Canessa y Puccio, el duelo del héroe y el canalla

El sobreviviente de los Andes y el secuestrador del clan se enfrentaron en un partido de rugby hace casi medio siglo. Detrás de varias similitudes, un abismo moral los separaba.

SIMILITUDES. Alejandro Puccio y Roberto Canessa jugaban en el mismo puesto e integraron los seleccionados nacionales de sus países. SIMILITUDES. Alejandro Puccio y Roberto Canessa jugaban en el mismo puesto e integraron los seleccionados nacionales de sus países.
Daniel Dessein
Por Daniel Dessein 10 Mayo 2026

Resumen para apurados

  • En octubre de 1977, el sobreviviente de los Andes Roberto Canessa y el futuro criminal Alejandro Puccio se enfrentaron en un partido de rugby por el 75° aniversario del club CASI.
  • Ambos jugaban de wing y compartían rasgos físicos. Canessa ya era un símbolo de supervivencia, mientras Puccio integraba el CASI años antes de iniciar sus secuestros extorsivos.
  • El cruce expone el abismo moral entre la solidaridad extrema y la perversidad. Refleja cómo trayectorias similares en el deporte derivaron en legados opuestos de vida y muerte.
Resumen generado con IA

Octubre de 1977. El CASI, el tradicional club de San Isidro, cumplía 75 años y para celebrarlo había convocado a un equipo de jugadores destacados para enfrentar a su primera división de rugby. En el conjunto local, que había ganado los últimos tres campeonatos de la Unión de Buenos Aires, sobresalían los hermanos Jorge y Gabriel Allen, Gonzalo y Daniel Beccar Varela, Adolfo Etchegaray y Alejandro Travaglini, todos integrantes –presentes, en ese momento, o futuros- de los Pumas. El equipo de invitados, liderado por un ya consagrado Hugo Porta, contaba con figuras internacionales como el pilar del seleccionado francés Armand Vaquerin o el ala springbok Thys Lourens.

En uno y otro equipo compartían el número 14 Roberto Canessa, el sobreviviente de los Andes, y Alejandro Puccio, jugador de 18 años que acababa de debutar en la primera del club sanisidrense.

A cinco años de la hazaña de la cordillera, Roberto ya era el Odiseo moderno cuya historia recibía atención mundial por la publicación del best seller ¡Viven! y las infinitas crónicas y entrevistas a los protagonistas de la historia.

Alejandro era hijo de Arquímides Puccio, por entonces un empleado administrativo de la SIDE, donde había tejido una red de contactos entre quienes se convertirían en “mano de obra desocupada” en el final de la dictadura y el advenimiento de la democracia. En 1977 la familia ya vivía en la que se transformaría en la terrorífica casa de la calle Martín y Omar, a diez cuadras del CASI.

Faltaban todavía cinco años para el secuestro y asesinato de la primera víctima comprobada de la familia Puccio. Ricardo Manoukian quizás estaba ese día en la tribuna del CASI, viendo a quien se convertiría en su amigo. Y, el 22 de julio de 1982 en que Alejandro le hizo señas para que parara su auto, en su Judas.

Vidas paralelas

En 1977, Canessa vivía en Carrasco, a 15 kilómetros de Montevideo, y estaba terminando la primera etapa de sus estudios de medicina. Más adelante se especializará en cardiología pediátrica y salvará las vidas de miles de niños. El germen de esa decisión aparece en los Andes. Poco antes del accidente y ante una tragedia que involucra a unos jóvenes conocidos de la familia, su madre le dice que no podría tolerar la muerte de un hijo. Esa frase da vueltas en su cabeza y lo impulsa a caminar durante los diez días en que atravesará la cordillera junto a Fernando Parrado. Luego reforzará su elección de la especialización profesional con la que buscará evitar que otras madres se enfrenten al temor absoluto que vivió la suya. En 1986 le otorgarán el Premio Nacional de Medicina en su país.

En 1977 a Puccio le quedaban ocho años de rugby. Jugará su último partido -sin saberlo- el 17 de agosto de 1985 en la cancha principal del CASI, donde los locales se impondrán 39 a 18 contra Pueyrredón. Tryman de su equipo, deja la cancha ovacionado por el público.

Seis días después, Puccio es detenido en un allanamiento, mientras ve una película con su novia en el living de su casa, y la policía encuentra encadenada en un sótano a Nélida Bollini de Prado, única sobreviviente de los secuestros de los Puccio. Dos semanas después, el CASI se coronará campeón del torneo de Buenos Aires, en la que se convertirá en una de las mejores temporadas de la historia del club y en el último campeonato durante dos décadas. El wing del CASI no podrá festejar en la cancha y sus compañeros -en solidaridad con el ausente- no darán la tradicional vuelta olímpica.

