PUCCIO. Alejandro enfrentó a Canessa en un partido de hace 49 años.
La historia de Roberto Canessa y Alejandro Puccio sigue generando preguntas incómodas. Los dos compartieron una cancha en octubre de 1977, durante el partido aniversario por los 75 años del Club Atlético de San Isidro. Los dos llevaban el número 14. Los dos eran wings. Y los dos pertenecían a mundos sociales muy parecidos. Sin embargo, el tiempo los transformó en símbolos opuestos: Canessa, sobreviviente de la tragedia de los Andes y emblema de solidaridad; Puccio, integrante del clan criminal liderado por su padre, Arquímides Puccio. Esa dualidad volvió a ponerse en discusión en una entrevista con Pablo Deluca, considerado el árbitro internacional más importante que tuvo el rugby argentino.
Deluca, que dirigió mundiales y convivió con figuras históricas como Jonah Lomu o Jonny Wilkinson, aportó una mirada atravesada por décadas dentro del rugby y por una experiencia particular: haber dirigido el encuentro que cada año disputan sobrevivientes de los Andes y rugbistas chilenos para homenajear el partido que nunca pudo jugarse en 1972.
“Cuando Daniel me compartió la nota me abrió una puerta para pensar”, contó Deluca, en referencia al artículo “Canessa y Puccio, el duelo del héroe y el canalla”, escrito por Daniel Dessein, presidente del directorio de LA GACETA. Durante la charla, Dessein recordó que hace dos años compartió un viaje a Chile con Deluca y Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes de los Andes. “Decíamos en broma que si se caía el avión había que seguir a Gustavo porque él sabía qué hacer”, comentó. La anécdota derivó rápidamente hacia el fuerte vínculo que une al rugby con la historia de los Andes.
Deluca explicó que dirigir aquel “partido de la marmota” fue una de las experiencias más movilizantes de su vida. “El partido terminó siendo casi una excusa”, recordó. “Lo que me quedó fue la sensibilidad que había alrededor de todo eso. Muchos de ellos estaban con sus hijos, con sus familias. Era muy fuerte entender que estaban jugando el partido que no habían podido jugar más de 50 años atrás”, contó.
Para el exárbitro, el rugby fue un elemento central en la supervivencia del grupo en la cordillera. “No tengo dudas de que pudieron hacerlo porque tenían un denominador común, que era el rugby”, afirmó. “El rugby los amalgamó antes y después de los Andes. Siguieron vinculados al colegio, al club, al deporte. Incluso dos sobrevivientes llegaron a ser presidentes de la Unión de Rugby del Uruguay”, indicó.
En ese sentido, Deluca coincidió con una idea planteada por Dessein: que el rugby ayudó a organizar la convivencia extrema en la montaña. “Crearon una sociedad distinta”, sostuvo. “Distribuyeron tareas, trabajaron en equipo y lograron sostenerse juntos en medio de una incertidumbre absoluta”, dijo.
El contraste aparece inevitablemente cuando la conversación se desplaza hacia Alejandro Puccio. Deluca recordó que, a diferencia de lo ocurrido con Canessa, el caso Puccio generó desconcierto dentro del ambiente del rugby. “La sociedad argentina no podía creer que una persona con esas condiciones deportivas formara parte de algo así”, señaló.
Sin embargo, aclaró que nunca vio al rugby como responsable de esos hechos. “Son hechos penales. No es que el rugby produzca esto. Son personas que cometen delitos y además juegan al rugby”, explicó.
Para Deluca, el problema fue que nadie conocía realmente lo que ocurría dentro de la casa de los Puccio. “Sus propios compañeros no tenían idea de lo que estaba pasando. Entonces no había forma de contener algo que nadie sabía”, afirmó.
La reflexión derivó hacia otro de los grandes ejes del debate: el poder transformador del rugby. Allí Dessein mencionó dos casos paradigmáticos. El primero, la Sudáfrica de Nelson Mandela retratada en la película Invictus, donde el rugby ayudó a unir una sociedad fracturada por el apartheid. El segundo, el caso de la Fundación Espartanos, el proyecto impulsado por Eduardo “Coco” Oderigo que utiliza el rugby para trabajar con presos y reducir drásticamente la reincidencia delictiva.
Hilo común
Deluca encontró un hilo común entre esas historias. “Son los valores del rugby”, resumió. “Solidaridad, sacrificio, respeto por el compañero, por el rival, por el árbitro. Eso es transversal en cualquier lugar del mundo”, dijo.
El exárbitro recordó que tuvo la oportunidad de dirigir partidos organizados por Espartanos. Uno de ellos enfrentó a internos con integrantes de la Policía Metropolitana. “Tuvieron tercer tiempo juntos. Fue absolutamente normal. Ahí entendés el poder que tiene el rugby cuando aparece un liderazgo capaz de transmitir esos valores”, relató.
También retomó el caso sudafricano y recordó conversaciones con Ed Morrison, árbitro de la final del Mundial 1995 entre Sudáfrica y Nueva Zelanda. “Él me contaba cómo durante el torneo empezaron a ver que cada vez más personas negras iban a la cancha. El rugby pasó de ser un símbolo blanco a transformarse en algo que unía a la sociedad. Y eso ocurrió gracias al liderazgo de Mandela”, explicó.
En el fondo, toda la conversación volvió una y otra vez sobre la misma pregunta: por qué el rugby pudo convertirse en un instrumento de unión y supervivencia en los Andes, o de reinserción en las cárceles, pero no logró sacar a Puccio del universo criminal de su familia.
Deluca evitó respuestas simplistas. “No sé si Puccio no quiso salir o no pudo salir”, señaló. “Lo que sí sé es que quienes lo rodeaban de buena fe no podían creer lo que pasó cuando todo se confirmó”, recordó.
La entrevista cerró con una reflexión cargada de sensibilidad. Deluca recordó la atmósfera emocional del “partido de la marmota” y las visitas al lugar exacto de la tragedia en la cordillera. “El silencio ahí tiene algo muy especial”, afirmó. “Es una experiencia muy fuerte desde el respeto y desde la sensibilidad”, señaló.
Y quizás allí radique el núcleo de todo este debate. Porque la historia de Canessa y Puccio ya dejó de ser solamente una historia de rugby. Se transformó en una discusión sobre la condición humana, sobre la fragilidad moral y sobre la capacidad de las personas para elegir entre la solidaridad y la oscuridad incluso cuando comparten el mismo entorno, la misma cancha y hasta el mismo número en la espalda.









