Juan Fernández Lobbe y Álvaro Galindo durante una de las prácticas de Tarucas. Butti Photos/Prensa Tarucas.

Resumen para apurados
- Entrenadores de Tucumán observaron esta semana las prácticas de la franquicia Tarucas y Los Pumas en Lince para incorporar metodologías de alto rendimiento al rugby local.
- Las jornadas incluyeron charlas técnicas con coaches de Los Pumas. Se enfocaron en la intensidad y gestión de cargas, adaptando tácticas profesionales al entorno de los clubes locales.
- El intercambio busca profesionalizar la base del rugby tucumano sin perder su esencia amateur. Se espera que la adaptación de estos métodos potencie el desarrollo de futuros talentos.
El entrenamiento no era uno más. Ni para los jugadores de Tarucas, ni mucho menos para quienes miraban desde afuera. A un costado de la cancha, con celulares y una atención casi obsesiva por los detalles, una decena de entrenadores tucumanos se acercó para observar de cerca cómo trabaja la franquicia del NOA. No se trató de una visita casual: fue una oportunidad concreta de ver, escuchar y preguntar.
Durante dos jornadas consecutivas (el miércoles en el predio El Salvador y ayer en Lince), el staff abrió sus puertas en un contexto especial. La presencia de Juan Fernández Lobbe, coach asistente de Los Pumas, y de Andrés Bordoy, entrenador de scrum del seleccionado argentino, le dio un valor agregado a la experiencia. No sólo por la jerarquía de los nombres, sino por lo que representan: el vínculo directo entre el alto rendimiento y la base del rugby argentino.
El cambio de sede entre un día y otro no fue menor. Según pudo averiguar LA GACETA, la decisión de trasladar la práctica a Lince estuvo directamente relacionada con las condiciones climáticas. Las lluvias persistentes en la provincia afectaron el estado de los campos de juego y la cancha de los “Grises”, con mejor drenaje que la del predio de Lawn Tennis, ofrecía mayor firmeza para sostener la intensidad del entrenamiento. En un deporte en el que el detalle físico es clave, el terreno también juega su partido.
Pero más allá de la logística, lo que se respiró en ambos entrenamientos fue otra cosa: método, exigencia y ritmo. Adrián Ghazarian, head coach de Cardenales, lo sintetizó con claridad. “La verdad que están muy buenas, algo diferente, distinto para llevar al club. Corren muchísimo los chicos, no se golpean tanto, la verdad que están muy buenas”, explicó, destacando uno de los puntos centrales del trabajo observado.
La intensidad fue uno de los aspectos que más llamó la atención. “Ayer han trabajado correr mucho, a alta intensidad, y un poco de transiciones. La verdad que ha estado muy bueno”, agregó Ghazarian. No es un detalle menor: en tiempos en los que el desgaste físico suele asociarse al contacto, el enfoque que propone Tarucas -y que baja desde el seleccionado- parece apuntar a optimizar cargas sin resignar ritmo.
Ese fue, justamente, uno de los ejes de las charlas posteriores. Porque la experiencia no terminó cuando se guardaron las pelotas. Hubo espacio para el intercambio, para las preguntas, para tratar de traducir ese idioma del profesionalismo al mundo amateur. “Era una de las consultas que le hicimos. Lleva un poco de trabajo, pero es muy factible poder pasarlo a un club”, sostuvo el entrenador de Cardenales.
El desafío, claro, no es menor. “Es difícil, porque los chicos aquí son profesionales. En los clubes tenés mucho menos tiempo de trabajo y muchas veces tiene que salir de ellos entrenarse diferenciados”, explicó Ghazarian, marcando una de las principales brechas entre ambos mundos.
Fernando Lagarrigue, head coach de Lince, también puso el foco en esa distancia, aunque sin perder de vista el objetivo. “Para nosotros es muy importante poder observar, que nos expliquen la metodología, la intensidad de los entrenamientos, como para ver qué se puede sacar y cómo lo podemos adaptar a los clubes”, señaló.
Lejos de ser una experiencia aislada, Lagarrigue la enmarcó dentro de un proceso más amplio. “Estamos muy conectados a través de los cursos que genera la UAR, las capacitaciones que brinda. Estas son instancias complementarias”, explicó. Es decir, no se trata sólo de mirar, sino de construir un camino de formación continua.
En ese sentido, el entrenador de Lince fue claro sobre hacia dónde apuntar. “La metodología, los horarios, medir los tiempos, todo lo que se hace en forma profesional, adaptarlo al club. Ese es el camino”, señaló. Una hoja de ruta que parece sencilla en el papel, pero que en la práctica exige recursos, planificación y, sobre todo, tiempo.
“Todavía hay mucha diferencia. Pero estamos obligados a alinearnos, siempre dentro del rugby amateur. No tenemos que confundirnos, pero este es el ideal”, reconoció Lagarrigue, dejando en evidencia una tensión que atraviesa al rugby argentino.
Esa tensión, justamente, abrió otro de los debates que sobrevolaron la jornada: la esencia del deporte. “El origen y la esencia del rugby en Argentina son los clubes, y el club es amateur. Tenemos que cuidarlos, porque son la materia prima de estos chicos que hoy están siendo profesionales o semiprofesionales”, remarcó.
Desde otra mirada, pero en la misma línea de aprendizaje, Heber Majiolli, head coach de Corsarios, puso el acento en los detalles del juego. “Lo principal es poder ver las funciones que cumple cada jugador, los espacios que ocupan en la cancha, para después llevarlo a nuestros clubes”, explicó.
La observación no se quedó sólo en lo táctico. También hubo una lectura sobre las destrezas básicas. “Las destrezas que en cada club entrenamos -ruck, pase, duelo, uso del pie-, ver en qué momento las usan y cómo las usan. A esas herramientas, que todos conocemos, acá podemos darles un rumbo más definido”, señaló Majiolli.
En cuanto al nivel del rugby tucumano, el entrenador de Corsarios fue optimista. “No lo veo distante. El nivel es muy alto y cualquier jugador de un club de Primera puede estar acá tranquilamente”, afirmó. Sin embargo, también dejó una reflexión más profunda sobre el presente. “Por ahí el jugador, viendo las posibilidades de jugar afuera, quiere ser profesional y se pierde un poco la esencia”, analizó.
En paralelo, Corsarios atraviesa un momento particular. “Estamos trabajando con 86 jugadores, algo histórico para el club”, contó Majiolli, quien además destacó el crecimiento a partir de la captación y el desarrollo. “Cada entrenamiento se suman cuatro o cinco jugadores nuevos”, agregó, evidenciando que el impacto del rugby va más allá del alto rendimiento.
Las dos jornadas dejaron, en definitiva, algo más que conceptos técnicos. Fueron una ventana. Una posibilidad de acortar distancias, aunque sea desde la observación. Un puente entre dos realidades que conviven y se necesitan.
Porque si algo quedó claro es que el camino no pasa por copiar, sino por adaptar. Por entender que el profesionalismo marca el rumbo, pero que la esencia sigue estando en los clubes. Y que, en ese equilibrio, se juega gran parte del futuro del rugby tucumano.







