Resumen para apurados
- Los Fabulosos Cadillacs brindaron un concierto masivo en el Palacio de los Deportes de Tucumán, donde repasaron sus grandes éxitos ante un público de diversas generaciones.
- Liderada por Vicentico junto a su hijo Florián, la banda regresó a la provincia para llenar el estadio con un show de dos horas de duración que marcó su retorno a los escenarios locales.
- El evento reafirma la vigencia de la banda en el NOA y consolida al Palacio de los Deportes como un recinto clave para espectáculos musicales de alta convocatoria en la región.
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Después de casi 20 años de ausencia, Los Fabulosos Cadillacs volvieron a Tucumán y convirtieron al Palacio de los Deportes en una celebración generacional. El regreso no tuvo despliegues grandilocuentes ni efectos desmedidos: alcanzaron dos horas de música, clásicos inoxidables y una banda afilada para que el público agotara cada canción como si el tiempo no hubiera pasado desde aquella última visita en 2009.
A las 22.10 las luces bajaron y los Cadillacs aparecieron en escena. El estallido fue inmediato. Desde los primeros acordes de “Manuel Santillán, El León”, el estadio completo entendió que la noche iba a ser una sucesión de himnos. Antes, desde temprano, ya se intuía el lleno total: cerca de las 21 el acceso al Palacio de los Deportes se volvía cada vez más lento y la sensación era que no entraba una persona más.
La estética del show tuvo varios detalles que hablaron de la identidad de la banda. Vicentico salió con un camperón de San Lorenzo, mientras que en una de las islas de percusión se veía pegado un escudo de Aldosivi. El cantante volvió además a mostrarse con el bastón que se convirtió en una marca personal en los últimos recitales; lejos de cualquier motivo médico, él mismo había explicado tiempo atrás que lo usa simplemente para aportar “elegancia”.
Las visuales fueron simples. Sin demasiadas pantallas ni artificios, la mayoría de las cámaras estuvieron destinadas a seguir de cerca a los músicos y reforzar el clima de recital clásico. En una era donde muchos shows apuestan al impacto visual permanente, los Cadillacs parecieron elegir el camino opuesto: dejar que las canciones sostengan todo.
Y lo hicieron. Sonaron “Mi novia se cayó en un pozo ciego”, “Demasiada presión”, “Carmela”, “Calaveras y diablitos” —con armónica incluida—, “Siguiendo la luna”, “Padre Nuestro” y “Mal Bicho”, entre otras. Uno de los momentos más celebrados llegó con el himno nacional, sostenido por un largo solo de bajo de Fabio Cianciarulo que levantó una ovación inmediata.
Sobre el escenario también estuvo presente la memoria. Entre los instrumentos se veía una fotografía de Gerardo Rotblat, histórico percusionista fallecido justamente en 2009, el mismo año de la última presentación tucumana de la banda. El homenaje silencioso acompañó toda la noche.
En familia
Vicentico compartió además escenario con su hijo, Florián Fernández Capello. Entre canción y canción se cruzaban miradas cómplices que aportaban una intimidad inesperada en medio de un recital multitudinario.
“Estamos muy felices de estar aquí. Muchos años sin venir, no sé por qué”, dijo Vicentico ante un público que mezclaba edades y experiencias. Había una señora de más de 80 años aferrada a la baranda siguiendo cada tema de pie, chicos acompañados por sus padres y jóvenes que parecían vivir su primer gran recital. En la primera fila del campo, un fan ciego agitaba su bastón apuntando hacia la banda, como buscando hacerse notar entre el movimiento colectivo.
Una de las últimas canciones fue “Mal Bicho”, aunque nadie creyó realmente que fuera el cierre. Los Cadillacs regresaron para un bis inevitable: “Matador” y “Vasos Vacíos” terminaron de transformar el Palacio en una fiesta desbordada, cantada de punta a punta.
Después de casi dos décadas, Tucumán volvió a encontrarse con una de las bandas más importantes de la música argentina. Y la respuesta fue inmediata: un estadio repleto, canciones eternas y la sensación de que algunos regresos consiguen borrar el tiempo.







