Villa Epecuén, una ciudad petrificada por el salitre y la Laguna. (Imagen web)
Resumen para apurados
- Villa Epecuén, en el sudoeste bonaerense, resurge tras ser arrasada por su laguna en 1985. El antiguo centro turístico revela hoy sus ruinas mineralizadas por el salitre del agua.
- La inundación ocurrió en noviembre de 1985 tras romperse un terraplén de contención. Intervenciones humanas fallidas y lluvias excepcionales sepultaron este enclave de aguas curativas.
- Hoy, Epecuén es un testimonio del impacto humano y ambiental. Sus ruinas petrificadas atraen interés histórico y turístico, funcionando como un museo natural a cielo abierto.
Aún puede trazarse la rutina veraniega en Villa Epecuén. Los autos transitaban la avenida iluminada gracias al alumbrado público; el Hotel Azul recibía a los viajeros llamados por las cualidades terapéuticas de su laguna al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Hoy, el cementerio de árboles esqueléticos anuncia que el tiempo pasó y que el agua despiadada en su paso no distingue lamentos; hace caso omiso a las obras de ingeniería y a la intervención humana, incluso si se trata del destino vacacional más importante del país.
Lo que antes fue un pujante complejo recreativo, con miles de turistas atraídos por los beneficios medicinales de sus caudales, hoy es una postal congelada de un pueblo que en algún momento vivió todo su esplendor. Tras décadas cubierta por la inmensidad del lago, el agua retrocedió, dejando al descubierto la estampa mineralizada de las casas de veraneo, los locales de comida, bancos, estaciones de servicio, los alojamientos y la vegetación local, inerte en el manto blanco de sal que sepultó por largo tiempo las memorias de quienes vivían allí.
Un regreso agridulce a Villa Epecuén entre ruinas de sal
Villa Epecuén se transformó en una cicatriz para quienes disfrutaron gran parte de su vida a orillas de la laguna homónima. Volver es un proceso agridulce para quienes nacieron allí. Aunque los azulejos de colores de los hoteles y los cables del alumbrado aún se asoman entre el paisaje endurecido, nada de ello se acerca al potente centro que fue en 1921, con bancos y hasta una usina propia, todo al servicio de su época dorada que hoy se evidencia en los restos.
La villa era elegida tanto por las familias más adineradas de Capital Federal como por las del resto del país. A comienzos del siglo XX recibía un influjo de veraneantes que se replicó a mediados de siglo, donde el enclave compitió incluso con Mar del Plata. Al sitio llegaban trenes diarios repletos de turistas que iban en busca de sus vertientes sanadoras, pero también de sus boliches, los recreos bailables y las visitas de famosos como Sandro, Mirtha Legrand y Luis Sandrini, entre otros.
El misterio del "Mar Muerto" argentino
La particularidad de este paraje reside en su laguna, frecuentemente comparada con el Mar Muerto debido a su altísima salinidad, que llega a los 298 gramos de sal por litro. Esta característica llamaba a los turistas que buscaban bienestar en ese espejo donde se podía flotar sin esfuerzo y que proponía salud a quienes la visitaban.
Esta característica quedó evidenciada en el escenario blanco, producto del retroceso de la inundación del 10 de noviembre de 1985, cuando fue completamente anegada por el Lago Epecuén. Por esa fecha, una sudestada provocó la rotura del terraplén de contención y tuvieron que evacuar el lugar. Algunos se marcharon con la ilusión de que volverían y otros sabían que eso nunca ocurriría.
El veredicto del tiempo: Villa Epecuén tras 40 años
El desastre no fue simplemente un capricho de la naturaleza, sino el resultado de una serie de intervenciones humanas fallidas para controlar el nivel del agua. Se realizaron canales y se modificaron cuencas hídricas naturales sin las obras correspondientes para favorecer otros sectores económicos, lo que provocó que el sistema de lagunas colapsara ante años de lluvias excepcionales. El excedente de agua fue derivado hacia Epecuén, sellando su destino final cuando el terraplén de defensa no pudo soportar más la presión.
41 años después de la inundación, Epecuén resurgió de las aguas que en algún momento la sepultaron. Caminar hoy, en pleno 2026, por sus calles es una experiencia conmovedora que revela lo que nadie imaginó cuando el líquido comenzó a retirarse. Lo que emergió fueron ruinas cubiertas de una densa capa de sal, árboles inertes que se mantienen en pie como testigos mudos y autos corroídos por el tiempo. La sensación es la de un pueblo detenido, donde todavía se pueden ver los vestigios de una ciudad en la que alguna vez hubo una vida social vibrante y que hoy solo alberga el sonido de los pájaros.









