OTROS TIEMPOS. Pedro Sánchez y Donald Trump estrechan un saludo cordial y amistoso.

En apenas diez minutos, Pedro Sánchez redefinió su papel en el tablero internacional. Tras la amenaza de Donald Trump de romper relaciones comerciales con España, el presidente del Gobierno español respondió con un discurso institucional desde La Moncloa que buscó transformar una crisis diplomática en un activo político. “No vamos a ser cómplices de algo que es malo para el mundo por miedo a las represalias”, sentenció el líder socialista.
El conflicto escaló luego de que Sánchez prohibiera el uso de las bases de Rota y Morón para maniobras militares estadounidenses en el marco de la tensión en Medio Oriente. La respuesta de Trump no se hizo esperar y calificó a España de “socio terrible” y ordenó -al menos en la retórica- el cese total del comercio bilateral.
Sin embargo, Sánchez parece haber calculado el riesgo. Sabe que los acuerdos comerciales están blindados por la Unión Europea y que, en clave interna, la confrontación con Trump le otorga el "oxígeno" que los escándalos domésticos le habían quitado.
Al reflotar el lema “No a la guerra”, Sánchez apeló a la memoria emotiva de la sociedad española, al vincular la postura del Partido Popular (PP) con el apoyo de José María Aznar a la invasión de Irak en 2003.
Esta maniobra busca acorralar a la oposición en un territorio incómodo, mientras el canciller José Manuel Albares refuerza la narrativa al tildar al PP como "el partido de la guerra".







