De repartir diarios en bicicleta a campeón con Tucumán Central: la vida de “Yiyera”, el masajista que nunca dejó el fútbol

A los 61 años, Carlos Alfredo Delgado transformó cada etapa en parte de un camino que siempre lo devolvió a una cancha. Hoy celebra el ascenso al Federal A como uno más del plantel y confirma que su vida se explica, simplemente, a través del fútbol.

VIDA DIFÍCIL. Yiyera tuvo que afrontar momentos muy difíciles en su camino, pero su rostro siempre refleja optimismo. VIDA DIFÍCIL. "Yiyera" tuvo que afrontar momentos muy difíciles en su camino, pero su rostro siempre refleja optimismo.
Hace 4 Hs

La historia de Carlos Alfredo “Yiyera” Delgado se mide en kilómetros recorridos en su bicicleta, en madrugadas frías, en caminos de tierra y asfalto que unen pueblos, canchas y recuerdos. A los 61 años, es masajista de Tucumán Central, plantel que consiguió el ascenso al Federal A, y su relato es el de alguien que nunca dejó de moverse, ni siquiera cuando el cuerpo le puso la dificultad más grande de su vida. 

A la hora de presentarse, su tono de voz es alegre y cordial con cualquiera que interactúe con él. “Yo nací en la Colonia 3 del Ingenio Cruz Alta y desde chico aprendí que, si quería algo, tenía que ir a buscarlo”, relató. Ese aprendizaje tuvo forma de bicicleta desde muy temprano, cuando con apenas 15 años se convirtió en “gacetero”, una figura fundamental aquella época en la provincia. “Salía a las tres de la madrugada a buscar los diarios. Durante la semana me los mandaban desde la terminal vieja en el colectivo La Florida, que llegaba hasta Colombres. Los domingos me iba en bici a retirarlos y empezaba muy temprano con la entrega”, contó.

Durante tres años, entre los 15 y los 18, Delgado repartió LA GACETA por colonias, zonas rurales, Cruz Alta y Concepción. “A las tres y media de la mañana ya viajaba con los obreros del ingenio. Tenía clientes fijos: capataces, familias enteras que me esperaban a lo largo de todo el este de la provincia”, recordó. Esa etapa no solo le enseñó disciplina y esfuerzo; también le dio algo que lo acompañaría toda la vida. “Mientras repartía diarios, también jugaba al fútbol. Siempre. A donde fuera me hacía algún amigo y ya jugaba o me quedaba a mirar algún partido”, narró.

El fútbol aparece como una constante, casi una obsesión saludable. En cada mudanza, en cada trabajo, en cada etapa. “Yo no sé vivir sin fútbol. Capaz no tenía plata, pero siempre buscaba jugar a la pelota”, confesó. Incluso cuando fue sorteado para hacer el servicio militar en 1983 y terminó destinado al cuadro de caballería en San Rafael, Mendoza, la pelota siguió rodando. “Un cabo de apellido Ibarra me vio jugar en el cuartel y me llevó a Huracán de San Rafael, un club que tiene una camiseta parecida a la de Boca. A veces me daba tareas más fáciles durante el día para poder entrenar, pero tenía que cumplir con todo”, recordó. Aunque para algunos resulte extraño, él recuerda con añoranza el tiempo que estuvo en servicio. “Aprendí orden, respeto, disciplina. Todo eso me sirvió para la vida. Inclusive tuve que cuidar los votos para (Raúl) Alfonsín”, relató, al evocar aquel año atravesado por las elecciones presidenciales y la custodia de urnas en escuelas rurales. 

Tras la “colimba” llegó Santa Fe: empezó a trabajar en la construcción en Cañada de Gómez y, otra vez, el fútbol. “Vivía con mi hermana y jugaba en Everton Argentino Juniors. Hoy es A.D.E.O. Siempre estuve ligado a una cancha”, dijo. El regreso a Tucumán lo encontró formando una familia y atravesando pérdidas profundas: la muerte de su primer hijo, con apenas 10 meses, un evento que lo marcó para siempre.

