23 Febrero 2012 Seguir en 
Nadie puede discutir la importancia que la música tiene en la vida de las personas, ni la enorme medida en que ella les aporta riqueza, fantasía y amenidad. Y la tecnología actual ha permitido que, con los auriculares, puedan tenerla como compañía en todo momento. Pero hay que convenir que junto con todas estas y otras ventajas, puede tornarse problemática y fastidiosa. Nos referimos a los casos en que la emite con excesivo volumen y en lugares no siempre adecuados. Adquiere entonces carácter de un ruido molesto, invasivo y omnipresente.
En la capital se camina por las peatonales mientras, desde los "campamentos" de venta de grabaciones ilegales, estas se oyen con un volumen que, los sábados a la tarde o los domingos, ya alcanzan los decibeles de un baile público. Quien ingresa a una casa de comercio cualquiera, a menudo debe hacerse oír por encima del estrépito que sale de un televisor cuya imagen nadie mira pero cuya música trepidante aturde a todos. Prácticamente no existe un restaurante donde la concurrencia -que acude a comer y a conversar- no tenga el telón de fondo de la música fuerte que emite el televisor. Esto en la ciudad. En las villas veraniegas, se llega a verdaderos extremos. En Tafí del Valle, por ejemplo, en bares y casas de comida, hay que desgañitarse para dialogar entre la emisión de los altoparlantes.
Esto se inicia muy temprano y prosigue sin intervalos hasta cerca de la salida del sol. Y, los sábados, la invasión toca sus puntos más altos, cuando desde el escenario (levantado al centro de la avenida principal, bloqueando todo el tránsito) el sonido llega a los más lejanos puntos de la villa. Para alegría de muchos jóvenes, es cierto; pero también para tortura de muchos adultos que creen, ingenuamente, que en el veraneo tienen derecho a descansar durante unas horas.
No se trata de sostener, absurdamente, la veda de la música, sino de postular que se irradie a un volumen razonable. De manera que no se desnaturalice y se convierta -repetimos- en un ruido molesto, de la índole del escape libre de un automotor. Es sabido que existen ordenanzas que reglamentan el nivel considerado razonable. Pero también lo es que tales normas no están entre las que más se observan: a cada momento, cartas de lectores registran las quejas de vecinos, sobre cómo su descanso es injustamente afectado por las emisiones que salen de bares o boliches hasta cualquier hora. Nos parece que este es un terreno donde la autoridad municipal, como responsable de la tranquilidad del vecindario, debiera intervenir de una manera más acentuada que la usual. Y estudiar, al mismo tiempo, la posibilidad de una normativa que abarque no sólo los establecimientos donde la juventud se reúne y baila, sino otros ámbitos donde la música constituye un fastidio para quienes allí concurren. Parece innecesario decir que hace mucho tiempo que la ciencia ha comprobado los daños físicos y psicológicos que el ruido excesivo causa a las personas, y cómo suscita fenómenos inquietantes de irritabilidad y de desconcentración.
La música, "la más dócil de las formas del tiempo", según Borges, merece una utilización más noble que esa desmadrada y excesiva de la que aventuramos algunos ejemplos. Muchas complicaciones tiene ya la vida moderna, como para que se las aumente de esa manera. Las normas sobre este asunto, nos parece, no sólo deben aplicarse con rigor: también es necesario que se vayan modificando de acuerdo a las demandas de la realidad.
En la capital se camina por las peatonales mientras, desde los "campamentos" de venta de grabaciones ilegales, estas se oyen con un volumen que, los sábados a la tarde o los domingos, ya alcanzan los decibeles de un baile público. Quien ingresa a una casa de comercio cualquiera, a menudo debe hacerse oír por encima del estrépito que sale de un televisor cuya imagen nadie mira pero cuya música trepidante aturde a todos. Prácticamente no existe un restaurante donde la concurrencia -que acude a comer y a conversar- no tenga el telón de fondo de la música fuerte que emite el televisor. Esto en la ciudad. En las villas veraniegas, se llega a verdaderos extremos. En Tafí del Valle, por ejemplo, en bares y casas de comida, hay que desgañitarse para dialogar entre la emisión de los altoparlantes.
Esto se inicia muy temprano y prosigue sin intervalos hasta cerca de la salida del sol. Y, los sábados, la invasión toca sus puntos más altos, cuando desde el escenario (levantado al centro de la avenida principal, bloqueando todo el tránsito) el sonido llega a los más lejanos puntos de la villa. Para alegría de muchos jóvenes, es cierto; pero también para tortura de muchos adultos que creen, ingenuamente, que en el veraneo tienen derecho a descansar durante unas horas.
No se trata de sostener, absurdamente, la veda de la música, sino de postular que se irradie a un volumen razonable. De manera que no se desnaturalice y se convierta -repetimos- en un ruido molesto, de la índole del escape libre de un automotor. Es sabido que existen ordenanzas que reglamentan el nivel considerado razonable. Pero también lo es que tales normas no están entre las que más se observan: a cada momento, cartas de lectores registran las quejas de vecinos, sobre cómo su descanso es injustamente afectado por las emisiones que salen de bares o boliches hasta cualquier hora. Nos parece que este es un terreno donde la autoridad municipal, como responsable de la tranquilidad del vecindario, debiera intervenir de una manera más acentuada que la usual. Y estudiar, al mismo tiempo, la posibilidad de una normativa que abarque no sólo los establecimientos donde la juventud se reúne y baila, sino otros ámbitos donde la música constituye un fastidio para quienes allí concurren. Parece innecesario decir que hace mucho tiempo que la ciencia ha comprobado los daños físicos y psicológicos que el ruido excesivo causa a las personas, y cómo suscita fenómenos inquietantes de irritabilidad y de desconcentración.
La música, "la más dócil de las formas del tiempo", según Borges, merece una utilización más noble que esa desmadrada y excesiva de la que aventuramos algunos ejemplos. Muchas complicaciones tiene ya la vida moderna, como para que se las aumente de esa manera. Las normas sobre este asunto, nos parece, no sólo deben aplicarse con rigor: también es necesario que se vayan modificando de acuerdo a las demandas de la realidad.







