Todo parece prometer una jornada a pleno campo. Tranquila, sólo perturbada por unos mosquitos molestos, habitantes del lugar húmedo y boscoso.
Sesenta pequeños exploradores, de edades entre diez y doce años, dirigidos y cuidados por media docena de adultos. Entre todos, utilizan las más variadas armas para deshacerse de los insectos que los acosan sin cesar.
Entre las armas elegidas, utilizan el humo aromatizado por la quema de ramas de eucaliptos, pastos verdes aún, y gajos de los siempre verde; árboles que crecen como maleza. Arrojados a las brasas estos últimos producen un increíble e intenso tiroteo artificial al explotar mientras se queman. A su vez el ruido festivo, alegra el ambiente sacudido por las picaduras.
Después de algunas horas de inútil combate, todos terminan por adaptarse al lugar de la batalla despareja. Sesenta contra millones. Los vencedores, generosos en el triunfo, no se hacen sentir tanto como al principio. O quizás, las pequeñas víctimas sufren en silencio la derrota. Ambas opciones son valederas.
Calmados los ardores de la batalla contra tantos enemigos, los pequeños exploradores visitantes del bosque, habitantes de un colegio cercano, reinician su travesía a través de la tupida vegetación de robles, cipreses, pinos, eucaliptos, siempre verdes, enormes amapolas con esas flores tan preciosas engalanándolos, palmares, tupidos macizos de cañas tacuara, y los perfumados tilos. Cuando están llenos de flores, la infusión de éstas últimas podrían calmar los ánimos de millones de personas.
Una idea irracional se me cruza por la mente, para terminar con la mayor cantidad de conflictos que existen en nuestro deteriorado planeta. Llenar aviones con esta infusión de tilo en cantidades fabulosas, arrojarla y obligar a tomarla a los combatientes. Estos, furiosos para asesinar a sus contrincantes, se echarán a dormir. Y luego del sueño reparador y forzoso, seguro, ninguno tendrá ganas de andar persiguiendo a nadie.
Por ahora, los 60 exploradores y la media docena de sus maestros, comienzan a explorar el bosque. A cada paso, el ambiente se torna más umbrío y denso. Como un presagio de peligros salvajes, se escuchan algunas ásperas voces de fieras.
- Son los pumas-, dice una voz, ronca por la garganta apretada de miedo.
- Aquí no hay pumas-contesta otra voz.
- Claro que hay pumas. Y vaya a saber que otra bestia-.
Y así por el estilo transcurren las horas, enredados por los altos pastos, los espinudos, dañinos arbustos y la jauría domada de moscas y mosquitos.
Llega la oscuridad y todo comienza a desaparecer. Los contornos son tragados por una noche sin luna y los ominosos sonidos aparentan crecer, hasta un absurdo terror.
- ¿Y yo, saben ustedes quién soy? Te pregunto a ti que estás leyendo. Claro que no sabes. No podrías saber quién soy, si no te imaginas una imagen. ¡Ja, ja?ja! Soy el valor y el miedo. El susto y el consuelo. El grito y la dulce palabra.
- Esto soy yo. Lo cenagoso, la podredumbre, lo turbador, lo sin razón, lo mágico. El aire puro y anchuroso.
- Y una diversión que acostumbro a realizar, cuando tengo visitantes y son un gran número; mejor. Es la que daré comienzo esta noche.
Sesenta asustadísimos pequeños. De pronto, un silbido poderoso y largo como pitido de tren absorbe todos los otros ruidos del bosque.
- ¡Hey! Quietos. Escuchen. ¿Qué fue eso? ¿El tiro de algún cazador quizás?
- No. ¿Cómo va a ser un tiro? ¿Acaso no escucharon que duró demasiado el ruido? Un tiro es un tiro. Una explosión y listo. Un par de segundos. Pero este ruido duró más de la cuenta.
- Claro (dice otra voz), no es un disparo. Puede ser el viento que se cuela entre los álamos, o los pinos o, quizás, entre las ramas de los eucaliptos. (La voz suena inquieta)
- Tampoco es el viento (con seguridad, otra voz). ¿Qué demonios será?
- No digas esa palabra. ¿O pretendes asustarnos?
- Yo, el señor del bosque. ¡Así! ¡Eso es! ¡Cómo me divierto! ¿Vieron? Probemos otra vez, a ver qué pasa.
Un nuevo silbido. Más agudo. Más largo y con un fin brusco. Gran contraste.
- ¡Como me gusta hacer esto!
Un silencio de muerte en el campamento.
- ¿Se habrán asustado tanto? ¿Me habré excedido con la broma?
- Tranquilos, vamos, no tengan miedo (uno de los mayores trata de calmar a los 60 que están apretujados en las carpas, donde se refugiaron). La voz tiembla y no puede evitar la influencia del miedo a lo desconocido.
- Yo otra vez. Mejor no sigo con los silbidos. ¿Vieron cómo se asustaron sólo por un inocente silbido? A ver ahora. Con un gruñido de jabalíes (son más ásperos que los de un puma) veremos qué pasa.
- Oh, no. Esperen, es mentira. No huyan (pero no me escuchan). Por supuesto, cómo podrían hacerlo, si soy el protagonista de este relato. Soy el sonido del bosque, del viento entre los árboles, de los aullidos de las fieras, del canto de los pájaros. Pero también guardo un tesoro inconmensurable de vida. Soy la fábrica de la vida. La que hace posible que estos pequeños y asustadizos 60, puedan respirar y sentirse vivos. ¡Soy el oxígeno! ¡Soy un bromista incurable!
- ¿Lo ven? Ya les pasó el susto. Ahora quieren lastimarme y van a quemar algunas de mis partes. ¡Ya sé que son pequeños! ¡Cuidado! ¡Allí no! Menos mal que los mayores están cerca.
- Antes que terminen su incursión me divertiré de lo lindo. Y al mismo tiempo les enseñaré el pago por encender fuego en el bosque.
Una llama pequeña se escapa hacia un árbol vecino. Es un roble muy anciano y le hago un favor en sus últimos tiempos. Listo. Ahora unas cuantas chispas brillantes como fuegos artificiales, y se prenden los pastos que rodean las carpas.
- ¡Eso es lo que yo quiero! Así me gusta verlos, corriendo por mis senderos para apagar los pequeños incendios. ¡Ahora sí! Se dieron cuenta de que hay que cuidar el fuego. Veo que colocan rápido piedras alrededor de las llamas. Esta vez con cuidado, y bien elevada la pequeña pared protectora. Los dejo contentos y tranquilos. Total, sólo son niños y me interesa verlos felices.
Adiós lector. Hasta la próxima incursión en el bosque. ¡Ja, ja, ja?!