
La reciente crónica sobre animales rescatados tras las inundaciones merece una lectura atenta y reflexiva. No sólo por la magnitud del desastre, sino por la respuesta que ha suscitado. Según se informa, más de 1.500 animales, entre domésticos y de corral, ya han sido asistidos. Muchos de ellos fueron hallados en condiciones extremas: enterrados en el barro durante días, con cuadros de hipotermia, deshidratación o heridas de diversa gravedad. No faltaron tampoco los casos de lesiones provocadas en la desesperación por huir del agua, heridas que, sin atención oportuna, derivan rápidamente en infecciones o en el conocido “engusanamiento”. Situaciones todas que requerían intervención veterinaria inmediata, en un contexto particularmente adverso. Las dificultades logísticas no fueron menores. Caminos intransitables, terrenos anegados y condiciones climáticas complejas conspiraron contra cualquier intento de rescate. Sin embargo, la respuesta llegó. Por un lado, desde el Estado, que dispuso recursos y organización; por otro, y de manera especialmente destacable, desde la sociedad civil. Voluntarios, tanto estudiantes de la Facultad de Veterinaria como profesionales del área, acudieron con rapidez a las zonas más afectadas. Lo hicieron con vocación, compromiso y no poco riesgo personal. En ese marco, resulta ilustrativa la palabra del presidente de la Fundación Planeta Vivo, Fernando Pieroni, quien da cuenta del esfuerzo sostenido y del espíritu solidario que animó a este verdadero operativo de emergencia. A su vez, el secretario de Estado de Producción, Eduardo Castro, señaló que se habilitaron corrales para resguardar a los animales rescatados, además de implementarse el retiro de aquellos que no sobrevivieron, a fin de evitar la contaminación de las fuentes de agua. Todo ello configura un escenario complejo, que exige coordinación, recursos y, sobre todo, una profunda valoración de lo que está en juego: no sólo la vida animal, sino también la base productiva de la región. En circunstancias excepcionales como las vividas en el sur de la provincia, queda en evidencia que sólo la acción conjunta, Estado y comunidad, puede dar respuestas eficaces. Frente a la adversidad, la solidaridad organizada vuelve a mostrarse como el camino más seguro.
Juan L. Marcotullio
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