Era una de esas tardes oprobiosas de febrero en las que sólo faltaba que se cortara la luz. Y la luz se cortó. Del otro lado de la centralita telefónica de EDET, una atribulada empleada daba a entender que la vigilia sería larga "porque había caído un árbol sobre un distribuidor de energía".
Con el anochecer no llegaron ni la luz ni la ansiada brisa. Y en ese barrio en el que todavía se pavonean algunas casas bajas, las veredas se fueron poblando de vecinos que, solidarios entre sí, intercambiaban consejos, linternas y bebidas frescas. A las diez de la noche, cuando volvió la luz, hubo festejo colectivo. En esa misma cuadra, en uno de los tantos edificios que ya le están cambiando la cara al barrio, viven un buen amigo y su esposa. Me cuentan de los recaudos que esa tarde les transmitió el portero; pero que no hubo vecinos con quienes compartir el trance. Su hipotésis es que la gente que vive en edificios no hace migas con sus vecinos para preservar la poca intimidad que les queda. Otro me dice que no tiene a quiénes pedirles hielo para el fernet. Pero no siempre la vida en edificios depara pesadillas como las de las dos ancianas porteñas cuyos cadáveres estuvieron cuatro meses en el departamento, sin que nadie se percatara de sus ausencias. A veces, de ventana a ventana se forjan amistades de fierro.
Con el anochecer no llegaron ni la luz ni la ansiada brisa. Y en ese barrio en el que todavía se pavonean algunas casas bajas, las veredas se fueron poblando de vecinos que, solidarios entre sí, intercambiaban consejos, linternas y bebidas frescas. A las diez de la noche, cuando volvió la luz, hubo festejo colectivo. En esa misma cuadra, en uno de los tantos edificios que ya le están cambiando la cara al barrio, viven un buen amigo y su esposa. Me cuentan de los recaudos que esa tarde les transmitió el portero; pero que no hubo vecinos con quienes compartir el trance. Su hipotésis es que la gente que vive en edificios no hace migas con sus vecinos para preservar la poca intimidad que les queda. Otro me dice que no tiene a quiénes pedirles hielo para el fernet. Pero no siempre la vida en edificios depara pesadillas como las de las dos ancianas porteñas cuyos cadáveres estuvieron cuatro meses en el departamento, sin que nadie se percatara de sus ausencias. A veces, de ventana a ventana se forjan amistades de fierro.







