UN MUNDO INTERIOR. Es lo que se desprende de esta figura sumida en sus pensamientos que dibujó Salas.
Octubre de 1988, a la tardecita. Un grupo de amigos comparte en Las Estancias su habitual “retiro artístico”. “Vamos a caminar”, sugiere alguien. Y allí parten Gerardo Ramos Gucemas, Onofrio Lomáscolo, Alfredo Pecasteing y el anfitrión, Juan Monmany. “Yo me quedo”, dice Aurelio Salas.
Cuando regresan, el impacto es absoluto. Sobre una de las paredes encuentran un mural que Salas, carbonilla en mano, ha ideado y dibujado en un puñado de horas. Y allí quedó, en esa vivienda familiar enclavada en Alto Las Juntas, aguardando en absoluto silencio la oportunidad de revelarse al público. Ese momento llegó, de la mano de Beatriz Cazzaniga.
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Así es la historia del arte. Hay obras que permanecen décadas en silencio, ocultas en una casa, lejos de los museos y de los catálogos. Hasta que un día alguien abre la puerta para que el polvo acumulado sobre la memoria se despeje. Fue así que este mural de Sixto Aurelio Salas -uno de los más grandes dibujantes argentinos y figura fundamental de las artes plásticas tucumanas- reapareció después de casi cuatro décadas de anonimato.
La noticia alcanza una dimensión excepcional. Según investigaciones preliminares de Cazzaniga, podría tratarse del único mural realizado por Salas en toda su trayectoria.
Eso modifica todo, teniendo en cuenta que Salas fue, sobre todo, un hombre del dibujo y del papel. Ese trazo íntimo y concentrado, propio de un universo humano comprimido en líneas tensas y sombras profundas, estuvo ligado históricamente al soporte pequeño o mediano: ilustraciones, dibujos, pintura de caballete en sus inicios. Pero nunca, al menos hasta ahora, a un mural ejecutado directamente sobre una pared.
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“Dicen que se quedó mirando la pared -apunta Cazzaniga, reconstruyendo el relato de los propietarios de la casa-. Agarró la carbonilla de vaya a saber dónde y se puso a dibujar”.
La escena es puro Salas. El gesto silencioso, la improvisación, la introspección convertida en imagen. Como si el artista hubiera necesitado dejar allí una marca física. “Fue un impulso creativo”, resume Cazzaniga.
Frente a ella se despliega un mar de carpetas, apuntes, fotos, dibujos -propios o intervenidos-. Es su mesa de trabajo, en la que todo lo referido al mural de Salas ocupa un lugar preferencial. Es otra tardecita, en este caso en Yerba Buena. Cazzaniga ha franqueado la entrada de su casa-taller a LA GACETA.
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La historia le llegó hace unos años. “Tengo un mural importante allá en Las Estancias. Me gustaría que lo vieras. Es una obra de Salas”, le decía el ingeniero Lomáscolo, pero el encuentro recién pudo concretarse este año.
Discípula de Salas en la Universidad Nacional de Tucumán, restauradora e investigadora especializada en conservación material de obras, Cazzaniga viajó a Catamarca entre el 25 y el 28 de febrero para realizar la primera documentación técnica del mural y elaborar un prediagnóstico sobre su estado de conservación.
Lo que encontró superó sus expectativas. “Primero porque es un mural sobre una pared. Y segundo porque no está el registro de otro mural como este”, advierte.
El mural ocupa un espacio interior de la vivienda, mide aproximadamente 2,16 metros por 1,28 y representa a una figura humana sentada, pensativa, ejecutada en carbonilla sobre un fondo gris oscuro. El sello de Salas es inconfundible.
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La figura parece suspendida en un clima de introspección y gravedad. Un hombre solo, hundido en su pensamiento, construido mediante líneas firmes, claroscuros intensos y trazos de extraordinaria soltura. Hay un mundo interior ahí.
En el informe elaborado tras la visita, Cazzaniga vincula la obra con lo que muchos críticos definieron como el “Universo Salas”: esa constante preocupación por el ser humano social, por la interioridad y por la tensión existencial que atraviesa toda su producción.
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Pero lo extraordinario no es únicamente el valor artístico. También está el modo en que la obra fue realizada, ya que Salas no trabajó sobre un muro preparado especialmente. No hubo planificación técnica ni acondicionamiento del soporte. Dibujó directamente sobre una pared que hasta entonces había servido para colgar afiches, cuadros y objetos decorativos. Es más, los agujeros de antiguos clavos todavía permanecen visibles bajo la imagen.
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Esa precariedad inicial es justamente lo que hoy vuelve tan delicado el trabajo de conservación. Allí aparece el verdadero territorio de trabajo de Cazzaniga. “A mí me interesa lo material -afirma-. Amén de que ya hay una historia y una estética importante, me interesan los soportes. Cómo lo hizo y cómo tengo que verlo yo desde ese punto de vista material-físico para decidir si tengo que intervenir”.
