El diagnóstico que la ex diputada nacional Elisa Carrió trazó sobre el país en su reciente visita a la provincia, fue descorazonador; en particular para quienes creían que el presidente Néstor Kirchner -para bien o para mal- representaba un intento por gobernar de forma diferente. A partir de un discurso atractivamente confuso, que pretende sintetizar la racionalidad de la filosofía moderna con los dogmas de las grandes religiones (judaísmo, cristianismo y budismo), la titular del Ari (Afirmación para una República Igualitaria) decretó que en la Argentina sólo resta esperar que se desaten las fuerzas liberadoras del Apocalipsis. Esto, en términos políticos, quiere decir que hasta que la sociedad no se decida a parir un nuevo contrato moral, de nada servirá reformar las Constituciones provinciales, como sucederá en Tucumán. "¿Alguien cree que aquí se debatirá el pacto social fundamental? En esta provincia eso es obviamente mentira", se preguntó y se contestó a sí misma. Lo que no dijo Carrió es qué pueden hacer 650.000 tucumanos cuando tengan que ir a las urnas, excepto deprimirse, claro. El mensaje nihilista no sólo fue para la sociedad, sino para su propio partido, al que condenó a ser en el NOA una fuerza de resistencia ética (léase testimonial) hasta que el nuevo día alumbre unitariamente en la Capital Federal, donde ella es fuerte. Esto puede explicar por qué el Ari, pese a que Carrió quedó a sólo cinco puntos de Kirchner en los comicios presidenciales de 2003, tiene en Tucumán menos afiliados que la medieval Bandera Blanca, de Ezequiel Avila Gallo.
En lo que Carrió estuvo definitivamente incisiva fue en la crítica al nepotismo. "¡Tendremos un Congreso lleno de esposas!", ironizó en relación con la posible postulación para diputada nacional de la esposa del gobernador José Alperovich, Beatriz Rojkés.
El argumento es que, en los casos de cónyuges devenidas candidatas, lejos de una pretendida igualdad sexual, las mujeres siguen siendo el expediente al que recurren los maridos para seguir acumulando poder. Carrió olvidó decir que esta estrategia también puede ser familiar, como ocurre en la apolillada Fuerza Republicana (FR).
El partido de los Bussi se queja porque el hermano del gobernador, Naum Alperovich, empresario del sector automotor, defendió con más determinación que el ministro de Economía, Jorge Jiménez, una medida impulsada supuestamente por este: el 3% en concepto de Impuesto a los Sellos con que fue gravada la compra de automóviles en concesionarias que no son de la provincia. Los republicanos pretenden que este es un ejemplo de cómo se usan los mecanismos públicos para defender la hacienda de una familia.
Como diría Carrió en un arrebato bíblico, en FR miran la paja en el ojo peronista, pero no la viga que miopiza la visión propia: con Antonio Bussi preso -claro, en un departamento del Barrio Norte porteño- y con Ricardo Bussi senador nacional y futuro candidato a convencional constituyente, ahora buscan hacer diputado a otro miembro del clan (Fernanda Bussi fue resistida y ahora conjeturan con el primogénito, José Luis Bussi).
Conscientes de que Alperovich, por medio de su mujer, será virtualmente postulante, quieren que el contrincante sea simplemente el apellido Bussi estampado en las boletas para los dos comicios que se celebrarán el mismo domingo de octubre (el 23).
En la Casa de Gobierno, lejos de disgustarles la estrategia de FR, conjeturan que una polarización entre Alperovich y Bussi es lo mejor que les puede pasar. Sin el formidable efecto hormigueo que significaba la Ley de Lemas, cuanto menos sean los partidos que obtengan más del 3% del total de votos válidos emitidos, mayor será el número de convencionales que acapararán el PJ y FR para dominar la Convención y la futura Constitución. En el próximo discurso ante la Legislatura, Alperovich hablará en primera persona del plural (nosotros). Pero en los hechos, su Yo sigue siendo tan rotundo como el de Bussi.
23 Marzo 2005 Seguir en 
Por Federico Abel







