CUENTOS DE VERANO

El hallazgo

Por Marcos Enrique Mirande
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El camino era polvoriento y la siesta tórrida para esa época. Las lluvias se hacían esperar y eso tenía preocupado a José Rodríguez, que conducía su camioneta en medio de la polvareda que se arremolinaba dentro de la cabina asentándose en su pelo, sus cejas y sus pestañas, dándole un aspecto apropiado a las circunstancias. El banco lo apuraba para que cancele una deuda impagable; del trigo que tenía sembrado no se podía esperar demasiado ya que la misma sequía que le impedía comenzar los preparativos para la siembra de soja había calcinado las espigas doradas que seguramente darían un magro premio al esfuerzo de José. Y era el mismo viento seco que hacía irrespirable el aire mezclado con tierra en suspensión dentro de la camioneta. Hacia adelante, sin embargo, se veía claramente. Por fortuna nadie circulaba a esa hora, con ese calor y por ese camino olvidado que llevaba a algunos campos en el límite entre Tucumán y Santiago del Estero. Por eso le resultó fácil a José, que iba atento a los pozos del camino, distinguir el objeto que relucía al sol y parecía haber sido depositado cuidadosamente sobre el colchón de tierra. Alcanzó a detener la marcha antes de llegar a él y se bajó de la camioneta. Se quedó largo rato mirándolo sin atreverse a tocarlo. En su vida -tenía ya cincuenta y tantos años- nunca había visto uno; ni siquiera sabía con certeza si de verdad existían. Solamente había escuchado hablar de ellos. Sin embargo tuvo la inmediata y extraña certeza de que sabía de qué se trataba. No necesitó que nadie le dijera que el objeto brillante, lustroso y enigmático que tenía ante sus ojos era un trombalador. De repente un frío que parecía venir de quién sabe dónde le recorrió la espalda: quizás alguien lo hubiera visto o, peor aún, lo estuviera observando escondido. Miró alrededor. La arboleda se mecía al ritmo del viento calcinante. Más allá, los campos dorados de trigo seco y susurrante. Sólo se escuchaba el enervante griterío de las catas en lo alto de los árboles y llegaban a su nariz olores viejos y conocidos; a veces solos y a veces mezclados por el viento. Se podía apreciar el refrescante perfume de los eucaliptus, una dulce y lejana fragancia a mistol y el olor penetrante y vegetal de la bosta fresca de los caballos que consumían con avidez los últimos restos de alfalfa en un corral cercano. Nada más. Recién entonces se acercó al trombalador, lo levantó y lo puso sobre sus dos palmas extendidas, hipnotizado ante la presencia del objeto que refulgía delante de sus ojos. El relincho de un caballo lo hizo pegar un salto. Se dio vuelta asustado escondiendo al mismo tiempo el objeto. Qué tonto -pensó- después de todo yo lo encontré tirado. Es mío. Pero inmediatamente recordó las veces que había encontrado cosas en el camino y decidió guardarlo rápidamente bajo el asiento. No quería que le ocurriese como aquella vez que halló el cuchillo con cabo de asta y funda de cuero crudo adornada con tejido de tiento de potro y no tuvo peor idea que hacer correr la noticia. En el acto aparecieron no uno sino tres dueños. Todos con su correspondiente argumento para demostrar la propiedad. Lo mismo sucedió con la llave francesa y hasta con el cabrito que se había alejado de la majada perdiéndose en el monte. No. Esta vez sería distinto. Nadie le quitaría el precioso aparato.

Cuando llegó a su casa, su esposa Beatriz, a la que los años de difícil convivencia le habían dibujado un rictus adusto y modelado un carácter hosco y triste, al verlo entrar con el rostro iluminado por aquella extraña sonrisa lo miró primero con desconfianza y luego, contagiada por su buen estado de ánimo, lo saludó con un beso en la mejilla, en un gesto que ambos creían olvidado y no le dijo nada sobre el llamado del gerente del banco que lo intimaba a pagar bajo la amenaza de cerrarle la cuenta e iniciarle juicio.