Ella habla del mural como de un organismo complejo; una suma de capas, tensiones, materiales y procesos físicos que deben ser comprendidos antes de cualquier restauración. Por eso su informe se interna minuciosamente en la estructura de la pared, los materiales originales, las fisuras, los pigmentos y los posibles tratamientos de conservación.
Lo primero que descubrió fue que la obra no termina donde hoy parece concluir. El marco blanco-amarillento que actualmente delimita el mural fue agregado posteriormente por Juan Monmany, antiguo propietario de la casa y pintor. Originalmente, según los testimonios recogidos, Salas había concebido toda la pared como parte de la obra.
Ese cambio alteró la percepción espacial del mural y dejó incluso rastros materiales visibles. Algunas zonas presentan tonalidades distintas debido a un protector aplicado posteriormente para preservar la carbonilla. Pero nadie sabe exactamente qué producto fue utilizado y eso representa un problema técnico.
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La investigación se volvió entonces casi arqueológica. La restauradora realizó cortes estratigráficos, observaciones con lentes de aproximación, estudios táctiles y relevamientos fotográficos minuciosos. Descubrió que debajo del fondo gris actual existen otras capas: una pintura rosa, otra blanca y finalmente el mortero original. Más abajo asoman los ladrillos de barro, entretejidos por una técnica ancestral de construcción todavía vigente en la zona.
Para comprender la estructura del soporte, Cazzaniga entrevistó a constructores locales. Uno de ellos, Raúl Cabrera, explicó detalladamente cómo se levantaban esas paredes. Usaban bases de piedra sin argamasa, ladrillos de barro mezclados con tierra negra, pasto, paja y excremento de caballo para dar consistencia. Todo ese conocimiento tradicional resulta ahora indispensable para cualquier futura restauración.
Además de sufrir el paso del tiempo, al mural también lo afectan las características sísmicas de la región. La casa presenta grietas y fisuras provocadas por temblores frecuentes en la zona del Aconquija. Dos -muy grandes- atraviesan directamente el mural.
De todos modos, Cazzaniga evita cualquier conclusión apresurada, a la espera de que se hagan los análisis científicos que determinen la profundidad de las fisuras. Ese punto revela también otra dimensión de la historia, ligada a las enormes dificultades que enfrenta la conservación patrimonial.
El informe que elaboró en febrero fue realizado por iniciativa personal. Gratis.
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Es tiempo de hablar de Salas y de su tiempo. Cazzaniga siente que toda esa generación de artistas tucumanos quedó parcialmente relegada de la memoria cultural argentina. Nombra entonces a Luis Lobo de la Vega, Ramón Fernández, Juan Bautista Gatti, Timoteo Navarro...
En ese contexto, la aparición del mural adquiere un valor simbólico enorme. Amplía el catálogo conocido de Salas, claro, pero por sobre todo recupera una dimensión inédita de su producción. Y también porque reactiva la memoria de quienes lo conocieron.
Cazzaniga fue su alumna en la UNT. Lo recuerda como un hombre tímido, silencioso y profundamente humano. “Era muy particular -sostiene-. Distinto de la docencia actual, que es tan organizada, él simplemente transmitía lo que sabía”.
La admiración crece mientras describe los trazos del mural.
“Es increíble la soltura que tiene -señala-. Trazos intermitentes, completos, muy gruesos. Y además estas sombras son muy particulares. Verdaderamente eso sigue teniendo vigencia. Muchos van a decir: ‘bueno, es un dibujo en grande’. Pero no es solo expresividad, hay algo más que te transmite”.
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Ese “algo más” parece atravesar toda la historia del mural.
Está en la figura pensativa.
Está en el gesto impulsivo de Salas dibujando solo durante una tarde.
Está en la fragilidad de la carbonilla sobre una pared imperfecta.
Está en las fisuras abiertas por los temblores.
Y también en la persistencia silenciosa de una obra que sobrevivió 38 años lejos de cualquier circuito artístico.
Cazzaniga insiste en que se trata de un patrimonio cultural de enorme relevancia, y que deriva en una paradoja de lo más poderosa. El único mural conocido de uno de los grandes dibujantes argentinos estuvo durante décadas escondido en una casa de veraneo de montaña. Como si hubiera elegido el anonimato; o como si el tiempo hubiese decidido preservarlo en silencio hasta ahora.
Este mural improvisado sobre una pared imperfecta parece condensar toda la esencia de Salas. Habla del dibujo como respiración natural, el impulso creador inmediato, la humanidad silenciosa, la profundidad interior. Una obra nacida como un gesto privado que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en parte de la memoria cultural del NOA.
Perfil: el protagonista
Titulado en la UNT, de la que fue docente, Sixto Aurelio Salas (Tucumán, 1924-1993) es reconocido como uno de los grandes dibujantes argentinos. Perfeccionado junto a Lino Spilimbergo y a Lajos Szalay, fue ilustrador de LA GACETA durante cuatro décadas. Los numerosos premios que ganó certifican la excelencia de su obra.









