Con los planetas alineados en su contra, Milei dirige una sinfonía que se transforma en ruido

Javier Milei. Javier Milei.
Hace 2 Hs

Por Hugo E. Grimaldi

En la Argentina, los gobiernos suelen atravesar un punto de inflexión en el que las condiciones que parecían favorables se tornan adversas y, de manera casi simultánea, se abren múltiples frentes de conflicto, de afuera y de adentro. Es la orquesta que desafina no porque un violín se equivoque, sino porque la partitura se extravía y cada músico toca lo que cree conveniente. El director intenta ordenar el caos, pero la música se deshilacha y el público, lejos de ser espectador pasivo, comienza a zapatear.

Aquí aparece lo que en psicología se llama “disonancia cognitiva”, pero que en política puede explicarse de manera sencilla: decir que todo marcha bien, cuando la gente vive lo contrario. Desde ya que el Gobierno insiste en que la melodía sigue siendo armónica, mientras la realidad que llega a los oídos de la sociedad es de un estrépito ensordecedor. Esa brecha entre discurso y realidad es lo que acelera el desgaste. Y cuando la orquesta desafina, no hay pausa posible: cada intento de corregir el compás genera nuevas tensiones, cada movimiento defensivo abre otra grieta.

El caso de Javier Milei ofrece un ejemplo reciente de este fenómeno y hay que consignar que no es al primer gobernante que le ocurre que la acumulación de adversidades termina con la luna de miel. ¿O es que quizás los problemas comienzan y se agravan a cada instante porque la luna de miel ya se terminó? Problema para los politólogos.

Para el gobierno libertario, lo que comenzó con expectativas favorables de cambio y con un discurso de refundación ideológica se ha visto erosionado en los últimos tiempos por una combinación explosiva de disonancias, factores internos y externos que generan la sensación de que los planetas se han alineado en contra al presidente de la Nación. La gran pregunta a contestar es por qué y, en este caso, él mismo Milei poco ha contribuido a serenar desde el discurso del 1° de marzo en el Congreso para acá. Los insultos a quienes están del otro lado han dejado de ser vistos como folclóricos y hoy ya se toman como parte del debe del Gobierno.

Lo que está claro es que cuando el escenario se convierte en ruido y el estrépito en desconfianza, lo que parecía una sinfonía que se iba afiatando con el tiempo por el deseo de la sociedad de no repetir el esquema que la trajo hasta aquí se transforma en acordes a destiempo, uno detrás de otro: indicadores económicos que se agrietan, tarifas que golpean, salarios que no alcanzan, consumo que se retrae, fuentes de trabajo condicionadas, morosidad creciente de las familias, internas que minan la gestión y hasta la Iglesia que se ha sumado al coro de críticas. Cada indicador negativo hoy refuerza la percepción de fragilidad y limita la capacidad del gobierno de mostrar resultados concretos.

A todo ello, se le suman sospechas de corrupción en lo más alto del poder que, aunque difusas, se acercan peligrosamente al círculo oficial y alimentan la desconfianza social. La situación de Manuel Adorni es notoriamente la más gráfica no sólo por su posición en el Gobierno, sino además por todos los vueltos que medio mundo le está pasando a su modo de ser, a veces cargado de soberbia. El Presidente lo sostiene contra viento y marea, pero la pregunta a contestar es siempre “¿hasta cuándo?”. Carlos Menem decía que nadie le iba a correr a un funcionario, hasta que él mismo lo llamaba “ex”.

Por el lado del caso $LIBRA, con personajes de los que nunca faltan para venderle peces de colores a los gobiernos, es mucho más desgastante porque el propio Milei y su hermana están en la mira. Todos los días la bola crece, la gente compara contra los ajustes que se están haciendo y se indigna.

El frente político del oficialismo tampoco le concede tregua. Las tensiones dentro del armado del Gobierno minan la gestión cotidiana, multiplican las contradicciones y proyectan una imagen de improvisación. Los recelos, la poca coordinación interna y, a veces, la escasa muñeca para negociar con actores clave del sistema político han generado un desgaste que se acelera a cada paso.

