La misa de hoy: la Resurrección de Cristo, el hecho histórico que lo cambia todo

Por Presbítero Marcelo Barrionuevo.

Hace 10 Hs

Resumen de nota

  • La Iglesia y el presbítero Marcelo Barrionuevo celebran hoy la Pascua 2026 en Argentina para reafirmar la Resurrección de Cristo como el hecho que da sentido y esperanza a la historia.
  • El mensaje plantea la Pascua no solo como recuerdo, sino como clave para interpretar el dolor y la muerte, inaugurando una nueva creación que transforma la realidad desde adentro.
  • Esta visión busca que los creyentes enfrenten las crisis actuales con compromiso y fe, asegurando que el mal no tiene la última palabra y proyectando un horizonte de vida renovado.
Resumen generado con IA

En esta Pascua 2026 la Iglesia vuelve a exclamar con gozo la vida de Cristo resucitado. Su resurrección nos da varias ideas fuertes a reflexionar:

- La resurrección no es solo un evento, es la clave interpretativa de toda la historia.

- Afirma que la historia tiene dirección, que no está cerrada en la muerte ni en el absurdo.

- Cristo resucitado inaugura una nueva creación dentro de la historia misma.

- Esto no elimina el mal de inmediato, pero introduce una certeza: el mal no tiene la última palabra.

La historia queda abierta a la esperanza. El cristiano, entonces, no es alguien que evade la historia, sino quien la habita con una certeza distinta: que incluso en medio de las crisis, Dios conduce todo hacia la vida.

La afirmación de que la resurrección no es solo un hecho puntual, sino la clave interpretativa de toda la historia, transforma profundamente la manera de entender el tiempo, el sufrimiento y el sentido de la existencia. En la fe cristiana, la resurrección de Jesucristo no se limita a un acontecimiento extraordinario del pasado, sino que ilumina retrospectivamente todo lo anterior y proyecta una luz nueva sobre todo lo que vendrá.

Si Cristo ha resucitado, entonces la historia no es un ciclo cerrado ni una sucesión absurda de eventos sin finalidad. Por el contrario, adquiere dirección: camina hacia un cumplimiento. La resurrección introduce una afirmación radical de sentido. Frente a tantas experiencias humanas marcadas por la fragilidad, la injusticia o la muerte, se revela que el final no es el fracaso, sino la vida. En este sentido, la resurrección actúa como una especie de “principio hermenéutico”: permite releer la historia -personal y colectiva- no desde la derrota, sino desde la promesa.

Además, el Cristo resucitado no es simplemente alguien que vuelve a la vida anterior, sino que inaugura algo completamente nuevo: una nueva creación. No se trata de un mundo paralelo ni de una realidad futura desconectada del presente, sino de una transformación que comienza dentro de la misma historia. La vida nueva ya ha comenzado, aunque todavía no se manifieste en plenitud. Esto introduce una tensión fecunda: el “ya, pero todavía no”. El Reino está presente, pero aún en desarrollo.

Esta perspectiva no niega la existencia del mal ni lo disimula. El sufrimiento, la injusticia y la muerte siguen siendo realidades concretas. Sin embargo, la resurrección introduce una certeza decisiva: el mal no tiene la última palabra. La cruz no desaparece, pero queda reinterpretada a la luz de la victoria pascual. Donde parecía haber un final, hay en realidad un comienzo. Donde parecía reinar la oscuridad, ha irrumpido una luz que no puede ser extinguida.

Por eso, la historia queda abierta a la esperanza. No una esperanza ingenua o evasiva, sino una esperanza fundada en un acontecimiento que ha cambiado el horizonte de lo posible. Esta esperanza no paraliza ni aleja del compromiso con el mundo; al contrario, lo intensifica. Porque si la historia está orientada hacia la vida, entonces cada gesto de amor, cada acto de justicia, cada esfuerzo por el bien participa ya de esa plenitud futura.

El cristiano, entonces, no es alguien que huye de la historia ni que se refugia en un más allá abstracto. Es alguien que habita el presente con una certeza distinta. Vive en medio de las mismas tensiones y dificultades que todos, pero con una confianza radical: que Dios no ha abandonado la historia, y que, incluso en medio de las crisis, la conduce misteriosamente hacia la vida. Esta convicción no elimina la incertidumbre, pero la transforma: ya no es un vacío amenazante, sino un espacio abierto donde puede irrumpir la novedad de Dios.

Cristo vive. Y porque vive, nosotros estamos llamados a vivir de otra manera: con más fe en medio de las dudas, con más amor en medio de las heridas, con más esperanza incluso cuando todo parece oscuro.

La Pascua no es solo un recuerdo, es una invitación. Invitación a dejar atrás lo que nos encierra, a salir de nuestros propios sepulcros -el egoísmo, el desánimo, la indiferencia- y a caminar como hombres y mujeres renovados.

Que en esta Pascua 2026 podamos abrir el corazón a esa vida nueva. Que dejemos que la alegría del Resucitado transforme nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras relaciones. Y que seamos, en medio del mundo, testigos de esa luz que no se apaga.

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