Detalle del bastón de mando de Jaldo. Gentileza Humberto Villagra
Toda conversación sobre reelección es, en el fondo, sobre límites. De esos que son necesarios para marcar los vínculos dentro del poder, entre quienes lo ejercen y en relación al tiempo. En la política tucumana, en las últimas décadas, fue un asunto cuyo análisis nace tras la mitad del primer mandato o después de una elección de medio término y se refuerza en el segundo semestre del tercer año.
Los tiempos se adelantaron y ya está instalado plenamente en la dirigencia de todas las vertientes ideológicas. Públicamente el oficialismo tuvo que volcarse de lleno en la gestión, por el contexto económico y la tragedia de las inundaciones. Para el peronismo, sin embargo, es un asunto medular desde hace rato.
El gobernador Osvaldo Jaldo concentra todas las miradas (aunque no es el único que piensa en ese permanecer). El tranqueño manifestó esta semana en el programa Los Primeros que no tenía decidido aún pelear por otro período, pero que estaba en condiciones de hacerlo. No es una respuesta azarosa. Ninguna que sale de la boca del mandatario lo es. Porque en esas palabras y en ese “pero” están las claves del mensaje que envió para los propios y los ajenos.
Jaldo no sólo avisó que el año que viene competirá para ser reelecto, sino que además quiso despejar el runrún que sus detractores quieren instalar de que tendría un impedimento constitucional para hacerlo (por su período de interinato en el que reemplazó a Juan Manzur).
No es la primera vez que se refiere a esto ni será la última. Cuando volvió de sus vacaciones, tras la filtración de fotos personales, cargó durísimo contra quienes quieren “desgastarlo”. “Este gobernador es tranqueño, quebrachito, duro. No se equivoquen. En 2027, el quebrachito tranqueño los va a volver a atender”. Clarito se escuchó.
Poco después, el día que desplazó a las autoridades anteriores de la Caja Popular de Ahorros, bromeó al respecto: “las instituciones no son de nadie, son del pueblo tucumano. Es como si yo quisiera decirles que la Gobernación es mía. Hoy lo tengo al sillón de Lucas Córdoba, y quizás en 2027 lo tenga otro; o capaz que me encariño con el sillón, no sé, Dios dirá”.
Los motivos para adelantarse que leen quienes están cerca y más lo conocen y también aquellos disidentes pueden generalizarse en tres.
1-La expectativa de continuidad
Hay un dicho en el peronismo que cuenta que cuando un mandatario está en retirada, hasta le sirven frío el café en el despacho de la Casa de Gobierno. Es una metáfora - o no- de cuánto y cuán rápido se percibe el camino de la pérdida de poder. Precisamente, algo que ningún político que lo ejerce desea. Menos Jaldo, que esperó toda su vida llegar adonde está.
Las expectativas son sustanciales puertas adentro de los espacios y generarlas es una tarea fina que llevan adelante los conductores.
Quizás el contexto no es el que esperaba el gobernador para esta época, pero también la política apuró el reloj. En los últimos meses hay espacios y referentes, de adentro y de afuera del justicialismo, que ya están hablando o postulando nombres para el sillón que él ocupa. Eso no debe gustarle nada y la necesidad de marcar la cancha, de poner un límite, es casi una obligación.
Otra ventana que se abre es con quién Jaldo integrará la fórmula para ir por la segunda parte. El vice Miguel Acevedo ya levantó la mano y dijo que le gustaría repetir. Las especulaciones, sin embargo, están a la orden del día.
2-La motivación personal
Hay dirigentes memoriosos que recuerdan que, desde el momento en el que se lanzó a la interna con Manzur para convertirse en aspirante a la sucesión, Jaldo ya pensaba en términos de ocho años para su eventual gobernación. Es natural, porque sus antecesores inmediatos pudieron repetir.
El asunto tiene, además, un sabor especial. Desde que asumió hay quienes hablaron de su edad, de su salud y, ahora, de sus posibilidades legales para continuar. Y si hay algo que al titular del Ejecutivo le agrada es poder “pasar factura” de este tipo de asuntos cuando llega el momento indicado.
Al margen, el vicepresidente del PJ tucumano repite que le llevó 40 años ir subiendo los escalones en cargos públicos hasta llegar a su máximo objetivo ¿Por qué desistiría?
Si bien hay un componente importante que puede influir, que es el familiar, también es cierto que su núcleo lo acompañó siempre.
3-Continuidad de proyecto
El tercer punto se encadena con el anterior. En los pasillos del poder consideran que cuatro años es poco para el desarrollo de diversos proyectos de una gestión. Hay iniciativas que se comenzaron en estos años y que se extenderán después de los cuatro años.
Hay obras y políticas que el mandatario espera ver concluidas o encaminadas. Son casos como el del barrio Procrear o el Aeropuerto, por ejemplo.
En definitiva, toda discusión sobre una reelección vuelve al mismo punto: no es solo una cuestión de deseos, ambiciones o internas, sino de hasta dónde se estira el vínculo entre el poder, la dirigencia y el tiempo.








