El Gran Cinturón de Sargazo es una de las amenzas ambientales instaladas en el océano Atlántico. Foto: © Universidad del Sur de Florida.
Una vez más, las imágenes satelitales revelan una cicatriz marrón en medio del azul oceánico. Y aunque sería una gran noticia si se tratara de algún accidente geográfico natural, no es más que otra de las amenazas humanas al planeta que ya tiene su propio nombre: el Gran Cinturón de Sargazo, un fenómeno que año tras año se repite desde 2011 y que se convirtió en un problema transnacional.
Lo que comenzó con avistamientos esporádicos se consolidó como una crisis ambiental a escala global. El Gran Cinturón de Sargazo es una extensa banda marrón que va desde la costa occidental africana hasta el Caribe. Este evento persiste desde hace 14 años y, aunque en pequeñas cantidades puede ser una ventaja para los animales del ecosistema, 38 millones de toneladas de sargazo se convierten en una amenaza ambiental.
El monitoreo de una marea incontrolable
El sargazo es una macroalga flotante que, en cantidades moderadas, sirve de refugio para peces y otros organismos. El problema está cuando se multiplica y forma grandes agregaciones que cruzan el océano impulsadas por corrientes y vientos.
La NASA describe este patrón como una banda estacional que puede extenderse desde África hasta el golfo de México. Hace tiempo que la agencia espacial monitorea esta tendencia estacional a través de sistemas como el Sargassum Watch System (SaWS) y combinan observación remota y análisis histórico para anticipar posibles arribazones.
Causas y orígenes de la proliferación masiva
El Gran Cinturón de Sargazo está impulsado por una combinación crítica de factores antropogénicos y cambios en la dinámica oceánica, como su calentamiento, que favorece la productividad biológica. A diferencia de las floraciones naturales, la proliferación actual de esta «marea ocre» tiene una relación directa con el aumento de nutrientes procedentes de ríos en el océano, polvo atmosférico o afloramientos profundos que alimentan su crecimiento.
Cuando las corrientes desplazan estas masas hacia el oeste, el impacto se traslada al litoral. Allí, la descomposición del sargazo reduce el oxígeno del agua, afecta a especies marinas y praderas marinas y libera gases que pueden causar molestias respiratorias.
Impacto económico y ambiental en las costas
Las acumulaciones masivas también generan un coste elevado para las comunidades costeras, que deben retirar grandes volúmenes de algas mezcladas con arena y, en ocasiones, con contaminantes. Aunque no existe una solución inmediata para detener un proceso de escala oceánica, los expertos coinciden en tres líneas de actuación: mejorar la vigilancia, gestionar con rapidez las arribazones y reducir a medio plazo las presiones de nutrientes que alimentan el sistema.
Más que un presagio concreto, esta franja actúa como un indicador visible de los desequilibrios que afectan al Atlántico tropical. El impacto real se siente cuando el sargazo llega a la orilla y se acumula. En aguas someras o sobre la arena, empieza a descomponerse, consume oxígeno y genera zonas pobres para peces e invertebrados.
El factor humano y el desplome del turismo
Esta biomasa puede enterrar praderas marinas, sombrear arrecifes y alterar ecosistemas frágiles. Y luego está el factor humano: la materia orgánica en putrefacción libera gases irritantes y aparecen afecciones pulmonares. Así, las playas se vuelven impracticables; el turismo cae y la pesca se complica.
Retirar el sargazo no es barrer hojas, sino desplegar toda una logística costosa para remover toneladas de algas húmedas que hacen estragos en el planeta. En este 2026, el desafío sigue siendo encontrar una respuesta regional coordinada antes de que el daño sea irreversible.









