¿Qué es Tucumán? ¿Qué es lo que verdaderamente nos representa? ¿Será, tal vez, la Casa Histórica, el símbolo de la Independencia que el Estado eligió para ser la cara de la "Marca Tucumán"? ¿Será, por qué no, Mercedes Sosa, la embajadora cultural más importante que dio la provincia en todo el mundo? ¿Serán, dirían algunos, San Martín y Atlético, el fútbol hecho pasión en dos de los clubes más importantes en el país? ¿Será aún hoy, a pesar del paso de los años, la desnutrición que también nos puso en el centro del mundo hace ya poco más de ocho años? ¿Será Tafí del Valle, "vendida" en todo el planeta como la Suiza del norte de Argentina? ¿Serán los ingenios, y por ende el azúcar que se vende en todo el país? ¿Será aquel viejo mote de "Jardín de la República" del cual aún muchos se enorgullecen aunque cada vez represente menos la realidad? ¿Será la inseguridad que se pasea por las calles sin que nadie la haga frente? ¿Será nuestro "sistema de transporte" en el que conviven truchos con legales y a pocos parece importarle? ¿Será nuestro "shopping" a cielo abierto en el que, a pesar de que hay una ley que lo prohíbe, hay cada vez más puestos instalados en la peatonal? ¿Serán nuestras cuatro universidades, motivo de admiración de muchas provincias? ¿Será por la imparable contaminación que producimos, y que además "compartimos" con nuestros vecinos? ¿Será por personas como Leila Abdala, que nos emocionó a todos con su historia de solidaridad y que tuvo reconocimiento desde la Capital Federal? ¿Será por la cada vez mayor producción de limón y de arándano? ¿Será por el pujante movimiento cultural independiente? ¿O por la falta de lugares que sufren los artistas para poder mostrarse?
Hay 100 opciones más, de las buenas y de las malas. En los últimos años las marchas multitudinarias tuvieron como origen casos policiales (Lebbos, Hovannes, Sénneke), el conflicto de los autoconvocados de la salud y la defensa del patrimonio. ¿Hay muchas más? No. Evidentemente no está demasiada arraigada la certeza de que la unión hace la fuerza. Pero hay hechos que demuestran por sí solos que no hace falta demasiada presión para enmendar errores. Y este mes, con pocos días de diferencia, se dieron dos casos cabales de ellos. Por un lado, el de la polémica por la suspensión de los ya históricos talleres de verano de la UNT, alegando problemas presupuestarios y de locaciones. Bastó que las quejas de los interesados se hicieran sentir para que el rector Juan Alberto Cerisola descubriera que alguien (¿él?) había determinado que no se hicieran (¿alguien puede dar esta orden sin que el rector se entere?). Entonces dieron marcha atrás, y los talleres ya están en marcha. Y esta misma semana, en el centro de la atención estuvo la casa Sucar. La piqueta avanzaba inexorablemente sobre ella hasta que un grupo de personas (no más 30 para ser sinceros) se movilizó contra la decisión. Una vez más estaba en juego la historia de la provincia, más allá de que el propietario fuera un particular y no el Estado. Hubo miembros de la comisión de Patrimonio Histórico que estaban de vacaciones, y regresaron para sesionar. E hicieron retroceder, aunque sea por unos meses, a las topadoras. Ahora sí, todo depende del Estado. De la Legislatura y del Ejecutivo. En las oficinas oficialistas no deben olvidar que hay varios ojos vigilándolos. Es que la discusión debería ser mucho más profunda aún. ¿Qué ciudad queremos? ¿Qué provincia les vamos a mostrar a nuestros nietos? ¿Pretendemos más y más edificios, o conservar la arquitectura histórica? ¿Pueden convivir? La pregunta remite entonces a los interrogantes del comienzo. ¿Qué es lo que nos representa? Sin dudas, la falta de idiosincrasia. Y eso es para alarmarse.







