Los menhires, patrimonio de los tucumanos

Hace 4 Hs

Llevan más de dos mil años en pie. Han resistido el tiempo, el viento, la lluvia ácida de la llanura y a lo que el doctor Orlando Bravo describió en 2003 como “las caricias abrasivas de los vientos cargados de arena”. Los menhires de los valles calchaquíes son el museo más visitado de la provincia, con 70.000 personas al año, tres o cuatro veces más que cualquier otro. Sin embargo, siguen a la intemperie, degradándose. Se impone una pregunta: ¿qué hace Tucumán con este patrimonio?

La historia de estas piedras es, en buena medida, la historia de una relación siempre inconclusa con el patrimonio. El primer gran traslado documentado se remonta a 1915, cuando el gobernador Ernesto Padilla hizo llevar el menhir Ambrosetti desde El Mollar al parque 9 de Julio para engalanar los festejos del Centenario. La pieza había sido descripta en 1897 por el etnógrafo Juan B. Ambrosetti y medía 3,10 metros de altura con un peso de 1.800 kilos. Ya entonces LA GACETA advertía, en una nota de 1914, que mover los monumentos de su lugar de origen era “una verdadera herejía”, porque ningún sitio permite estudiar mejor los vestigios de una civilización que el propio ambiente donde nacieron. Así, el debate entre la arqueología de objetos y la arqueología de contexto cultural, como lo formuló el investigador Eduardo Berberián, tiene más de un siglo en Tucumán y no ha sido saldado.

El episodio más grave llegó en 1977, cuando la dictadura dispuso concentrar en la loma de acceso al valle la totalidad de las piezas que se pudieran hallar. Se reunieron 121 menhires sin documentar su procedencia, borrando las huellas necesarias para cualquier investigación arqueológica futura. En 2002, el geógrafo e investigador Alfredo Bolsi señaló: “Nunca tendrían que haber sido sacados de su contexto originario, que ahora se desconoce. Ahí comienza lo irremediable.” Expuestos durante décadas a las inclemencias del clima y al vandalismo, llegaron a La Sala en estado desastroso. El daño que describió en 1940 el profesor Guido Buffo, comparando al menhir Ambrosetti con “un cuerpo humano semidespellejado”, se había profundizado aún más.

El traslado hacia el predio de La Sala, en 2002, fue un paso en la dirección correcta. Desde entonces se trabaja en la remoción de líquenes y moho, y el director de Patrimonio, Osvaldo Díaz, informa que se proyecta nueva cartelería y una línea de tiempo. Pero en 2019 una evaluación del Instituto Geodésico advirtió que la estructura de las piezas “está complicada; se están degradando”. El proceso de deterioro no se ha detenido.

Son vestigios enormes, en tamaño y en cantidad, de una cultura de la que no hay rastros escritos. Hace más de veinte años, la historiadora Teresa Piossek Prebisch planteó que deberían ser puestos bajo techo y que merecían un museo diseñado específicamente para ellos. La propuesta no se concretó. A 110 años del primer traslado, el interrogante sigue abierto: ¿qué política cultural, qué decisión de largo plazo está en condiciones de darles a los menhires la protección y el estudio que merecen? Los expertos consultados a lo largo de estas décadas han ido señalando el camino. y viene bien que la sociedad discuta el significado de los menhires y se interiorice de su cuidado.

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