Al chico le cuesta levantar la mirada del piso. Camina cabizbajo, como pidiendo permiso. Todavía no sabe muy bien si el culpable de lo que pasó es él, y por eso elige las palabras para hablar. Pide perdón por todo. La reconstrucción será larga y dolorosa. Para él, para sus padres, para sus amigos, para sus maestros. Todo delito es execrable, pero esto se potencia hasta el límite cuando la víctima es un menor. La sola mención de que alguien le hizo daño a un chico genera escozor. Y la reacción se vuelve inconsciente.
Suele pasar que, cuando alguien lee una mala noticia, piensa que es improbable que le pase a él. Sucede tanto a nivel personal como a social. El hambre siempre fue para gran parte de los tucumanos algo lejano, que sucedía en lugares como Biafra o Angola. Hasta que la realidad nos golpeó como una maza, y nos dimos con que en nuestra provincia los chicos también se morían por falta de alimentación.
Palabras como pedófilo o pederasta también sonaban lejanas a las conversaciones vernáculas. Se leían noticias de grandes redes de perversos que se descubrían en Europa. Se nombraba a hombres conocidos, como Pete Townshend, el guitarrista de The Who (en un caso que nunca se aclaró del todo), de Michael Jackson, quien actualmente es juzgado por abuso de un menor, o más cerca, al padre Julio César Grassi. Hasta que en enero, la punta del iceberg comenzó a aparecer en Tucumán, con la detención de un hombre de 33 años, a quien denunciaron por sacar fotos de menores para publicarlas en una página de internet. Luego, fue el turno de otro hombre, con fuertes vínculos en el poder político, que llevaba a adolescentes a su casa y con promesas de regalos (bicicletas y celulares) los convencía para que estuvieran con él. Según Julio César Ruiz, de la Fundación Adoptar, no es que en Tucumán nunca hayan sucedido hechos como estos. "Alguien levantó la alfombra, y se vio la basura acumulada que había debajo", ejemplificó.
Hay gente que se escandaliza por casos como estos, pero no ve más allá. Hay diferencias, es cierto, pero no es acaso casi tan denigrante como aquellos la explotación infantil en el trabajo. Ver a esos niños en las esquina, muchas veces ateridos de frío y con los pies descalzos, que únicamente piden una moneda. O la presencia de menores en las cosechas, trabajando 18 horas al día bajo el sol o la lluvia. O quienes, bajo los efectos de la droga, suministrada en general por mayores, son obligados a salir a delinquir sólo porque la ley los considera inimputables. El denominador común son siempre los adultos. Si hay un niño que es abusado, en cualquier tipo de situación, la intervención de un mayor es omnipresente. El problema es que esto se da por acción y por omisión. La primera por aquellos que, haciendo abuso de su autoridad, se aprovechan de los más chicos, y la segunda, por la desatención de quienes deberían cuidarlos para que no sean víctimas de aquellos. Es en esa diferencia donde se debe prestar mayor atención, ya que son muchas las horas que los menores pasan en sitios a los que sus padres casi ni concurren (cibercafés, bares, boliches, etcétera), y son lugares propicios para entablar todo tipo de relaciones.
Algo no funciona bien
La defensora de Menores Inés Avellaneda consideró: "las víctimas perfectas de los corruptores son los más chicos, por la ingenuidad de la corta edad o por una situación de baja autoestima". Según la psicóloga Silvina Cohen Imach, "algo no funciona bien en el sistema". "La familia, la escuela, los centros de salud, por nombrar sólo algunos, son espacios en los que la fractura social ha dejado sus marcas", indicó. La primera reacción ante casos como estos es el horror. Pero la segunda debería ser más lógica. Depende de los adultos que esto no suceda. También se trata de una cuestión de valores. El tipo de vida que nos impone la sociedad nos quita tiempo para cosas tan importantes como para charlar con ellos, para saber de sus problemas, y para ayudarlos. Recordemos que no habrá nunca algo tan hermoso como verlos reírse.







