La automutilación

Esa mala costumbre de depredarse a sí mismo.

24 Marzo 2005
Cortar o cercenar una parte del cuerpo, y más particularmente del cuerpo viviente. Quitar una parte o porción de algo que de suyo debiera tenerlo, definen el verbo mutilar, una acción a la cual los tucumanos estamos acostumbrados.
La sucesión de cierres y de reaperturas de la hostería de Amaicha del Valle, que fue inaugurada el 20 de febrero de 1955, comenzó en 1965. El desguace hormiga se inició en la década del 90: se robaron la grifería, los sanitarios, las ventanas, la imponente cocina... El saqueo fue avanzando cada vez más hasta el punto de que los pisos ya no existen y las tejas pasarán a ser en poco tiempo un recuerdo de los memoriosos. Los responsables del latrocinio seguramente son conocidos por los mismos amaicheños, pero en todos estos años nadie se ha animado a denunciarlos, ni el Estado a investigar. "Pato, te robaste todo Amaicha del Valle", rezaba en 1996 una pintada anónima en una pared del hospedaje.
Tras fallidas licitaciones y frustradas privatizaciones, la hostería regresó a manos de la Provincia en 1997 cuando el Gobierno dispuso la rescisión total del boleto de compraventa, suscripto entre la Secretaría de Turismo y la empresa Berbeluk SRL, que la gestión de Ramón Ortega había autorizado y aprobado por decreto 1994/3, por incumplimiento de las obligaciones de la firma, según consignó LA GACETA del 23/2/99. Por enésima vez, ese mismo mes se anunció una nueva licitación. Transcurrieron seis años desde entonces. La hostería, desamparada incluso por la Pachamama, sigue sufriendo mutilaciones. En realidad, son automutilaciones porque su funcionamiento contribuiría a fomentar el turismo y a generar trabajo en una comunidad cuyos habitantes, en su gran mayoría, viven de la administración pública y de los planes sociales. Sin embargo, no se cuida el patrimonio; se lo depreda con actos que implican robarse la esperanza a sí mismo. Las marchas y contramarchas que sufrió el establecimiento hasta la fecha bien podrían ser una metáfora de los golpes de Estado que asolaron el país entre 1930 y 1976, y que lo dejaron cada vez más destruido.
Algo similar sucede con los Talleres de Ferroviarios de Tafí Viejo. En enero pasado, nuestro diario informó que en pocas semanas, los delincuentes habían robado alrededor de 1.500 chapas de los galpones que tienen más de 20 metros de altura. Para ello se habrían necesitado camiones. Sin embargo, nadie vio nada; tampoco hubo detenidos. Un contrasentido, sin duda, en una población que viene luchando desde hace años por la reapertura y puesta en marcha de la que fue su principal fuente de trabajo y un orgullo del país.
Santa Ana es otro ejemplo de comunidades que se automutilan; el costo del desmantelamiento del ex ingenio se estima en más de millón de pesos. El pueblo se debate en la desesperanza, a causa del olvido de los gobernantes de turno.
Esta automutilación tucumana también se refleja en la destrucción sistemática del patrimonio arquitectónico; en la contaminación de los ríos; en la depredación de los bosques; en la falta de reconocimiento a los intelectuales, científicos y artistas que nos prestigian, como sucede con la pianista Myrtha Raia, quien, pese a haber entregado su talento como intérprete y docente a esta sociedad durante más de cinco décadas, por cuestiones kafkianas no puede acceder a una jubilación largamente merecida.
Nos automutilamos cuando la Justicia casi nunca condena con la cárcel a los verdaderos responsables de los desguaces financieros de la provincia; cuando la clase gobernante sigue abocada a reciclarse en los gobiernos; cuando se pisotea la dignidad de la gente con planes sociales indignos, mientras la minoría dirigente de siempre disfruta de las veleidades del poder; cuando la culpa de lo que nos acontece es de todos, de los otros o de la herencia recibida, y por lo tanto, de nadie.
Si seguimos automutilándonos, ni siquiera la Pachamama podrá ayudarnos por más "cusiya, cusiya" que le imploremos.

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