Un basural largo, que dobla en la esquina

Desperdicios domiciliarios y residuos tecnológicos infestan la avenida Ejército del Norte en su intersección con Chile.

25 Ene 2013
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A LA VISTA DE TODOS. Un camino de basura se prolonga entre las malezas y el pavimento en una de las arterias que conecta la capital con Tafí Viejo. LA GACETA / FOTO DE JORGE OLMOS SGROSSO

Varias botellas de gaseosa y de jugos. Un par de paquetes de yerba mate. Muchos yogures. Un sachet de mayonesa. Varias cajas de vino. Y fideos sueltos. Muchos. Además de los tomates, por supuesto.

En cuando a los artículos de limpieza, dos botes de shampoo. Varios pañales descartables. Una manguera. Y hasta un par de sachets de lavandina.

Parece una lista para el supermercado, hasta que en la libreta se posa un moscardón con tonalidades verdes. Porque el detalle pertenece algunos de los desperdicios que componen el pavimentado basural de Ejército del Norte al 1.300.

Este descarado vaciadero emplazado sobre una de las vías que conecta San Miguel de Tucumán con Tafí Viejo está creciendo. Pareciera que no le alcanza la cuadra, así que dobla en la esquina y se prolonga por Chile. A medida que se avanza hacia a la ochava, la fetidez de la basura domiciliaria se mezcla con los olores de la bosta y de los orines de los caballos mal alimentados que se encuentran atados en el predio que ya ha sido ocupado por un asentamiento de emergencia. De esa villa sólo se ven los techos desde la avenida: los pastizales están tan altos que casi la tapan por completo.

Pero si bien los ocupantes de las casillas no son inocentes de inmundicia aledaña, tampoco son enteramente responsables. Porque el vaciadero también crece en la variedad de los residuos. Porque hay desde goma espuma que alguna vez hizo las veces de colchón hasta restos de un monitor de computadora, pasando por el filtro de aire de un camión.

En la propia intersección de Chile y Ejército del Norte, los desperdicios desafían, incluso, uno de los axiomas urbanos más arraigados en el combate contra la proliferación de los basurales clandestinos. Eso de que donde se construye una pequeña gruta no prolifera la porquería no se aplica ni remotamente en esta esquina.

"Aquí no respetan nada. Ni siquiera la grutita. Le viven rompiendo los vidrios y hasta le roban los santigos. Hacen pedazos todo", reniega Susana del Valle Miranda, sentada en la vereda del frente.

"Ayer mismo vino y un carrero y tiró un montón de basura. Y hace mucho tiempo que no vienen a limpiar como corresponde. Le diría que hace ya como dos años", reniega.

La siesta tucumana comienza, entonces, a tornarse irrespirable. Los restos de guiso a cielo abierto mezclados con los 40° de ayer son una de las muchas pesadillas que fermentan en la zona. Y cuya huella olfativa insiste con cruzar la calle. "Esto se está poniendo cada vez peor", concluye el lamento de Carlos Alberto Miranda.

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