Alto Calilegua se erige a los 3000 metros sobre el nivel del mar en la yunga jujeña. Imagen: Proyungas.org
Resumen para apurados
- El remoto pueblo jujeño Alto Calilegua, de solo 20 casas, se ubica a 3.000 metros de altura en las yungas y es accesible únicamente a pie o a lomo de mula tras una extensa travesía.
- Ubicado en el Parque Nacional Calilegua, el acceso requiere medio día de marcha desde San Francisco. El trayecto atraviesa diversos climas, desde selvas cerradas hasta pastizales.
- Este paraje secreto resalta por su biodiversidad y valor cultural intacto. Su difícil acceso garantiza la preservación de paisajes vírgenes y de un estilo de vida ancestral andino.
Cuando el paseo a pie supera la altura de vuelo de los cóndores, es el indicativo de que realmente se está muy arriba. Una marea verde sube y baja dibujando suavemente la geomorfología de un paraje de fantasía. A este entorno de ensueño, ubicado en la yunga jujeña, se accede de la misma manera que en un cuento: sorteando la fronda y los imprevistos que propone el escenario montuno y selvático a 3000 metros sobre el nivel del mar.
Arriba se abre un oasis de vegetación que resalta entre la arquitectura natural de las praderas y pastizales de altura. Una veintena de construcciones se establecen como pueblo en las cimas planas de los cerros que coronan el parque. Para llegar, hay que comprometerse con la aventura, ya que a Alto Calilegua —en el corazón de las sierras de la yunga jujeña— solo puede accederse a pie, a caballo o en mula, en un viaje que toma poco más de medio día.
El sitio, ubicado en el Parque Nacional Calilegua, es un paraje remoto en las selvas de montaña de Jujuy, a unos 20 kilómetros de San Francisco y Valle Grande. Es conocido como el “pueblo donde nacen las nubes”, suspendido a una altitud promedio de 2600 metros. En este paisaje, las viviendas se ven disminuidas por la inmensidad de la serranía y el verde abrumador de las colinas que conforman los cimientos vacilantes de las lejanas moradas.
Entre nubes y cóndores: el secreto de las yungas
La travesía comienza en San Francisco, a unos 1500 metros sobre el nivel del mar. Desde allí, el sendero se convierte en un túnel de tiempo y naturaleza. A medida que el ascenso se vuelve exigente, el caminante es testigo de una metamorfosis cromática: la espesura cerrada de la selva montana cede paso gradualmente al bosque montano, hasta que este estalla en las praderas de altura. En este punto, a casi 3000 metros, el verde ya no es maleza, sino un terciopelo infinito que tapiza las cimas.
El esfuerzo físico se compensa con una perspectiva privilegiada. Desde las cornisas naturales del camino, se pueden divisar otros pequeños poblados que cuelgan de las laderas, mientras que en la lejanía se recortan las imponentes serranías desérticas. Es un límite geográfico casi mágico: de un lado, la aridez que anticipa la Quebrada; del otro, el pulmón húmedo y profundo de las yungas jujeñas.
Un santuario en las alturas
En este reino de altura, el silencio solo es interrumpido por el viento o el graznido lejano de la fauna local. Es aquí donde el cóndor andino, el soberano de los cielos, suele escoltar a los aventureros, planeando en círculos sobre las praderas. Durante el trayecto, es común toparse con los puestos de los lugareños, quienes durante el verano guían al ganado hacia estas pasturas frescas, manteniendo vivas tradiciones que parecen ignorar el paso del tiempo.
Debido a que la marcha demanda más de media jornada de caminata o cabalgata, el paraje exige al visitante pernoctar en el lugar. No es una escala rápida. Descender toma un día completo, pero el premio es haber habitado un paraíso de terciopelo verde y vistas inverosímiles.









