En Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Diógenes Laercio recopila recuerdos graves y otros cotidianos de los pensadores antiguos. Entre ellos descuella la vida de Heráclito de Éfeso, donde cuenta que en sus últimos días, el gran filósofo “fue atacado por hidropesía y acudió a los médicos, preguntándoles si podían producir una sequía después de la lluvia. Como no entendieron lo que quería decir, se enterró en estiércol de vaca y murió a los sesenta años”. Es decir, el filósofo al que llamaban “el oscuro” fue a los médicos a plantearles no un síntoma ni un diagnóstico, sino un acertijo. Como no lo comprendieron, decidió bañarse en bosta y murió en ese hediondo spa. Y sin embargo es uno de los grandes, aunque de él apenas nos hayan llegado un puñado de excentricidades y algunas frases sueltas.
Hay pensadores de los que no tenemos libros, hay incluso de quienes sólo tenemos recuerdos transmitidos por otros. Son filósofos que dejan frases que parecen piedras tiradas al agua. En el caso de Heráclito, esas piedras hacen sapito desde hace más de veinticinco siglos. Su aforismo más famoso, el que aprendemos en la escuela, es el célebre “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Pero conviene leerlo con cuidado. No dice simplemente que todo cambia. El río sigue siendo el mismo y, sin embargo, el agua nunca es la misma. Permanencia y cambio no se excluyen, conviven. Uno puede caminar por la peatonal Mendoza, que recorrió mil veces, y sin embargo sentir que no está en el mismo lugar. Cambian los negocios, cambia la gente, cambia incluso el ritmo de la ciudad. Pero seguimos diciendo que es la misma calle, y con razón. La extrañeza de nuestros mayores cuando ven los lugares de su infancia suele atribuirse a la nostalgia o a la fragilidad de la memoria. Tal vez sea algo más simple, una experiencia heraclítea. Reconocen el lugar, pero todo ha cambiado.
Ni siquiera hace falta envejecer para sentirlo. Basta entrar en uno de esos grupos de redes de fotos antiguas de Tucumán. Alguien sube una imagen en blanco y negro, una esquina irreconocible, un cine que hoy es feria, un árbol que ya no existe. Son, en cierto modo, los Diógenes Laercio de hoy. Compilan recuerdos, anécdotas, nombres de negocios, fragmentos de vida urbana. Entonces empiezan a aparecer los comentarios. Supongamos que la foto muestra una esquina que quizá sea Alem y Mate de Luna. Andrés dice que él se acuerda de Casal, pero enseguida agrega algo más preciso, lo que realmente le quedó grabado es un hotel alojamiento que había a una cuadra y media, entre Casal y el puente, media cuadra hacia la izquierda. Juan Carlos se ríe y le responde que de eso sí se acuerda. Otro interviene y aclara la ubicación, Suipacha, primera cuadra. Bibi trae una historia todavía más vieja, su tía le contaba que existía el paseo de Casal, cuando una radio ponía música y los jóvenes caminaban escuchándola. Cecilia recuerda la rotisería Casal de doña Margarita y la comida riquísima que vendían allí. Silvia, en cambio, mira el fondo del paisaje y señala algo más general, en los años setenta no había edificios desde Casal hasta el Camino del Perú. Alguien pregunta entonces por qué se llama Floresta la esquina de Mate de Luna y Colón.
La vieja frase de Heráclito deja de ser un fragmento de manual. La ciudad que vemos no es exactamente la misma que recuerdan los otros, ni nosotros somos los mismos que mirábamos esa esquina hace cuarenta años. Como el río del filósofo, también las ciudades y las memorias fluyen. La fotografía parece detener el tiempo. Pero basta leer los comentarios para descubrir que el río sigue corriendo.









