La marea alfonsinista se sintetizó en un lema: “somos la vida”

La marea alfonsinista se sintetizó en un lema: “somos la vida”

La UCR y su candidato sedujeron al electorado con el mensaje ideal para el momento histórico

TUCUMÁN. Una multitud acompañó a Alfonsín la noche del 28 de septiembre de 1983. El acto se hizo en la calle, a metros de la plaza Independencia. LA GACETA/ARCHIVO TUCUMÁN. Una multitud acompañó a Alfonsín la noche del 28 de septiembre de 1983. El acto se hizo en la calle, a metros de la plaza Independencia. LA GACETA/ARCHIVO

“Me siento el próximo Presidente”, subrayó Raúl Alfonsín. Faltaba más de un mes para las elecciones, pero aquel miércoles 28 de septiembre de 1983 el candidato hablaba en Tucumán con una convicción contagiosa. Tanta que invitaba a creer en una victoria radical sobre el peronismo, mano a mano, con reglas claras y todos los jugadores en la cancha, hecho inédito en la política nacional. Tal era la potencia de ese tsunami al que muchos, sobre todo en el PJ, no vieron venir. Alfonsín se los llevó puestos y pasada la medianoche del 30 de octubre ya festejaba con más del 51% de los votos.

De reciente aparición, el libro “Ahora Alfonsín” -escrito por Matías Méndez y Rodrigo Estévez Andrade- disecciona la formidable campaña de la UCR, plena de aciertos estéticos y comunicacionales. Mucho tuvo que ver la participación en ese diseño del publicista David Ratto, toda una novedad para la época. Mientras Alfonsín desplegaba un arsenal de eslogans pegadizos y un mensaje potente en los medios y en la calle, el peronismo se mantuvo aferrado a la antigua liturgia y al trabajo de la militancia de base. El mundo había cambiado y falló esa percepción. Y cuando el PJ intentó reformular la estrategia ya era tarde.

Pero no fue la campaña lo que llevó a Alfonsín al sillón de Rivadavia, más allá de lo mucho que haya contribuido. La elección del 83 marcó un quiebre en muchos sentidos, por ejemplo -según el análisis del sociólogo Gabriel Vommaro- con la emergencia de un electorado independiente que no se detectaba en la tradición política argentina. Alfonsín supo seducirlo aferrado a la concepción de la institucionalidad como base de la vida ciudadana (“con la democracia se come, se cura y se educa”). Así, recitando el preámbulo de la Constitución en cada parada de su gira proselitista, fue componiendo una banda de sonido colmada de sentido.

Pero hubo algo más profundo. Al cabo de siete años de la más sangrienta dictadura, Alfonsín entendió que el país necesitaba un rumbo esperanzador. Tras la muerte, la violencia y la oscuridad, los jóvenes radicales pintaban en las paredes “somos la vida”. Oprimieron la tecla correcta. Pero Alfonsín, a la vez, se invistió como un garante de la legalidad y recalcó que los crímenes no quedarían impunes. Lo avalaba su carrera defendiendo los derechos humanos y la ciudadanía le creyó.

EN SU CHASCOMÚS NATAL. Raúl Alfonsín vota rodeado por la prensa. EN SU CHASCOMÚS NATAL. Raúl Alfonsín vota rodeado por la prensa.

Mientras, el peronismo quedó atado a un pasado reciente que terminó funcionando como lastre. De movida, con la candidatura de Italo Luder -figura clave del Gobierno de Isabel Perón derribado por el golpe de 1976- y con la predominancia del ala gremial del movimiento en el armado del proyecto. Figuras como el poderoso dirigente metalúrgico Lorenzo Miguel restaron más de lo que sumaron a los ojos de ese nuevo electorado independiente que pensó bien su voto. También estaba instalada la idea de que un subterráneo pacto militar-sindical garantizaría la autoamnistía que los militares se habían dictado. Y algo más: tras la violencia armada de los 70 y el fracaso de Isabel Perón, los argentinos reclamaban justicia y mucha paz. Al contrario de los radicales, la JP afirmaba en las paredes “somos la rabia”. No era el sentir popular.

De lo que estaba seguro el peronismo era de la victoria en el norte y por eso Luder no desembarcó en Tucumán en la previa de las elecciones. Sí lo hizo el candidato a vice, Deolindo Felipe Bittel. El cálculo era correcto, porque el PJ se impuso en todo el NOA traccionado por un caudillismo entonces imbatible (Riera en Tucumán, Juárez en Santiago del Estero, Menem en La Rioja, Saadi en Catamarca, Romero en Salta, Snopek en Jujuy).

En cambio, Alfonsín recorrió la geografía nacional centímetro a centímetro. La visita a la provincia incluyó una parada en el ingenio Concepción, un almuerzo en la fábrica Papel del Tucumán y, por supuesto, un acto organizado en la calle (24 de Septiembre entre Congreso y Las Heras). Allí Alfonsín recurrió a su arsenal de barricada -era un notable orador-, lo ovacionaron cuando entrelazó la manos sobre el hombre -su inmortalizado saludo/símbolo- y prometió que no cedería a las presiones del FMI. Porque han pasado 40 años y el escenario económico no era diferente al actual, con una inflación desatada y un ministro que advertía “el que apuesta al dólar, pierde”.

La noche del 29 de octubre el dictador Reynaldo Bignone habló en cadena nacional. Básicamente, despejó las dudas acerca de si los militares realmente entregarían el poder. Es que a un puñado de horas del acto eleccionario persistía el escepticismo y muchos fueron a votar con miedo.

La contundencia de la victoria radical, con 11 puntos de ventaja sobre el peronismo, desarmó cualquier intento desestabilizador. Fue una elección absolutamente polarizada, a punto tal que las adhesiones para los otros 10 candidatos resultaron insignificantes. Había allí un abanico de liberales, desarrollistas, socialdemócratas y socialistas que no pregnaron en el electorado. Y vale destacar la participación de la tucumana Elisa Colombo, quien con sus muy jóvenes 31 años fue la candidata a vicepresidenta de la Nación por el Frente de Izquierda Popular de Jorge Abelardo Ramos.

“Hoy decide el pueblo”. Es uno de los grandes títulos que legó LA GACETA. Lo publicó el 30 de octubre de 1983. Y el pueblo eligió a Raúl Alfonsín, ese al que muchos no vieron venir.

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