Una melodramática oda al amor maternal que no llega a convencer

"Por el placer de volver a verla", dirigida por Manuel González Gil, se estrenó en El árbol de Galeano. Para emocionar

FRENTE A FRENTE. La historia cuenta las relaciones de un escritor (Pablo Parolo) con su madre (Soledad Valenzuela). Atraviesan épocas y situaciones.
FRENTE A FRENTE. La historia cuenta las relaciones de un escritor (Pablo Parolo) con su madre (Soledad Valenzuela). Atraviesan épocas y situaciones.
Por Jorge Figueroa 11 Abril 2011
"Por el placer de volver a verla" es una historia sencilla, pequeña, una oda al amor maternal, pero con una dramaturgia que no escapa a la historia cotidiana, planteada en términos melodramáticos al exagerar ciertamente los aspectos sentimentales de esta relación con la intención de provocar emociones en el público.

Buscar emocionar a los espectadores es, sin dudas, uno de los objetivos de todo artista, de todo teatro, pero, por eso mismo, no es una tarea fácil, porque debe, antes que nada, convencer de lo que sucede en el escenario.

El texto del canadiense Michel Tremblay, que Manuel González Gil dirige por tercera vez (2008 en Mar del Plata y 2009 en Madrid) se estrenó en El árbol de Galeano con las actuaciones de Pablo Parolo y Soledad Valenzuela.

Ante un escenario vacío, Parolo ingresa desde el fondo de la sala, y, ya sentado en el escenario, se nos presenta como Miguel, el autor de la obra que vamos a presenciar; un relato que cuenta la importancia que tiene su madre -Nana- en su vida. Es una mujer campechana, exagerada y charlatana que desde el comienzo despierta alguna sonrisa en el público cuando aparece regañando al pobre Miguel cuando tenía 11 años.

Miguel juega entre los momentos en los que se dirige al público rompiendo la cuarta pared y haciendo el papel del narrador de su historia, y los momentos en los que mantiene la ilusión interpretándose a sí mismo a lo largo de su vida, desde la infancia hasta la vida adulta.

Parolo logra sobrevolar con alguna solvencia los distintos cambios de registros en su interpretación, puesto que -debe aclararse-no hay cambio de vestuario durante la puesta, que se extiende por una hora y media. Durante los momentos en los que Miguel es el "autor", ayuda con el montaje de la siguiente escena e incluso habla con los técnicos, solicitando luces o la música. Pero es Valenzuela la que no logra escapar de los gags (efectos burlescos), convencida de que debe acentuar, aún con la sobreactuación, a esa madre charlatana, retratada además con un sinfín de estereotipos. Por otro lado, tiene dificultades con los cambios de registros al representar las diferentes edades.

La obra no parece convencer, con independencia de que algunos espectadores, efectivamente, hayan quedado emocionados.

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