SIN DESCANSO. Los jubilados buscan otro ingreso para sobrevivir.

Los datos oficiales de la Seguridad Social revelan una tendencia que se consolida año tras año y es que cada vez más jubilados siguen trabajando. Según el último registro disponible, al cierre de junio de 2025 había 433.525 jubilados con aportes activos al sistema, cifra que representa un aumento del 57% respecto de los 275.431 registrados en 2015. A este universo formal se suma los jubilados que trabajan en la informalidad, en este aspecto se estima que más de 1 millón de jubilados trabaja en negro, sin aportes y fuera del radar estadístico.
La principal causa detrás de este fenómeno es el deterioro del poder adquisitivo de los haberes. Los indicadores de Seguridad Social de este mes muestran que el haber mínimo del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) está en $ 369.601, al que se suma un bono extra previsional de $ 70.000, llevando el total a $439.691. En esta línea, la Prestación Básica Universal (PBU) es de $ 169.076, mientras que la Pensión Universal para el Adulto Mayor (PUAM) alcanza los $295.681. En todos los casos, los montos resultan insuficientes para cubrir la canasta básica, lo que empuja a los beneficiarios a buscar ingresos complementarios, frecuentemente en empleos de alta exigencia física con consecuencias negativas para su salud.
Un informe de la Dirección Nacional de Políticas de la Seguridad Social, correspondiente al último trimestre de 2025, analizó la situación previsional de los varones próximos a cumplir 65 años en 2026, un universo de 189.211 personas. Los resultados de este informe exponen las profundas fracturas del sistema.
El 23% de ese grupo (unas 43.000 personas) ya cuenta con algún beneficio de la Anses: el 15% accedió a una jubilación anticipada (cuyo 12% con aportes completos y el 3% mediante moratorias), mientras que el 8% restante percibe una Pensión No Contributiva (PNC), destinada a quienes no reúnen los requisitos contributivos por invalidez o vejez. Sin embargo, el dato más significativo es que el 69% del total (132.113 personas) es decir 7 de cada 10 varones, llega a los 64 años sin ningún beneficio previsional. De éstos, el 61% (116.051 personas) tiene la mayoría de sus aportes registrados en el SIPA, lo que indica que son trabajadores activos (empleados en relación de dependencia o autónomos) que aguardan cumplir la edad legal para iniciar su trámite jubilatorio. El 8% restante tiene aportes en sistemas provinciales o fondos profesionales ajenos a la Anses.
La situación más crítica corresponde a un 7% del grupo (14.075 personas) que no tiene registros de aportes o acredita menos de un año. Estos trabajadores no podrán acceder a la jubilación ordinaria y deberán conformarse con la PUAM, la prestación de menor valor del sistema.
La informalidad laboral
Este informe también analiza los años de aportes acumulados al SIPA entre julio de 1994 y septiembre de 2025 de varones de 64 años . La distribución evidencia el impacto estructural de la informalidad laboral en las últimas tres décadas. El grupo más numeroso está conformado por trabajadores en relación de dependencia del sector privado (62.706 personas), seguido por monotributistas (21.505) y autónomos (14.677). De esta muestra, hay una gran concentración en pocos años aportados, es decir, gran cantidad de hombres tiene muy pocos años de aportes (entre 1 y 2 años).
El monotributista es el segundo sector con mas personas (21.505) seguido por los autónomos (14.677) en los primeros años de aporte. Entre los que aportaron entre 1 y 5 años al sector privado, hay 4.722 hombres que solo cuentan con un año de aportes de los 30 requeridos para acceder a la jubilación ordinaria. En el caso de monotributistas y autónomos, una proporción elevada no supera los 10 años de aportes registrados, lo que anticipa que muchos no podrán jubilarse con la ley ordinaria al cumplir los 65 y deberán recurrir a la PUAM.
En contraste, el sector público nacional muestra una distribución más estable: la caída de aportantes en los tramos de 15 a 20 años es menos pronunciada, lo que refleja la mayor estabilidad y continuidad de los empleos estatales.
Entre quienes sí están en condiciones de jubilarse en 2026 (con al menos 30 años de aportes en el SIPA), el sector privado reúne a 7.142 personas con 31 años de aportes; el sector público, a 2.494; y el monotributo y el régimen autónomo suman 1.671 y 526 personas, respectivamente.
Casos tucumanos
La situación de los adultos mayores que deben trabajar también dibuja el mismo horizonte para los tucumanos. Roberto Juárez (70 años) fue un ex operario de cosechadoras, hoy enfrenta el Parkinson con la jubilación mínima. La enfermedad le impide trabajar y, aunque su hija lo ayuda a llegar a fin de mes, no logra costear sus medicamentos dejando muchos de éstos de lado. Prioriza los gastos básicos de subsistencia sobre su propio tratamiento.
José Albornoz (72 años) cobra la PUAM y, a pesar de su edad, sigue ejerciendo el oficio de plomero que lo acompañó toda la vida. “Si no fuera por la ayuda de mi hijo, no me alcanzaría; no me queda otra”, confiesa sobre la necesidad de buscar “changas” para sobrevivir.
Francisco Madrid (66 años) también jubilado con la mínima. Ha aportado muchos años aunque le faltaron 8 años para completar los 30 años. Hoy vende hortalizas en la calle de lunes a viernes. Sin red una red de apoyo familiar, su salud es su único capital diciendo “agradezco a Dios estar sano, porque no me alcanzaría para comprar remedios”, dice mientras lidia con una artrosis de rodilla que espera cirugía por PAMI. Ramón Giménez (83 años), trabajó toda su vida en una farmacia, pero hoy sus aportes solo le garantizan el haber mínimo. De lunes a sábados, pasa horas de pie en el microcentro tucumano vendiendo artículos pequeños. Solo sumando su ingreso al de su esposa logran subsistir. José Moreno (74 años), con aportes de sus años de trabajo en Buenos Aires, hoy sobrevive gracias a la venta ambulante de medias y encendedores. Comenta su situación tajantemente “No llego a fin de mes. Si no salgo a vender, no sobrevivo”.
Por otro lado, Hugo Campos (71 años) Inició su trayectoria laboral a los 19 años y hoy cuenta con 37 años de aportes. Hugo es jubilado de la administración pública y destaca “jubilarme fue una decisión rápida”. Gracias a que él y su esposa fueron previsores desde jóvenes, hoy sus ingresos le permiten vivir con tranquilidad. Tras años de aprendizaje sobre cómo administrar sus recursos, asegura que lo que perciben es suficiente: “Con lo que cobramos nos alcanza”. Para Hugo, extrañar el empleo es solo un recuerdo de la etapa que le brindó el sustento actual. Con resiliencia frente a un posible futuro adverso, concluye diciendo “si algo llegara a faltar, nos acomodaremos a la situación que se presente”.
Sobre la misma línea, Roberto B. Prefiere resguardar su apellido, pero comparte su experiencia como jubilado de dos cargos universitarios con ingresos superiores al SIPA. Actualmente, dedica su tiempo a la cocina, el descanso y viajes, actividades que su carrera profesional a lo largo de su vida le permite costear hoy. Al vivir solo y contar con vivienda y vehículo propios, frutos de sus años de su actividad laboral, sus gastos son mínimos. “No tengo grandes desembolsos”, comenta este jubilado.