Eliseo “Chapa” Branca, hace algunas semanas, recordó el partido homenaje del 77 con una foto de la nómina de jugadores publicada en sus redes. “Mejor no lo nombres”, repite cuando alguien evoca al wing derecho del equipo anfitrión. Probablemente fue en ese partido donde Branca, en ese entonces jugador de Curupaytí, conoció a Puccio. Dos años después se pasará a las filas del CASI y en el 85 integrará el equipo campeón. Al igual que sus compañeros, en los días posteriores a la detención de Puccio, creerá ciegamente en su inocencia. Pero eso cambiará, poco después, al enterarse de que su nombre figuraba en la lista de próximos secuestros del clan.

El partido interminable

En 1977, a Canessa le quedaban muchos años de rugby. Tenía 19 cuando subió al avión que se estrelló en la cordillera. Y volvió a jugar en Old Christians, su club, después de la hazaña. Pero habrá un partido especial, el que no empezó a tiempo y que desde hace décadas no termina más. Se jugará todos los 13 de octubre -alternando Santiago de Chile y Montevideo- entre los sobrevivientes de los Andes, con la camiseta de Old Christians, contra jugadores del Old Grangonian, el equipo con el que debían enfrentarse en 1972. En un bucle temporal juegan cada año, una y otra vez, el partido que no fue. El “partido de la marmota”, una revancha vital.

En su poema “Juan López y John Ward”, Borges imagina que dos soldados -uno argentino; el otro, inglés-, obligados a enfrentarse -y a matarse- en Malvinas, podrían haber sido -por diversas similitudes- íntimos amigos en otra vida. Canessa y Puccio jugaban en el mismo puesto e integraron los seleccionados nacionales de sus países. Los dos tenían casi la misma altura -1,73 y 1,74-; uno se caracterizaba por una notable velocidad natural mientras el otro, el uruguayo, sobresalía por una tenacidad que suplía destrezas y aptitudes habituales en los jugadores de su puesto.

Los partidos más destacados de sus carreras deportivas los jugaron dentro del mismo combinado aunque en años distintos. Sudamérica XV fue un equipo conformado por los Pumas con unos pocos jugadores uruguayos, paraguayos y chilenos que usaban ese nombre para evitar una sanción por la veda que afectaba a los Springboks a raíz del apartheid del gobierno sudafricano. Canessa formó parte de la gira a Sudáfrica en 1980 y Puccio en 1982, integrando el equipo que logró un triunfo -el mayor para el rugby argentino hasta ese momento- ante el seleccionado sudafricano el 3 de abril, quedando opacado periodísticamente por el inicio de la guerra de Malvinas.

Parecidos en varios aspectos, no podían ser moralmente más opuestos. Una capacidad de entrega en el límite de lo humano frente a la crueldad y la insensibilidad extrema. Hay en Canessa y Puccio una encarnación del debate intelectual de Rousseau contra Hobbes. El hombre es bueno en su estado de naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe o, por el contrario, el hombre es esencialmente ruin y necesitamos las normas sociales para contenerlo. A 3.500 metros de altura, abandonados por la humanidad en el frío insoportable y la precariedad, los sobrevivientes -pensarán tiempo después- son cobayos involuntarios de un experimento sociológico que pone a prueba la posibilidad de conformar una comunidad apoyada en valores como la responsabilidad, el sacrificio, la disciplina y la solidaridad. A más de mil kilómetros y diez años de distancia, mimado por su círculo social, el tryman del CASI se deja atrapar y luego participa activamente de una trama que representa lo más abyecto de nuestra especie.

En ciertas dosis, ese duelo entre el héroe y el canalla se reproduce, cada tanto, en nuestro interior y en nuestras sociedades. A veces el demonio supera al ángel. Y otras, el segundo logra detener al primero. La vileza de uno daña nuestra fe en el género humano. La resistencia del otro nos hace recuperarla.

Oportunidad desaprovechada

Quizás intercambiaron camisetas o tomaron una cerveza en el tercer tiempo de esa tarde de 1977, compartida en el CASI. Alejandro Puccio tuvo la oportunidad de asimilar alguna lección de ese personaje legendario que había superado obstáculos extraordinarios para sobrevivir y salvar a sus compañeros, rindiendo tributo a la existencia humana, sacándole todo el jugo a la suya para preservar lo mejor de ella. Alejandro pudo absorber algo de la historia de Roberto para huir del macabro mundo paterno o, en el mejor de los casos, forjar el coraje para frenar ese infierno. Y prefirió no hacerlo.

© LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios