Historias secretas de los teatros

Equivocaciones y errores que causaron sorpresa entre el público de todas las épocas. Guido Torres se casó en la sala en la que tocaba con la Orquesta Sinfónica.

EN TUCUMAN. El francés Jean-Louis Barrault y su esposa Madeleine Renaud, en 1961, leen LA GACETA antes de actuar en el San Martín. Dejaron en la provincia algunas anécdotas.
EN TUCUMAN. El francés Jean-Louis Barrault y su esposa Madeleine Renaud, en 1961, leen LA GACETA antes de actuar en el San Martín. Dejaron en la provincia algunas anécdotas.
20 Marzo 2005
Las anécdotas e historias de los
teatros son tantas, que el dramaturgo tucumano Oscar Quiroga escribió "El guiso caliente", una obra que narraba, justamente, la vida de los asistentes y técnicos detrás del telón del San Martín. Ellos vuelven a ser protagonistas.

Cuando no hay funciones, entre los oscuros pasillos de los teatros se oyen murmullos que quieren ser escuchados. Vale la pena contar las anécdotas de personajes y épocas; y los jefes técnicos, operadores, iluminadores y vestuaristas de los teatros más importantes de Tucumán le relataron a LA GACETA algunas de las historias que quedaron entre las tablas, retazos del pasado, para que se conviertan en algo más que murmullos.

Fantasmas, guerras de murciélagos y lechuzas, bailarines con las botas cruzadas y un casamiento en el San Martín a toda orquesta, forman parte del legado insólito de uno de los templos de la cultura más importantes del interior del país.

La magia, en estos lugares, suele estar literalmente debajo de las tablas. Para confirmar esa creencia, cuando en 1989 se estaba remodelando el teatro Alberdi un obrero encontró, entre el parquet, un papel doblado, amarillento. Era el original de un afiche de publicidad invitando al estreno del filme "Fantomas", el 27 de febrero de 1914.

También es muy recordada la visita de Jean-Louis Barrault, director y actor francés, junto con su esposa, Madeleine Renaud, en junio de 1961.

Las historias de fantasmas recorren los pasillos de los teatros
Casi confirmando las leyendas de fantasmas, mientras Jorge "Bocha" Soria, jefe técnico del San Martín, le contaba a LA GACETA la historia de las apariciones de una bailarina en los camarines por las noches, una puerta se abrió sola y de golpe. "Estas cosas suceden a menudo, a veces se escuchan conciertos o suena el piano cuando no queda nadie en el teatro", dijo Soria.
"Hay muchas historias para contar; son tantos años de trabajo que mi memoria fue recolectando anécdotas que para muchos fueron olvidadas o quedaron guardadas", dijo Soria.
Hugo Gramajo, supervisor técnico del Teatro Alberdi asegura que después de las funciones queda entre los pasillos y los palcos como una energía especial, por lo que se escuchan ruidos y hasta se pueden ver formas. "Los guardias siempre cuentan que por las noches se encierran en un cuarto y que muchas veces les golpean las puertas cuando no se encuentra nadie en el teatro. Pero lo de los fantasmas depende de la cabeza de uno", dijo Gramajo, mientras caminaba por los pasillos oscuros.
El año pasado, se produjo un escándalo cuando el maestro Bruno Gelber se sentó el 11 de noviembre ante el piano de cola del San Martín. Pero tuvo que suspender durante varios minutos su recital porque se había aflojado el pedal del maltratado Baldwin. "Fue mala suerte, no un boicot como se dijo", afirmó el Miguel Arévalo. Afortunadamente, se encontraba en la sala un técnico afinador que solucionó el problema. Se anunció que se compraría uno nuevo.
En las noches de ballet las vestuaristas tienen mucho trabajo. Ana Orellana, jefa de vestuario, contó que en una ocasión mandó a un bailarín con las botas cambiadas. "Lo veía bailando raro, cuando volvió me buscaba por todas partes porque me quería matar", dijo Orellana, quien también confesó que en una presentación del Ballet Estable, a una bailarina se le rompió la ropa por lo que tuvo que cosérsela de inmediato. La bailarina salió sin que termine de coser y la aguja daba vueltas en el escenario junto con la artista.
No siempre las obras reciben aplausos: cuando se representaba "Marat Sade", una pieza sobre la vida del Marqués, un grupo conservador de derecha tiró cohetes en el mismo teatro, por lo que la gente salió horrorizada por el humo de la pirotecnia.
En la mayoría de las casas antiguas los murciélagos son comunes e irradicables. Pero en el teatro San Martín los técnicos piensan que cada vez que aparece uno en la primera función de una obra, esta tendrá un éxito rotundo. Así ocurrió con "Drácula" -coincidencias aparte-, los monólogos de Pinti y las "Bananas en pijamas", por ejemplo. Pero los murciélagos tuvieron que ganarle antes una guerra a las lechuzas, que solían ensuciar la sala. Los empleados de mantenimiento intercedieron en la pelea, y terminaron matándolas.
Si de mala suerte se habla, el vestuario de la ópera "Madame Butterfly" tuvo un trágico final. Después de nueve meses de reposar en cajones del sótano del San Martín, vestidos, pelucas, entre otras cosas fueron enviadas en el avión de Austral, que se estrelló en el Río de la Plata el 7 de mayo de 1981; por ello el vestuario no llegó a destino, sino al mar.

