BUENOS AIRES.- El calor creciente ha vuelto a circundar al Gobierno y esta semana que se inicia deberá aplicarse en apagar dos incendios de magnitud, aquí y en el exterior. Por un lado, Hugo Moyano lo ha embretado a Néstor Kirchner, al exigirle una definición, casi un laudo, en la polémica abierta con Roberto Lavagna sobre el peso de los salarios en la generación de inflación.
En el otro suceso clave, sobre el mismo ministro cuestionado por el poder sindical, recaerá el peso de encontrar acercamientos con la comunidad financiera internacional, en notorio silencio sobre el default argentino. Además, en tiempos en que un juez neoyorquino pone en jaque el proceso de reestructuración y comienza la circulación de los nuevos papeles; y cuando el Tesoro se prepara a pagar U$S 700 millones en cupones caídos.
En su entorno suelen decir que el presidente Néstor Kirchner no reacciona ante las presiones; pero igualmente se espera que sobre la cuestión salarial diga algo para encauzar el durísimo tiroteo verbal, que involucra a un ministro exitoso -seguramente el más exitoso de un gabinete demasiado oscuro-, quien, durante los últimos días, ha hecho un prolijo marcado de cancha, bien explícito, en varios temas sensibles para el ala política del Gobierno.
Un rápido repaso de la posición del ministro indica que a Lavagna, desde lo técnico, nunca le gustó el manejo del área de su colega Julio de Vido, ministro más que cercano al Presidente. Criticó en su momento el manejo de la crisis energética del año pasado, mucho más desde que le costó al país 2 mil millones de pesos en importaciones; tampoco estuvo de acuerdo con el modo en que se piloteó la no renegociación de los contratos de las empresas de servicios públicos y se despegó desde el principio del proceso de creación de Lafs. Desde ya que ahora nada hará para evitar su desguace, después de que se ha comprobado que el engendro resultó ser una fábrica de ñoquis. En materia salarial, se dejó trascender desde Economía que el diálogo entre la CGT y la UIA, impulsado también por De Vido, resultaba "impresentable"; y ahora, Lavagna critica la metodología de aumentos del Gobierno, que él mismo convalidó a fines del año pasado y que fue parte del combustible de la inflación veraniega, mientras desde su ministerio -para desesperación de Martín Redrado- se les apuntaba a la expansión monetaria y a los manejos del BCRA.
Pero en las últimas horas, el titular del Palacio de Hacienda fue más allá. Cuasiduhaldista, al fin, Lavagna se despegó del "setentismo" distribuidor y marcó pautas ortodoxas para la negociación salarial. La palabra mágica resultó ser "productividad", un término que los caciques cegetistas dicen no poder entender cómo se aplica en los rubros de servicios: "un chofer de colectivos que circula a las cuatro de la mañana no tiene la misma productividad que otro que maneja a las seis de la tarde", simplifican.
Para que queden claras las pertenencias, la opinión del ministro fue avalada por Eduardo Duhalde, pero cruzada de modo vehemente por Moyano, a su vez alentado por el compromiso presidencial de mejoras salariales, plasmado el año pasado en la suba del salario mínimo y en los decretos de recomposición para los privados. Todo se complica y se cruza en la eventual decisión de Kirchner, ya que el ex presidente es pieza fundamental en las negociaciones por las listas en la provincia de Buenos Aires.
En tanto, desde la CGT se asegura: "el Presidente nos va a recibir", y que de esta cuestión se hablará esta semana en la reunión del consejo directivo que se ha convocado. Dicen que tienen presión "desde abajo" y que habrá pintadas, protestas, asambleas en los lugares de trabajo y paros parciales. Para tratar de arrinconar a Lavagna, prometen hasta una nueva manifestación del Frente de Gremios Estatales (ya Andrés Rodríguez, de UPCN, había aparecido en una reunión que hizo la CGT con la UIA y esto descolocó a los industriales), de directa incidencia en el gasto, calmados en anterior oportunidad por el Presidente, con ajustes en los sueldos menores a $ 1.000.
El frente externo
El otro foco de la semana tiene que ver con el canje, con la decisión unilateral de la Argentina en dar por concluido el default y con los sucesos judiciales que se encadenarán a partir del martes. Ese día, en la sede judicial de Manhattan, los abogados que representan a la Argentina intentarán demostrarle al conservador juez de ese distrito, Thomas Griesa, que su orden de mantener preventivamente embargados nada menos que U$S 7.000 millones en bonos argentinos que hoy tiene en su poder el Bank of New York, producto del canje, es errónea, ya que esos papeles no corresponden a la Argentina sino que son de terceros.
Entonces, 48 horas antes de que los títulos posdefault cobren vida, Griesa deberá decidir en primera instancia si el pedido del "fondo buitre" Elliot es pertinente. El juez ya estuvo varias veces duro contra la forma de negociar -o de no negociar- de la Argentina, y en esta oportunidad ha reiterado que el proceso puede ser pertinente, porque le endilga al país que ha sido clara su voluntad de poner sus activos "lejos del alcance de los acreedores". En el Palacio de Hacienda se dice que todo se trata de un "montaje" que no puede prosperar, pero el golpe para la Argentina podría ser fuerte y le demuestra que los acreedores no se quedarán quietos a la hora de buscar alternativas para cobrar. Las autoridades se resisten a registrar que casi una cuarta parte de la deuda reestructurada se quedó afuera del canje y que esta porción representa 20 mil millones de dólares.
Y aquí aparece el punto más difícil de resolver para el Gobierno: la soledad en materia de acompañamiento internacional. Lo concreto es que la Argentina dice que ha salido del default, pero el resto del mundo se ha quedado en silencio a la espera de la reapertura del canje, proceso que una ley que propició el mismo Gobierno impide.
Desde el exterior, se escucharon voces de apoyo al estilo de "mucho han hecho" o "acompañamos la recuperación"; pero entre los que realmente importan nadie ha reconocido fehacientemente el fin de la quiebra. Hasta el "no vamos a opinar" del FMI es leído con reparos y no como una prescindencia favorable hacia una negociación feliz. Está más que claro -y así lo percibió la delegación argentina que estuvo hace unos días en la Reunión del G-20- que hoy por hoy se manifiesta una lógica división dentro de los países del Grupo de los Siete, donde hay tres o cuatro de punta contra la Argentina y donde el resto no se mete, porque estima que la causa no lo merece.
Que hablen los mercados
Sobre el pago de los cupones, habrá que ver qué hacen los tenedores, que percibieron 30 centavos por dólar invertidos en los viejos títulos. Se descuenta que los que cobren en el exterior no harán cola para traer las divisas otra vez a la Argentina; mucho menos, desde que las tasas crecen en los EE.UU. y los emergentes están derrapando. Pero la duda está en saber qué harán los tenedores argentinos: si los mantendrán o si fugarán esos capitales. Al fin y al cabo, como suele decir Roberto Lavagna, "habrá que dejar que hablen los mercados". (DyN)







