
Por Presbítero Marcelo Barrionuevo
Estamos en el sexto domingo de Pascua. El Señor nos invita a confiar y a no creernos huérfanos en la vida.
Es un evangelio que nos prepara a la fiesta de la Ascensión el próximo domingo y a la gran fiesta de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. No nos deja huérfanos, camina con nosotros.
Jesús de Nazaret contempla a la humanidad desde la mirada misma de Dios: una mirada de amor, misericordia y confianza. En Él se revela no solo quién es Dios, sino también quién es verdaderamente el ser humano.
Enviado por el Padre, Jesús manifiesta que la existencia humana no está marcada por el abandono ni por el sinsentido, sino por una vocación profunda a la comunión y a la plenitud.
II- El cristiano y todo ser humano aparece así como una persona en camino, llamado constantemente a crecer, madurar y realizarse en relación con Dios y con los demás.
La vida se comprende como un proceso de transformación por la conversión en el que la persona, sostenida por la gracia divina, avanza hacia la unidad con el Padre. Esta llamada universal a la santidad expresa la dignidad fundamental de toda persona creada y amada por Dios.
La presencia de Dios en la vida humana renueva integralmente la existencia. No se trata solamente de una experiencia interior o espiritual, sino de una transformación del modo de estar en el mundo: cambia la manera de mirar, de actuar, de relacionarse y de convivir.
III- Desde esta perspectiva, la fe no separa al ser humano de la realidad, sino que le permite habitarla de un modo nuevo, iluminado por el amor y la esperanza. Dios no nos abandona pero espera de nosotros un compromiso con la historia de todos los días.
La confianza que Dios deposita en la humanidad hace posible una auténtica libertad. Pero la libertad cristiana no es autosuficiencia ni mera autonomía; es capacidad de responder al llamado divino con responsabilidad y compromiso.
IV- Por eso, el creyente vive como buscador esperanzado, consciente de que la plenitud no se alcanza de manera individualista, sino en comunión con otros, como pueblo y familia de Dios. Con los pies en la tierra pero con la mirada en el cielo.
La comunidad creyente se reconoce, entonces, en permanente camino de conversión, crecimiento y purificación. Su horizonte es acercarse cada vez más al Creador y transparentar en la historia el proyecto de Dios para la humanidad.
En definitiva, toda la revelación cristiana converge en el mandato central del Evangelio: amar. En el amor se cumple la vocación humana, porque el amor constituye la expresión más plena de la vida divina comunicada al mundo.
Que sepamos no desesperar sino confiar… que sepamos trabajar en el cambio de la tierra camino al cielo que nos espera.