FINALISTAS. FINALISTAS.

Después de eso, el camino fue difícil, pero “Yiyera” se mantuvo firme en la búsqueda de estabilidad laboral. Primero fue la comuna, donde trabajó durante 14 años. Después, a los 32, llegó la Policía. Allí permaneció 23 años, un período clave para sostener a su familia y criar a sus hijas. En ese tiempo, el fútbol volvió a cruzarse de lleno en su rutina: sus propios superiores, sabiendo de su vínculo con las canchas solían asignarlo a los operativos en el estadio de Atlético Tucumán. “Mis superiores, como el ‘Turco’ Sava, Carlos Ruiz o el comisario Juan Santucho, me enviaban siempre a los operativos, porque ya sabían que me gustaba mucho ir a la cancha”, relató. 

Ese ir y venir por los estadios lo acercó, casi sin buscarlo, a su rol actual. “Yo hacía operativos policiales en los partidos, conocía gente, miraba cómo trabajaban los cuerpos técnicos”, explicó. Hasta que llegó la invitación de Miguel “Sapo” Brandán para sumarse como masajista en Concepción de la Banda del Río Salí. Después vinieron Lastenia, invitado por “Pillo” Gramajo y, finalmente, Tucumán Central, de la mano de Sebastián de Carril.

“En Tucumán Central encontré un grupo humano impresionante”, relató. Hoy es parte del cuerpo técnico del club que acaba de consagrarse campeón del Regional Amateur, un logro que vivió con intensidad. “Concentrar era como un viaje de egresados. Alegría pura. Y el respeto de las hinchadas rivales fue algo hermoso”, contó, todavía emocionado.

Pero la historia tuvo un quiebre brutal el 23 de noviembre de 2023. “Estaba en Lastenia y me dijeron que tenía cáncer de hígado. Fue un golpe durísimo”, recordó. El fútbol, una vez más, fue sostén. “Yo entrenaba, iba al gimnasio. Eso me salvó”, afirmó. Fue derivado al Hospital Italiano de Buenos Aires. “La atención fue excelente, desde lo administrativo hasta los médicos, las enfermeras y todos los que me cuidaron”, destacó. 

MOMENTO DIFÍCIL. La cirugía a la que fue sometido le marcó la vida y lo acercó más a Dios y al deporte. MOMENTO DIFÍCIL. La cirugía a la que fue sometido le marcó la vida y lo acercó más a Dios y al deporte.

El proceso fue largo y complejo. “Primero me cerraron arterias para achicar los tumores. Viajaba en avión con mi esposa, pero siempre pensando en volver”, narró. La cirugía llegó el 27 de mayo de 2024 y duró casi nueve horas. “Cuando desperté en terapia, si bien no recordaba nada, supe que había salido bien”, contó. La recuperación fue rápida. “Los médicos me dijeron que el estado físico ayudó muchísimo. A los pocos días yo le pedía a mi mujer que me llevara a caminar, porque no quería estar más tiempo encerrado”, explicó.

A los pocos días recibió el alta, aunque debió permanecer aislado antes de regresar a Tucumán. Y cuando volvió, volvió a pedalear. “Yo sigo yendo en bicicleta al club, desde Cruz Alta hasta Tucumán Central. Voy paseando, saludando gente, pero llego siempre a los entrenamientos”, dijo.

Hoy, “Yiyera” agradece al personal invisible del club: utileros, prensa, nutricionistas, dirigentes. Y deja un mensaje claro para los más jóvenes. “El fútbol amateur es sacrificio. Hay que estudiar, ser disciplinado, cuidarse”, reflexionó. 

Su bicicleta sigue apoyada contra una pared, a la espera de salir a rodar otra vez. Con ella cruza pueblos, atraviesa rutas y se mete en barrios para llegar a entrenamientos, partidos o simplemente para ver su amado fútbol, como lo hizo toda la vida: sin horarios ni excusas, con el cuerpo cansado pero la misma ilusión de siempre. Porque, mientras haya una cancha, “Yiyera” va a seguir pedaleando su historia.

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