Pedro Calderón, un "detector" de instrumentos desafinados
Anécdotas como la de la bailarina rusa Maia Plisetskaia, el 17 de agosto de 1978, son recordadas por muchos técnicos y espectadores. Una de las condiciones que pedía la artista para actuar en la provincia era que su camarín debía ser de ciertas medidas, por lo que se tuvo que ampliar y voltear una pared. Espectadores de provincias vecinas llegaron a la función, que comenzó con cuatro horas de retraso y duró sólo cuatro minutos. Ante el abucheo la bailarina no salió a saludar y tuvo que esperar a que se fuera hasta la última persona para volver al hotel. Además fue grosera con la prensa, y no faltaron incomprensibles insultos en su idioma. Nunca se conocieron las razones de su reacción.
Por su parte Pedro Ignacio Calderón, un reconocido director de Orquesta del Teatro Colón, se presentó en muchas ocasiones en el San Martín. Cuentan los técnicos que tenía oído absoluto y que en pleno concierto podía descubrir cuál era el instrumento que desafinaba.

Un clásico con ropa común
En la época de oro del teatro tucumano muchas figuras pasaron por los escenarios de la provincia. Jean-Louis Barrault fue uno de los actores más reconocidos de Francia y, en su visita a la provincia, quedó maravillado con las costumbres y el trato de la gente ."El momento más feliz de mi vida ha sido el de mi llegada a Tucumán", le dijo a LA GACETA el actor y director, durante su visita, en junio de 1961.

Malambo
En esa ocasión, Barrault debía representar en el San Martín retazos de obras clásicas, pero su vestuario se perdió por lo que en su actuación utilizó ropa de entrecasa. Al finalizar, los miembros del teatro, realizaron un lunch donde se bailó un malambo. El actor al ver el baile, fue al escenario y abrazó al bailarín mientras gritaba: "a París, a París", invitando al artista.

ANALISIS
Música que no salía y un elogio inoportuno
Dos anécdotas, entre muchas, me cruzan por la cabeza cuando evoco el Teatro San Martín de décadas atrás. Es decir, de los 70 y comienzos de los 80, cuando estaba a su frente Guido Torres, quien lo dirigía con el brío y la dedicación más extraordinarias que se registraron en Tucumán.
Una noche, actuaba la famosa bailarina Liliana Belfiore, acompañada por el Ballet Estable. La música estaba grabada, ya que la estrella había llegado esa mañana y no había tiempo para ensayar con la orquesta. Con la sala colmada, se abrió el telón. En el escenario, estaban Liliana y las bailarinas en posición. Pero la música no empezaba. Entonces, el cortinado se cerró. Minutos después, volvió a abrirse. Otra vez, silencio de tumba, y nuevo cierre. Lo que sí se oían eran los gritos enfurecidos de la directora del Ballet, Nelly Casella. Había ocurrido -se supo después- que el encargado de la música, por la nerviosidad que lo carcomía, había girado al revés la perilla del volumen del grabador. Liliana demostró su calidad de gran artista, al no enojarse en absoluto. En otra ocasión, actuaba el grupo vocal "Buenos Aires 8", a sala llena. De pronto, se vio que uno de los integrantes miraba hacia las bambalinas y, sin dejar de cantar, se iba desplazando hacia ellas. Volvió con cara de furia. Nos enteramos de que un extravagante empleado del teatro le había hecho insistentes señas, para que se acercara. Alarmado, el cantante salió del escenario y le preguntó qué ocurría. El empleado respondió: "¡Qué bien que les está saliendo, muchachos!"
Carlos Páez de la Torre (h)

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