Cartas de lectores: El Aleph y la ilusión de la totalidad

Hace 5 Hs

En el cuento El Aleph, Jorge Luis Borges imagina, de manera magistral, un punto en el espacio donde están, simultáneamente, todos los puntos del universo. El Aleph es, así, la metáfora extrema de la totalidad: el conocimiento absoluto, la visión sin límites, la aspiración humana de abarcarlo todo. Pero Borges, con su ironía habitual, introduce una fisura. Ese objeto infinito no está en manos de un sabio, sino de un hombre común, Carlos Argentino Daneri, que pretende utilizarlo para escribir un poema mediocre. La totalidad, entonces, no ennoblece: puede ser degradada por la vanidad. Ahí reside, creo, el núcleo filosófico del cuento: la pretensión de abarcarlo todo suele ser menos un signo de sabiduría que una forma de ilusión, o de poder. Borges, distinguido como doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Tucumán, parecería recordarnos, al menos así lo entiendo, desde su literatura, que ninguna institución dedicada al conocimiento debería confundirse con un Aleph. La universidad no es un punto único que concentra saber y autoridad, sino un espacio plural, necesariamente incompleto, abierto a la discusión y al disenso. Hoy la puja por el rectorado lo ejemplifica. Sin embargo, cuando la lógica del poder se impone, surge otra tentación: la de convertir la institución en un centro de control, en una estructura que pretende abarcarlo todo (decisiones, legitimidad, continuidad) desde un mismo núcleo. Allí, la metáfora borgiana adquiere una resonancia inquietante. Como en el cuento, no es la totalidad en sí lo problemático, sino la creencia de poseerla. Quien se considera imprescindible, quien sugiere que su permanencia depende de circunstancias externas más que de su propia voluntad, quien acepta prolongar su lugar en nombre de una supuesta necesidad institucional, corre el riesgo de encarnar, sin advertirlo, esa ilusión. Y en ese punto, el Aleph deja de ser una maravilla metafísica para convertirse en otra cosa: una figura del poder que se contempla a sí mismo como inevitable. La universidad debería sostener el principio inverso: nadie contiene la totalidad, nadie es el centro. Su grandeza no reside en un punto que lo ve todo, sino en la diversidad de miradas que nunca terminan de coincidir. Quizá toda institución que se pretende total corre el riesgo de olvidar su esencia. Porque la universidad no es un Aleph: no reside en un punto, ni en un nombre ni en una voluntad. Vive en la dispersión fecunda de sus voces. Y cuando alguien cree abarcarla entera, acaso no esté viendo el universo, sino apenas el reflejo insistente de sí mismo.

Juan L. Marcotullio                                     

marcotulliojuan@gmail.com

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