La Economía según Calígula

En la obra de Albert Camus, el emperador romano establecía que todos los nobles desheradaran a sus hijos a favor del Estado y que se los ejecutara de acuerdo a las necesidades públicas. El protagonista no hace más que llevar a sus últimas consecuencias la lógica que hoy convence a casi todo el mundo.

18 Nov 2012
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Por Raúl Courel - Para LA GACETA - Buenos Aires

A comienzos del siglo XX, Jacques Prévert, con ácida ironía, escribía que "el ministerio de Economía debería llamarse de la Miseria, pues al ministerio de la Guerra no se le llama nunca de la Paz". Albert Camus pintaba la iniquidad en su Calígula. Allí, con el criterio de que lo primero es el tesoro público, el César resolvía que todos los patricios deshereden a sus hijos y testen a favor del Estado. A renglón seguido, para satisfacer las necesidades generales, ordenaba que mueran, no importaba en qué orden, cuantas personas convenga. "Esas ejecuciones -decía el déspota en la obra- tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen". Y agregaba: "si el tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene... la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo".

Así como la caridad no alimenta las arcas de ningún estado, tampoco el amor es capaz de igualar a los súbditos del imperio, ni siquiera lo es el odio. Estas emotividades no sirven para igualar nada; por el contrario, diferencian y discriminan, simplemente porque el objeto de amor o de odio, por el sólo hecho de ser tal, nunca es equivalente a otro. Por eso la economía, cuando se reduce a pura contabilidad corta a todos con la misma tijera, no interesando otra cosa que cuánto se paga y cuánto se cobra.

Evidentemente, con esta lógica impasible la economía no puede supeditarse al logro de felicidad alguna, ni siquiera a la de vivir, por eso es identificada por Camus con el mal, un mal anónimo y frío que se propone superior a sensiblerías como el amor o el odio. "Yo he decidido ser lógico -asevera el emperador- y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica". "La seguridad y la lógica -afirma también- no marchan juntas".

Calígula, considerándose a sí mismo "puro en el mal", no es un simple loco. Él aplica, en verdad, la lógica económica que convence a prácticamente todo el mundo. Lo hace, eso sí, sin concesiones, avanzando sin vacilar hasta las últimas consecuencias. "Las cosas -dice- no se consiguen porque nunca se las sostiene hasta el fin". No faltan en nuestros días economistas que suscribirían estas mismas palabras. Sin embargo, el problema será la imposibilidad de llegar al final debido a los desastres resultantes, que incluyen la destrucción del propio actor principal.

El Calígula que describe Camus se queja como el hombre, que sufre porque "las cosas no son lo que deberían ser", a diferencia de las mujeres, que penan porque el amor nunca alcanza. De espíritu moderno, él no se acomoda a lo factible de este mundo, en el que "los hombres mueren y no son felices". De esto se trata, si lo posible no alcanza es lógico pedir lo imposible: "necesito la luna -expresa- o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo".

La conclusión de Calígula es obligada: "la utilidad del poder es dar oportunidades a lo imposible", aunque en ello nos vaya la vida. Si de eso se tratara, y si fuera cierto que los gobernantes contemporáneos sólo van por los carriles que les traza la lógica usual de los economistas, es probable que estemos perdidos. En este caso, habrá que esperar el resultado, previsible, del ovem lupo comittere: confiar las ovejas al lobo.

© LA GACETA Raúl Courel - Psicoanalista tucumano, ex decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

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