 50 en octubre.

El diálogo con LA GACETA, el exfuncionario señaló que “la pregunta dejó de ser ‘¿cómo me parezco más a lo que funciona afuera?’ y pasó a ser ‘¿qué tengo yo que nadie más puede ofrecer?’. A lo largo de la entrevista, la posibilidad de potenciar la producción artística (entendida en sentido amplio) del subcontinente latino del sur del planisferio emerge como una opción fundamental para crecer en el presente y futuro, pero alerta: “Sería un error intentar fabricar una ‘marca Latinoamérica’ prolija, exportable, sin asperezas”.

- ¿Cómo se construiría esa experiencia de “inventar el Sur”?

- Más que con un manifiesto, empieza por dejar de pedir permiso. Esa fue la intuición que me dejó la edición sobre Trueno y Milo J: dos pibes menores de 25 años que no producen pensando en que los entienda Brooklyn o Madrid. Producen desde La Boca o Morón, mezclan chacarera con trap, ponen un mate en el Tiny Desk de NPR, y llegan al mundo con un mensaje muy propio. Inventar el Sur es eso: dejar de optimizar para el algoritmo del Norte y confiar en que la especificidad radical, apostar por nuestra identidad, es exactamente lo que va a tener más impacto en el mercado global.

- ¿Puede hablarse de una fórmula para lograrlo?

- La experiencia se construye con tres ingredientes. Territorio: tomar en serio lo que solo se puede hacer desde donde uno está. Digestión: absorber influencias sin culpa y devolverlas transformadas, que era la tesis antropófaga de 1928. Y redes Sur-Sur, porque gracias a la tecnología hoy hay muchas más experiencias de trabajo artístico colaborativo. Este fenómeno, por supuesto, no es novedoso. Pero la combinación del talento local, la audacia de llevarlo al mundo y la aceleración del consumo globalizado por la pandemia y la tecnología abren oportunidades únicas.

- ¿América Latina tiene oportunidad de alcanzar un espacio asegurado en el contexto artístico internacional?

- La ventana está abierta, pero no para siempre. Los datos son contundentes: la música latina facturó U$S 1.000 millones el año pasado en Estados Unidos, Bad Bunny se llevó el primer Grammy al Álbum del Año en español, desde 2020 la región produjo casi 500 series originales. Y eso sin contar la literatura, las artes visuales, la arquitectura, la gastronomía o el diseño, que están en el mismo movimiento. Mi preocupación es otra: si esa marea va a quedar atrapada en cuatro o cinco nombres rutilantes o si se va a traducir en infraestructura, políticas públicas, financiamiento, formación, gobernanza. Sin una mirada sistémica es muy difícil que lleguemos lejos.

- Sería el gran desafío.

- Y ahí está nuestra debilidad. Tenemos talento de sobra y plataformas para mostrarlo como nunca antes. Lo que falta es la maquinaria institucional para sostener eso en el tiempo. Es exactamente la conversación que vengo teniendo con organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento (hoy llamado Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe) y el Consejo Federal de Inversiones en la Argentina: cómo transformar esta oportunidad en cadena de valor regional, no en hitos individuales.

- ¿Puede haber una identidad regional construida sobre las diferencias locales?

- Yo diría que es la única identidad regional posible. América Latina nunca va a tener -ni necesita- la coherencia narrativa de Corea o Japón. Somos un archipiélago de 12 o 15 ecosistemas culturales muy distintos. La cumbia villera, la bachata, el funk carioca y el dembow dominicano no son lo mismo. Y está perfecto. Cada vez creo más que la identidad regional se construye al revés de como solemos pensarla: no buscando un mínimo común denominador, sino federando las máximas especificidades. Cuando Bad Bunny canta sobre Puerto Rico, cuando Anitta vuelve al funk carioca después de años de pop anglo, cuando Trueno trae a un payador, no diluyen la región: la cuentan desde lo que la hace única. Lo verdaderamente potente es lo opuesto: redes Sur-Sur que reconozcan las diferencias como capital, no como obstáculo. Eso ya está pasando entre gestores, artistas y empresas creativas de la región. Lo que falta es que las políticas públicas registren ese movimiento.

