
Las amenazas de tiroteo que sacudieron en las últimas horas a varios colegios de nuestra provincia encendieron una alarma que va mucho más allá de la lógica preocupación por la seguridad escolar. Lo que para algunos adolescentes puede presentarse como una “broma”, una provocación o una manera desesperada de llamar la atención, en realidad expone una problemática profunda: el modo en que nuestros jóvenes están procesando la violencia, la frustración y la necesidad de ser vistos.
En una sociedad atravesada por la hiperconectividad, estos episodios obligan a mirar más allá del mensaje amenazante. Tal como explicó en LG Play la psicóloga especialista en niños y adolescentes Cecilia López, una amenaza no es necesariamente la antesala de un ataque real, pero sí puede ser la manifestación de un malestar profundo. Detrás de esos mensajes aparece un adolescente que no encuentra otra forma de expresar su angustia o su necesidad de reconocimiento.
Eso, sin embargo, no debe llevar a minimizar la gravedad de lo ocurrido. Porque aunque el objetivo inicial haya sido “asustar” o “hacer una broma”, las consecuencias son reales: miedo en las familias, conmoción en las comunidades educativas, alteración de la vida escolar y un desgaste emocional enorme. La violencia simbólica también lastima. Y cuando se juega con la posibilidad de un tiroteo dentro de una escuela, se está manipulando uno de los temores más profundos que hoy atraviesan a la sociedad.
No es casual que estas amenazas remitan inmediatamente a las tragedias ocurridas en escuelas de Estados Unidos, donde los tiroteos dejaron de ser hechos excepcionales para convertirse en una herida social recurrente. Allí, lo que alguna vez pudo parecer impensable terminó convirtiéndose en noticia repetida. Por eso resulta tan alarmante que en Tucumán algunos adolescentes banalicen esas escenas, reproduciendo en tono de burla imágenes de terror que en otros lugares del mundo significaron muerte, trauma y comunidades devastadas.
La adolescencia es, sin dudas, una etapa de impulsos, búsquedas y errores. Pero entender eso no implica justificarlo. Hay una responsabilidad ineludible en quienes protagonizan estas amenazas, porque cada acto tiene consecuencias y porque aprender los límites también forma parte de crecer. Sin embargo, la responsabilidad no termina en ellos.
El rol de los padres resulta central. La crianza no puede reducirse a acompañar desde la distancia mientras los hijos transitan solos sus conflictos emocionales y digitales. Escuchar, observar cambios de conducta, poner límites claros y estar presentes son tareas esenciales. Cuando falla la mirada adulta, los adolescentes quedan librados a sus impulsos y a la validación inmediata de sus pares.
Lo ocurrido no solo es un hecho policial, sino un síntoma social. Si las amenazas se convierten en una forma de expresión, la pregunta de fondo es qué estamos dejando de escuchar. Porque detrás de cada mensaje irresponsable hay una alarma que interpela no sólo a las escuelas, sino también a las familias y a toda la sociedad.







