
Los anestésicos nacieron para algo noble: evitar el dolor. Pero cuando salen del quirófano y llegan a manos equivocadas, se convierten en un riesgo silencioso. Lo que más preocupa del uso indebido de anestésicos es que no parece peligroso a simple vista. No es una droga callejera con mala prensa. Viene en ampollas, con etiquetas de laboratorios. Eso genera una falsa sensación de seguridad. Si lo usan los médicos, no puede ser tan malo, se piensa, y ahí empieza el problema. Hablar del uso indebido de anestésicos ya no es sólo un tema médico. Es un tema policial y judicial, porque detrás del propofol y el fentanilo mal usados hay dos delitos que duelen: el robo y la muerte. El robo empieza en los hospitales. Propofol y fentanilo no se consiguen en cualquier esquina. Salen de quirófanos, ambulancias, depósitos de farmacias. Alguien que juró cuidar quiebra ese juramento. A veces es por adicción propia; el personal de salud está tan expuesto que muchos de ellos dependen de la droga que manejan. A veces es por plata; una ampolla de fentanilo en el mercado negro vale mucho más que un sueldo. Pero sea cual fuere la razón, cada ampolla robada es una cirugía que se posterga y una vida que queda en riesgo. Y después viene la muerte. El propofol mata en silencio. No da margen: 30 segundos entre la euforia y el paro respiratorio.
Rodolfo Ruarte
Las Heras 516 - San Miguel de Tucumán