- ¿Por qué definís la región como “pulmón cultural y creativo del mundo”?

- El pulmón es la metáfora que le dio nombre a mi newsletter, así que está en el corazón del proyecto. La uso por dos razones. La primera es funcional. Las industrias culturales y creativas son una de las mayores oportunidades que tenemos como región para generar empleo formal, inclusión y desarrollo a gran escala. Tenemos demografía joven, una creatividad probada y costos de producción competitivos. Si lo hacemos bien, podemos ser para el siglo XXI lo que el Sudeste Asiático fue para la manufactura del siglo XX. La segunda razón es simbólica, y creo que es la más urgente. El mundo está agotado. Saturado de homogeneidad algorítmica, de slop visual, de contenido que se parece demasiado entre sí. En ese contexto, una región con tanta densidad creativa y tanta diversidad cultural funciona literalmente como un sistema respiratorio: oxigena, trae un aire nuevo. Y no lo planteo desde una visión romántica. Es geopolítica cultural. El Norte está agotando su propio relato y necesita otros lugares desde donde respirar. Eso es exactamente lo que tenemos para ofrecer. Y eso puede -y debe- ayudarnos a generar trabajo, desarrollo.

- ¿La tecnología permite desarrollar estrategias diferentes a las de antes?

- Sí, y de una manera que todavía estamos digiriendo. En el newsletter traigo todas las semanas casos internacionales que hablan del tema. Pensemos, por ejemplo, en Hooroo Jackson, un cineasta independiente que produjo el primer largometraje animado con Inteligencia Artificial de la historia con U$S 405 y lo metió en Prime Video. Lo mismo está pasando en Bengaluru, India, donde el estudio Galleri5 logró producir una serie sobre el panteón hindú a una quinta parte del costo tradicional. O en Nueva Zelanda, donde una radio comunitaria mâori construyó un modelo de reconocimiento de voz para preservar su propia lengua. La tecnología no inventó el talento, pero está haciendo que el precio de entrada tienda a cero. Para una región como la nuestra, históricamente ahogada por la falta de capital, eso es una revolución. La condición es no quedarse fascinados con la herramienta: hay que tener algo para decir. La IA democratiza la producción, no la mirada. Y la mirada sigue siendo el bien más escaso, más distintivo y más nuestro.

- ¿Mirar lo internacional y las experiencias globales puede ser el oxígeno de la crisis local?

- Sí, pero en la medida que busquemos inspiración, no como una simple copia. Es exactamente el método con el que escribo mis opiniones cada semana. Cuando una librería en Tokio inventa una membresía rara, no nos sirve replicarla a Corrientes y Callao; nos sirve entender qué problema estaban resolviendo y traducir esa lógica a nuestro contexto. Mirar afuera nos ahorra años de prueba y error. Nos saca del provincianismo del “esto es así porque siempre fue así“. Y -esto me parece todavía más importante- nos protege del provincianismo inverso: la idea de que afuera tienen todo resuelto y nosotros no podemos. Cuando uno mira con detenimiento descubre que Detroit se está reinventando desde su cultura después de quebrar, que Lisboa pelea con los mismos problemas de gentrificación que Buenos Aires, que Helsinki recién está descubriendo lo que Medellín viene haciendo hace una década con sus parques-biblioteca. Lo internacional te da un repertorio pero la traducción siempre es local.

- ¿Cómo se articula la creatividad con las exigencias del mainstream y de los algoritmos?

- Es la tensión más interesante del momento, y no la veo como un dilema. Durante años se pensó que para escalar había que pasteurizar: bajar el acento, traducir la canción, suavizar los rasgos. Hoy el algoritmo está premiando exactamente lo contrario. Bad Bunny canta en español puertorriqueño y la industria estadounidense le da el Grammy. La facturación de Anitta se le multiplica con su cambio de estilo. En “El Eternauta” juegan al truco y putean en argentino. El algoritmo no quiere productos blandos: quiere intensidad, especificidad, conexión emocional rápida. Eso, paradójicamente, juega a favor de la creatividad con raíces. Lo que sí cambió son las reglas de juego: hay que entender los formatos, los tiempos, las dinámicas de atención fragmentada. Pero el contenido más diferenciado es el que mejor performa. Y para los creativos de nuestra región, eso es una noticia inmejorable.

