22 Marzo 2005 Seguir en 
El fin de semana pasado, 1.000 aspirantes a médicos rindieron la primera de las cuatro pruebas que se exigen para ingresar a la carrera de Medicina de la UNT.
Como es el primer año en el que se definió un cupo de ingresantes -poco más de 200- esta instancia tiene para ellos una significación especial: con la distancia del caso, para los émulos de Hipócrates, esta será también una suerte de Operación Triunfo, porque saben que hay quienes quedarán en "la Academia", y otros que no tendrán esa suerte.
Algo parecido ocurre con las carreras de Medicina de otras universidades nacionales, que también fijaron cupo. Sin embargo, algunas casas de estudios superiores tomaron el toro por las astas. ¿Qué hicieron ? Convocaron a los aspirantes que no lograron ingresar, y los instan a "redireccionar" su elección hacia otras carreras afines del área de las ciencias de la salud. En otras facultades, como en Ciencias Exactas de la UNT, donde también hubo examen, hay distintas categorías de ingresantes: aquellos que aprobaron todo el curso son considerados "alumnos plenos" de la facultad. Y los que no pasaron esa prueba son alumnos "condicionales", que podrán ir cursando otras materias, con lo permanecerán contenidos en un ámbito de estudio, y no en la calle.
Acciones como esa, o como la flamante tecnicatura de Agroindustria, que abre en Lules una oferta educativa hasta ahora inexistente, son propuestas pedagógicas que apuntan a devolver a los jóvenes a aquellos espacios de aprendizaje en los que alumnos y maestros se enriquecen por igual.
Los que se fueron
Pero esta semana, Tucumán se quedó sin tres de sus maestros. Cada uno en lo suyo, María Elena Saleme, Ramón Alberto Pérez y Carlos Olivera hicieron escuela y, tal vez sin habérselo propuesto, imprimieron sus huellas en generaciones de tucumanos para quienes la cultura no es un mero goce estético, sino una forma de echar luz sobre las cosas de este mundo. Eso hacía Olivera -un actor gigante- cada vez que se subía al escenario. Y eso hizo también Ramón Alberto "Tito" Pérez desde su rol de crítico de arte y periodista "a la vieja usanza", y desde su natural generosidad para compartir los secretos del oficio y su vasta cultura con las camadas más jóvenes.
En cuanto a María Elena Saleme, sus enseñanzas implícitas (que son las que definen a los maestros de raza) fueron múltiples: ella está inscripta en el grupo de mujeres que, con firmeza y sin estridencias, se instalaron en el espacio público de ese mundo de hombres que fue el Tucumán de los comienzos del siglo XX. Parodiando a Virginia Woolf, ella se animó a construir en Tucumán "un Cuarto propio".
Pero si ese fue un legado para miles de mujeres tucumanas, la impronta que dejó entre las egresadas de la Escuela Sarmiento de la UNT fue especial. María Elena Saleme transmitió una forma particular de liderazgo no represivo y no coercitivo que, en sintonía con la propuesta pedagógica de la escuela Sarmiento, estimuló tanto la responsabilidad académica como la libertad en la toma de decisiones. Atado a ello, y ese fue quizás su mayor aporte, la señorita Saleme les enseñó a las sucesivas camadas de sarmientinas que hay que hacerse cargo de las decisiones adoptadas.
Por todo eso, ayer una multitud emocionada le dijo adiós a la maestra que predicó con su ejemplo la correspondencia ética entre el decir y el hacer.
En épocas en que la palabra maestro ha sido reemplazada por la de "coach" (entrenador) y en que el concepto de "Academia" se aplica en los concursos televisivos para acceder a una fama rápida, el adiós que recibió ayer María Elena Saleme parece haber puesto las cosas en su justo lugar.
Como es el primer año en el que se definió un cupo de ingresantes -poco más de 200- esta instancia tiene para ellos una significación especial: con la distancia del caso, para los émulos de Hipócrates, esta será también una suerte de Operación Triunfo, porque saben que hay quienes quedarán en "la Academia", y otros que no tendrán esa suerte.
Algo parecido ocurre con las carreras de Medicina de otras universidades nacionales, que también fijaron cupo. Sin embargo, algunas casas de estudios superiores tomaron el toro por las astas. ¿Qué hicieron ? Convocaron a los aspirantes que no lograron ingresar, y los instan a "redireccionar" su elección hacia otras carreras afines del área de las ciencias de la salud. En otras facultades, como en Ciencias Exactas de la UNT, donde también hubo examen, hay distintas categorías de ingresantes: aquellos que aprobaron todo el curso son considerados "alumnos plenos" de la facultad. Y los que no pasaron esa prueba son alumnos "condicionales", que podrán ir cursando otras materias, con lo permanecerán contenidos en un ámbito de estudio, y no en la calle.
Acciones como esa, o como la flamante tecnicatura de Agroindustria, que abre en Lules una oferta educativa hasta ahora inexistente, son propuestas pedagógicas que apuntan a devolver a los jóvenes a aquellos espacios de aprendizaje en los que alumnos y maestros se enriquecen por igual.
Los que se fueron
Pero esta semana, Tucumán se quedó sin tres de sus maestros. Cada uno en lo suyo, María Elena Saleme, Ramón Alberto Pérez y Carlos Olivera hicieron escuela y, tal vez sin habérselo propuesto, imprimieron sus huellas en generaciones de tucumanos para quienes la cultura no es un mero goce estético, sino una forma de echar luz sobre las cosas de este mundo. Eso hacía Olivera -un actor gigante- cada vez que se subía al escenario. Y eso hizo también Ramón Alberto "Tito" Pérez desde su rol de crítico de arte y periodista "a la vieja usanza", y desde su natural generosidad para compartir los secretos del oficio y su vasta cultura con las camadas más jóvenes.
En cuanto a María Elena Saleme, sus enseñanzas implícitas (que son las que definen a los maestros de raza) fueron múltiples: ella está inscripta en el grupo de mujeres que, con firmeza y sin estridencias, se instalaron en el espacio público de ese mundo de hombres que fue el Tucumán de los comienzos del siglo XX. Parodiando a Virginia Woolf, ella se animó a construir en Tucumán "un Cuarto propio".
Pero si ese fue un legado para miles de mujeres tucumanas, la impronta que dejó entre las egresadas de la Escuela Sarmiento de la UNT fue especial. María Elena Saleme transmitió una forma particular de liderazgo no represivo y no coercitivo que, en sintonía con la propuesta pedagógica de la escuela Sarmiento, estimuló tanto la responsabilidad académica como la libertad en la toma de decisiones. Atado a ello, y ese fue quizás su mayor aporte, la señorita Saleme les enseñó a las sucesivas camadas de sarmientinas que hay que hacerse cargo de las decisiones adoptadas.
Por todo eso, ayer una multitud emocionada le dijo adiós a la maestra que predicó con su ejemplo la correspondencia ética entre el decir y el hacer.
En épocas en que la palabra maestro ha sido reemplazada por la de "coach" (entrenador) y en que el concepto de "Academia" se aplica en los concursos televisivos para acceder a una fama rápida, el adiós que recibió ayer María Elena Saleme parece haber puesto las cosas en su justo lugar.







