Fue capitán en Gales 1999 y lideró a Los Pumitas en otra era: la historia de Juan Pablo Lagarrigue

El tucumano recordó el Mundial M-19 y el Torneo del Hemisferio Sur M-21, en tiempos donde el rugby juvenil empezaba a cambiar y el liderazgo se construía desde la convivencia

IMAGEN EMBLEMÁTICA. Lagarrigue fue capitán de Los Pumitas en el torneo del Hemisferio Sur M-21 de 2001. IMAGEN EMBLEMÁTICA. Lagarrigue fue capitán de Los Pumitas en el torneo del Hemisferio Sur M-21 de 2001.

Resumen para apurados

  • Juan Pablo Lagarrigue, ex capitán de Los Pumitas, recordó su liderazgo en el Mundial M-19 de Gales 1999 y el torneo M-21 de 2001 en una etapa previa al profesionalismo actual.
  • El tucumano describe una era sin sistemas de alto rendimiento, donde el liderazgo nacía de largas convivencias y procesos artesanales antes de la llegada del sistema PladAR.
  • Su historia ilustra la transición del rugby argentino hacia la élite global, enfrentando a potencias como Nueva Zelanda en un contexto de cambio hacia la profesionalización.
Resumen generado con IA

Antes del profesionalismo, antes del sistema de alto rendimiento y de las estructuras que hoy ordenan el rugby argentino, hubo una generación que se formó en otro contexto. Ahí aparece el nombre de Juan Pablo Lagarrigue, capitán de Los Pumitas en el Mundial M-19 de Gales 1999 y también líder en el seleccionado M-21 en el Torneo del Hemisferio Sur de 2001.

Su historia permite entender cómo era representar al país en una etapa de transición, donde el talento convivía con el amateurismo y el liderazgo se forjaba en la convivencia diaria.

“El Mundial del 99 fue muy distinto para mí”, recuerda Lagarrigue. Ya tenía una experiencia previa en Francia, pero ese torneo le sumó un desafío extra: la capitanía. “Ser capitán cambia todo. Tenés una responsabilidad muy grande, no solo dentro de la cancha, sino también afuera. Tenés que liderar al grupo en todo momento”, explica.

Ese equipo tenía una fuerte presencia tucumana. “Éramos muchos jugadores de la provincia, seis, siete, ocho por camada. Veníamos de salir campeones argentinos y eso se notaba”, cuenta. En esa época, Tucumán era una cantera constante de jugadores para los seleccionados juveniles, algo que marcaba la identidad del plantel.

El contexto también era diferente al actual. Los procesos eran más largos y más artesanales. “Te juntabas desde el año anterior, había concentraciones, listas que se iban depurando. Terminabas conviviendo mucho tiempo con los chicos, durmiendo en sus casas, compartiendo todo”, describe. Esa cercanía, asegura, era clave para el liderazgo. “Te hacías amigo de todos, y eso ayudaba muchísimo dentro de la cancha”, señala.

Incluso en un tema sensible como la histórica división entre Buenos Aires y el interior, Lagarrigue tiene una mirada clara. “Siempre hubo mayoría de chicos de Buenos Aires, pero en mi experiencia hubo muy buena relación. Eso hacía todo más fácil”, señala.

Asumir la capitanía a esa edad implicaba un aprendizaje constante. “Liderar nunca es fácil. Tenés que estar pendiente de muchas cosas: del grupo, de los entrenadores, de que todo funcione. Tenés otro tipo de responsabilidad”, explica. Y agrega un detalle clave: “No es solo lo deportivo. También tenés que tener diálogo con el staff, con los médicos, con los preparadores físicos. Es un rol más completo”.

El Mundial de Gales también coincidió con un cambio en el rugby juvenil internacional. “Ese año empieza a jugar Nueva Zelanda, Sudáfrica ya se había sumado antes. Ahí cambia todo. Empiezan a aparecer los equipos del hemisferio sur y el nivel sube muchísimo”, recuerda. Hasta ese momento, el dominio estaba más repartido entre potencias como Francia o la propia Argentina, pero la competencia empezó a endurecerse.

Esa evolución también se reflejó en el paso al seleccionado M-21. Lagarrigue fue parte de esa transición y volvió a ser capitán en el Torneo del Hemisferio Sur de 2001. “Ya no era solo un torneo entre equipos del sur. Se sumaron selecciones como Inglaterra, Escocia… se volvió mucho más competitivo”, explica.

El salto de nivel era evidente. “En M-21 ya te encontrabas con jugadores mucho más desarrollados, muchos ya jugaban en primera o incluso en selecciones mayores”, cuenta. Y pone un ejemplo claro: “Nos tocó enfrentar camadas donde estaban jugadores como Richie McCaw. Ahí te dabas cuenta del nivel que había”, señala.

En paralelo, su vida en Tucumán seguía un camino distinto al de los jugadores actuales. “Había arrancado a estudiar Ciencias Económicas, pero los viajes y las concentraciones complicaban todo. Era difícil sostener ambas cosas”, recuerda. De hecho, ese año no logró ingresar a la facultad y terminó enfocándose de lleno en el rugby.

Jugaba en Cardenales Rugby Club y comenzaba a dar sus primeros pasos en la Primera, en una etapa donde el crecimiento dependía más de la experiencia que de una estructura formal. “No había PladAR, no había un sistema armado. Era todo mucho más amateur”, resume.

A la distancia, Lagarrigue entiende que aquella etapa fue clave. No solo por los torneos o los resultados, sino por el aprendizaje. “Te formaba como jugador y como persona. La convivencia, los viajes, el tener que adaptarte a todo. Eso te marcaba”, dice.

Su historia es también la de una generación que vivió el cambio del rugby juvenil argentino: de los procesos largos y caseros a la profesionalización que vendría años después. Y en ese camino, él tuvo un rol central: el de liderar desde adentro, en una época donde ser capitán significaba mucho más que llevar una cinta.

Comentarios