27 Marzo 2005 Seguir en 
Miguel Pereira, el director del Festival Internacional de Cine que concluyó hace una semana en Mar del Plata, reconoció en la ceremonia de cierre que, sin dudas, la muestra no había alcanzado la precisión que tienen otros festivales, como el de Berlín. Pero en cambio -sostuvo- le sobraron el corazón y la calidez que los latinoamericanos sabemos ponerles a las cosas que hacemos.
No estaba equivocado Pereira en cuanto a la falta de precisión, ya que hubo notorios desajustes en la organización del festival. Sin embargo, esto es absolutamente lógico si se tiene en cuenta que hay que coordinar la exhibición de más de 300 películas en una decena de salas, programar charlas, conferencias de prensa, clases, muestras retrospectivas, lanzamientos de productos, homenajes y agasajos de distinto tipo, mientras se atienden las necesidades de más de 400 periodistas acreditados, casi medio centenar de ellos provenientes de otros países. A esto hay que agregar los problemas que se presentan ante las cancelaciones de visitas por cambios en las agendas de los invitados, y las consiguientes modificaciones en los programas anunciados, algunos de ellos impresos cuidadosamente con mucha anticipación.
Desde luego, no es sencillo organizar un acontecimiento de esta envergadura. Pero quien asume tamaña responsabilidad debe ponerse a la altura de las circunstancias y extremar las precauciones para que nada quede librado al azar y para que el margen de error sea mínimo.
Tampoco se equivocó el presidente del festival al hablar de la calidez de los anfitriones y del empeño puesto en la organización. Absolutamente todos los visitantes manifestaron su agradecimiento y expresaron haberse sentido como en su propia casa durante los diez días que duró el encuentro. Este detalle cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que había delegaciones provenientes de lugares tan remotos como Corea, Japón, Finlandia, Suecia o Marruecos.
Todos los elementos positivos que quedaron expuestos en la realización de la muestra deben servir como plataforma o punto de partida para las nuevas ediciones del festival. La experiencia que dejan los errores cometidos debe aprovecharse para enmendarlos en el futuro.
Lo que suena como nota en falso es el concepto de que, por ser latinoamericanos cálidos e improvisadores, nuestros errores resultan simpáticos y no deben ser motivo de preocupación. Esa suerte de autocomplacencia en la desorganización, como si esta fuera inevitable, puede terminar por convencernos de que no nos queda otro camino que el de avanzar a los tropezones. Y no tiene por qué ser así.
Hace más de 20 años, Hernani Bomba, un taficeño talentoso a quien Guido Torres había puesto al frente de la realización de escenografías y utilerías en el teatro San Martín, estaba trabajando en un tintero que utilizaba uno de los personajes de la obra que ensayaba el Teatro Estable. Uno de los actores le preguntó para qué se esmeraba en la realización de los detalles mínimos de la pieza, que seguramente no serían percibidos por el público desde la platea. "Para que el actor se sienta mejor; pero, por sobre todo, porque es mi trabajo y me gusta hacerlo bien", respondió Hernani. Había hablado el artista, el espíritu sensible para el cual entregar siempre el máximo de su potencialidad es un imperativo inexcusable.
No nos sirve pensar que nuestra forma de ser nos excusa de aspirar al máximo de la calidad. Nos subestimamos si esperamos que se nos tengan consideraciones especiales por nuestra condición de tercermundistas sin recursos. Entre nosotros sobra talento como para acometer con éxito las empresas más exigentes. Sólo nos hace falta tomarnos en serio, y convencernos de que lo que se construye con trabajo y organización deja muy pocas brechas por las cuales pueden deslizarse los errores.
No estaba equivocado Pereira en cuanto a la falta de precisión, ya que hubo notorios desajustes en la organización del festival. Sin embargo, esto es absolutamente lógico si se tiene en cuenta que hay que coordinar la exhibición de más de 300 películas en una decena de salas, programar charlas, conferencias de prensa, clases, muestras retrospectivas, lanzamientos de productos, homenajes y agasajos de distinto tipo, mientras se atienden las necesidades de más de 400 periodistas acreditados, casi medio centenar de ellos provenientes de otros países. A esto hay que agregar los problemas que se presentan ante las cancelaciones de visitas por cambios en las agendas de los invitados, y las consiguientes modificaciones en los programas anunciados, algunos de ellos impresos cuidadosamente con mucha anticipación.
Desde luego, no es sencillo organizar un acontecimiento de esta envergadura. Pero quien asume tamaña responsabilidad debe ponerse a la altura de las circunstancias y extremar las precauciones para que nada quede librado al azar y para que el margen de error sea mínimo.
Tampoco se equivocó el presidente del festival al hablar de la calidez de los anfitriones y del empeño puesto en la organización. Absolutamente todos los visitantes manifestaron su agradecimiento y expresaron haberse sentido como en su propia casa durante los diez días que duró el encuentro. Este detalle cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que había delegaciones provenientes de lugares tan remotos como Corea, Japón, Finlandia, Suecia o Marruecos.
Todos los elementos positivos que quedaron expuestos en la realización de la muestra deben servir como plataforma o punto de partida para las nuevas ediciones del festival. La experiencia que dejan los errores cometidos debe aprovecharse para enmendarlos en el futuro.
Lo que suena como nota en falso es el concepto de que, por ser latinoamericanos cálidos e improvisadores, nuestros errores resultan simpáticos y no deben ser motivo de preocupación. Esa suerte de autocomplacencia en la desorganización, como si esta fuera inevitable, puede terminar por convencernos de que no nos queda otro camino que el de avanzar a los tropezones. Y no tiene por qué ser así.
Hace más de 20 años, Hernani Bomba, un taficeño talentoso a quien Guido Torres había puesto al frente de la realización de escenografías y utilerías en el teatro San Martín, estaba trabajando en un tintero que utilizaba uno de los personajes de la obra que ensayaba el Teatro Estable. Uno de los actores le preguntó para qué se esmeraba en la realización de los detalles mínimos de la pieza, que seguramente no serían percibidos por el público desde la platea. "Para que el actor se sienta mejor; pero, por sobre todo, porque es mi trabajo y me gusta hacerlo bien", respondió Hernani. Había hablado el artista, el espíritu sensible para el cual entregar siempre el máximo de su potencialidad es un imperativo inexcusable.
No nos sirve pensar que nuestra forma de ser nos excusa de aspirar al máximo de la calidad. Nos subestimamos si esperamos que se nos tengan consideraciones especiales por nuestra condición de tercermundistas sin recursos. Entre nosotros sobra talento como para acometer con éxito las empresas más exigentes. Sólo nos hace falta tomarnos en serio, y convencernos de que lo que se construye con trabajo y organización deja muy pocas brechas por las cuales pueden deslizarse los errores.