Se habían casado hacía veinticinco años y las ilusiones compartidas habían casi desaparecido con los cinco hijos que se habían marchado en busca de nuevos horizontes, dejando un profundo vacío en el hogar y varios kilos de más en su madre, que nunca pudo recuperar su otrora excelente silueta tras los partos. Esto, y las largas y cada vez más frecuentes ausencias nocturnas de José aumentaban las sospechas y la distancia entre ellos. A él le costaba cada vez más explicar el olor a alcohol que traía en su ropa y en su cuerpo en esas madrugadas en las que llegaba silenciosamente y se acostaba junto a su esposa sin saludarla para no despertarla, ignorando que ella no dormía. Le costaba explicarlo sobre todo porque en realidad él no tomaba más que el vino con que acompañaba las comidas. El alcohol que lo perfumaba provenía de una petaca de ginebra que siempre llevaba en la guantera y que servía para disimular el intenso olor a loción barata de sus noches de burdeles oscuros y patéticos.

Los problemas económicos, por otra parte, no ayudaban a mejorar la situación entre ellos. Las cosechas habían sido generosas en los años de malos precios y mezquinas en aquellos de precios aceptables. La simpleza de José le impedía ver una relación de causa-efecto en esto y seguía con ahínco, esfuerzo y coraje en su noble como poco remunerativa tarea de la siembra. Y encima el problema del banco, pensaba a cada rato.

El hecho es que esa noche transcurrió en una paz y un compañerismo que no experimentaban desde hacía mucho tiempo. José contando las alternativas del hallazgo y mostrándole esa cosa a Beatriz y ella escuchando, mirando, entre curiosa e incrédula, pero feliz de ver a su marido entusiasmado por algo tan lejano a los problemas cotidianos. Finalmente comieron en un ambiente distendido y se fueron a dormir.

La oscuridad del dormitorio y el hecho de no poder conciliar el sueño se confabularon para que José reflexionara sobre las circunstancias del hallazgo y sobre todo sobre el objeto encontrado. Porque, si bien por un lado su duda sobre la existencia real de los trombaladores se había disipado, se le planteaban otras. ¿Qué hacía en el camino polvoriento y solitario si no era porque alguien lo había depositado, arrojado o perdido allí? No olvidaba, por supuesto, que la rotura del trombalador era la responsable, según los técnicos, del mal funcionamiento de aparatos domésticos, televisores, y otros. Por lo menos así relataban las historias que había escuchado una y otra vez. Sin embargo, le parecía raro que un técnico anduviese por esos guadales y con ese calor para reparar alguno de esos aparatos. Un ataque de risa convulsiva lo hizo sacudir la cama. Miró a su esposa temiendo haberla despertado. Pero no, estaba dormida. Al menos así parecía. Cuando se calmó no tuvo más remedio que considerarse poco menos que un estúpido, ya que, también lo decían las historias escuchadas, la artimaña de los técnicos era cobrar por un cambio de trombalador (que eran siempre importados y carísimos) cuando en realidad al aparato en cuestión sólo había que cambiarle el cable, el enchufe o algún fusible o resistencia que costaban centavos. Es decir que nadie jamás había puesto un trombalador en algún aparato. Es más, se preguntó divertido: ¿alguna vez algún técnico habría tenido en sus manos un trombalador -sobre todo con las características de este, que parecía tan moderno-, o siquiera habría visto uno? En cambio él lo tenía, de verdad, tangible, brillante, apoyado con cuidado en su mesa de luz. Lo miró como para cerciorarse de que todavía estaba allí.

Estaba.

Le pareció que no solamente brillaba al sol, que también tenía como una luminosidad interior y propia. Pero se quedó dormido antes de comprobarlo.

La mañana siguiente encontró al matrimonio desayunando en armonía hasta que la mujer, quien no podía ocultar por más tiempo lo del banco, llamó a la realidad a José. Este tomó la noticia con más tranquilidad de lo esperado. Escuchó en silencio, masticando lentamente la medialuna, y tras el último sorbo de café dio un beso a su mujer y dijo solamente:

-No te preocupés; a esto lo arreglo hoy.

Beatriz fue hasta la vereda a despedirlo. ¿Llevaba algo envuelto en papel de diario? ¡Oh! Tal vez fuera solamente su imaginación. Y entró a la casa.

Todas las noches, José Rodríguez, abrazando a su esposa se duerme con una sonrisa en los labios, mirando de reojo lo que tiene tan bien custodiado en una cajita arriba de su mesa de luz: el recibo de cancelación de la deuda con el banco.

En algún lado, quizás en un camino polvoriento, bajo un sol abrasador, sentado sobre la tierra calcinada, un ex gerente de banco se pregunta para qué servirá el objeto que tiene en sus manos. Brillante, luminoso, moderno, funcional y sobre todo, caro: un trombalador.

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