- ¿Se puede definir la creatividad? ¿Cuáles serían tus musas?

- Si tuviera que definirla en una sola frase, diría que la creatividad es la capacidad de hacer aparecer algo que antes no estaba ahí, conectando piezas que parecían inconexas. Es menos talento y más oficio: la disciplina de mirar dos cosas que nadie había mirado juntas y preguntarse qué pasa si las cruzo. Sobre musas, prefiero hablar de obsesiones, que son más fieles. La primera es la ciudad. Camino mucho, miro veredas, plazas, edificios viejos, cómo se ocupa el espacio público. Me gusta todo lo que pasa de noche. Buenos Aires me dio la primera intuición de que la cultura podía ser política pública, y esa idea no se me fue más. La segunda obsesión son los híbridos: la gente que mezcla mundos que no deberían tocarse. Un arquitecto que termina haciendo comida. Un músico que dirige un museo. Un programador que escribe poesía. Ahí pasa lo interesante.

- ¿Cuál es el valor de ser original, cuando arrecian propuestas que se parecen entre todas?

- Justamente porque arrecian propuestas que se parecen entre todas, la originalidad pasó a ser una ventaja competitiva concreta. Estamos saturados de slop -ese término horrible que ya entró al diccionario- que es el contenido genérico producido a escala industrial por las herramientas de IA. En ese mar de mediocridad uniforme, lo que sobresale es la huella humana: el error, la decisión rara, el detalle imposible de prever. Una de las tendencias que más me interesa para este 2026 es justamente esa: del brillo IA a la humanidad visible. Cuando lo perfecto se vuelve automático, gana valor lo imperfecto, el proceso, la mirada particular.

“¿Qué tengo yo que nadie más puede ofrecer?”: la pregunta ante la crisis en la cultura

Ls objetivos de la serie “Tafí Viejo, verdor sin tiempo”, según Marcos Acevedo

“El objetivo principal de ‘Tafí Viejo, verdor sin tiempo’ fue honrar la cultura de nuestra ciudad y de la provincia expresada en nuestros paisajes, costumbres, idiosincrasia e identidad. Tanto los guionistas como el director Eduardo Pinto tuvieron la elegancia de abordar los contrastes y las contradicciones que se manifiestan en las diferencias económicas y sociales retratando con igual belleza todas esas aristas”, sostuvo Marcos Acevedo a LA GACETA.

El secretario de Gestión Cultural y Gestión Educativa del municipio taficeño reconoció que la serie “significó en lo personal un desafío, un orgullo y una responsabilidad como facilitador para que tantos actores, actrices, técnicos, músicos, bailarines, artistas visuales y diseñadores tengan un espacio de visibilización y reconocimiento, situación que viene siendo tan cuestionada en los últimos tiempos”.

Acevedo destacó que “la puesta en marcha de un proyecto de esta envergadura es un desafío enorme, porque la actividad audiovisual es de una particular complejidad que supone un proceso intenso y de larga duración: entre la idea, los primeros borradores, la escritura final del guión, la filmación y las posproducción pasaron casi dos años”.

El funcionario subrayó que “la realización de este tipo de proyectos en Tucumán tiene varias particularidades que están asociadas a la riquísima vida cultural que tiene nuestra provincia y a los espacios de formación específicos como son las carreras de teatro y de televisión y cine de la UNT, que brindan el recurso humano capacitado y profesional”. “Sin embargo, no son frecuentes experiencias tan demandantes, que requieren jornadas de filmación extendidas, de lunes a viernes, con exigencia en términos de concentración, de eficiencia y de capacidad de resolución de imprevistos. Por eso, la serie también ha significado un espacio de profesionalización y consolidación de los equipos técnicos y artísticos”, concluyó.

Comentarios