Si alguien tiene cara de idiota, habla como un idiota y hace permanentemente idioteces, lo más probable es que sea un idiota, nos dice la sabiduría popular, y la evidencia empírica lo confirma. ¿Será este el caso de Adorni? Algunos se atreven a insinuarlo: el periodista Carlos Pagni, por ejemplo, opinó en su programa del 6 de abril que Lilia Lemoine sería la vocera más inteligente del gobierno “sobre todo si la comparamos con Adorni”, dijo, literalmente. Y afirmar que la atractiva diputada libertaria aventaja en lucidez al jefe de Gabinete es poner a este en una situación crítica. Dando pábulo a esta hipótesis, se han comentado mucho, y con justicia, algunas de sus declaraciones recientes, en especial aquella dicha ante Alejandro Fantino (otro) de que “yo no puedo dar explicaciones porque eso podría tomarse como un intento de obstaculizar a la justicia…”. Adorni no puede decir de dónde sacó el dinero de sus gastos fastuosos por un absurdo e impostado prurito leguleyo. Le encantaría hacerlo, pero la verdad es que no puede. Ni siquiera una pista, una idea somera, nada. ¿Cómo calificar un argumento semejante? ¿Cómo reaccionar ante él?
La pelota cae en el terreno de Fantino, periodista deportivo devenido en filósofo, que en este caso observa a su entrevistado y lanza una ampulosa advertencia: “Te lo voy a preguntar desde una perspectiva foucaultiana, desde la teoría de Foucault de que el saber es poder, así que, si me van a criticar después en las redes, háganlo desde lo académico…”. Fantino, como un caimán que ha capturado una gacela, arrastra al jefe de Gabinete al fondo del pantano intelectual, pero finalmente afloja y lo suelta, y la acuciante pregunta foucaultiana acaba en humo, en sombra, en nada: “¿Vos me decís que por el cargo que ocupás no podés dar explicaciones?”.
Diríamos que cada político tiene el periodista que se merece. El Presidente de la Nación, por ejemplo, en una entrevista telefónica con el tándem Majul – Trebucq, pone sobre la mesa el debate sobre verdad y mentira en sentido extramoral: para Milei, el 95% de los periodistas miente descaradamente, incluso teniendo la evidencia empírica delante de las narices. Para Trebucq, el que miente es Adorni, porque dijo que no había viajado y sí viajó. Ante una réplica tan contundente, Milei relativiza el vínculo entre las afirmaciones y los hechos como definición de la verdad. Ahora la evidencia empírica no es tal, porque existen recortes, matices, interpretaciones, modulaciones de la realidad que exculparían a Adorni (pero no a los periodistas). Y es que en este mundo traidor no hay verdad ni hay mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.
Y ha sido así desde siempre. En 2026 se cumplen 90 años de muchas cosas, entre ellas de una que viene al caso: aquel famoso exabrupto que el general español José Millán-Astray, fundador de la Legión Española y figura emblemática del franquismo, lanzó el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca: “¡Muera la inteligencia!»”, y de la célebre réplica de don Miguel de Unamuno: “¡Venceréis, pero no convenceréis!”.
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Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.