Todo este menú sobre la mesa tiene como postre una frutilla que no hay que perder de vista porque es definitoria a la hora de ver si al Gobierno le alcanza el aplomo para recuperar la vertical y para jugar fuerte este año en el Congreso: las presidenciales de 2027 ya están acá. En este plano, hay muchos en la política que están tirando el medio mundo para buscar alianzas y para posicionarse (Pichetto-Monzó, algunos gobernadores, Axel Kicillof, Mauricio Macri y varios más). Otro elemento no menor es que a diario se escuchan voces del exterior que preguntan a un año y medio vista: ¿creen que Milei está en condiciones de ser reelecto?

El frente internacional de la guerra, hoy situada en Medio Oriente, pero quizás de amplitud inimaginable, constituye probablemente el cisne negro inesperado y el más difícil de administrar, ya que la volatilidad de los mercados globales, el precio de la energía y la incertidumbre geopolítica impactan de lleno en una economía tan dependiente de las divisas como es la argentina. En este contexto, cualquier error de timing o de mala praxis se magnifica y el resultado es un cuadro de simultaneidad adversa que también explica el desbande de la orquesta.

En cuanto al documento de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) titulado con una referencia no ingenua a la “democracia justa” es necesario situarlo en la intersección lo más exacta posible entre la Doctrina Social de la Iglesia y la coyuntura política actual. El texto no es una mera recordación histórica del golpe de 1976, sino que busca ser la representación de un diagnóstico de la "salud democrática" del presente y hay que leerlo con esa tendencia típicamente eclesial de decir sin decir, imaginando los destinatarios.

Los obispos advirtieron sobre una "tendencia creciente al autoritarismo" y allí aparece al instante la figura de Milei, sobre todo por haber dicho 24 horas antes que no se debe perder la batalla “frente a la justicia social”. Sin embargo, lo más punzante del pronunciamiento es la crítica a la "ideología de la supervivencia del más fuerte", una referencia directa a las corrientes que ven al mercado como al único regulador. Para el documento, la fortaleza de una democracia se mide por el cuidado de los más frágiles y no por la noción de eficiencia.

El texto identifica también una espiral de violencia que comienza en el discurso y en ese plano, pensar en las redes sociales y en las alocuciones presidenciales no es azaroso. Al rogar: “¡del insulto de cada día al que piensa distinto, líbranos, Señor!”, la Iglesia eleva una queja ética contra la polarización y no se trata sólo de los malos modales del Presidente, sino de una advertencia sobre cómo las diatribas deshumanizantes preceden a la acción violenta física o institucional.

Si bien el documento evita los nombres propios, el lenguaje utilizado es de gran precisión quirúrgica respecto al actual estilo de gestión. Al señalar que “la verdadera libertad debe ir de la mano de la fraternidad”, los obispos marcan una distancia insalvable con el concepto de libertad que promueve el Ejecutivo, oponiéndole una libertad social que requiere del "bien común" y el "trabajo digno". El mensaje de la CEA no es sólo un llamado directo a "desarmar el lenguaje", tal como ha dicho el Papa, sino que representa una evaluación muy severa que sugiere entre líneas que la democracia argentina corre el riesgo de envilecerse hoy si confunde autoridad con autoritarismo y justicia con la ley de la selva.

Como se ha visto, no se trata de un único error lo que produce el desgaste, entonces, sino la acumulación de fallas de gestión, decisiones mal calibradas y contextos externos desfavorables. La dinámica de estas horas es la de un ejecutante que ha quedado a la defensiva abrumado por los desajustes propios, el descontento de la platea y que está obligado a atender urgencias que creía superadas. En ese terreno, cada tropiezo abre un nuevo frente y la percepción de que todo se le vuelve en contra al gobierno nacional parece que se ha instalado como diagnóstico dominante. La orquesta ya no suena como sinfonía: lo que llega a los oídos de la sociedad es ruido y el ruido, inevitablemente, se convierte en desconfianza. Las encuestas han empezado a registrarlo.

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