El tiempo se llevó el rencor, pero no trajo alivio
La tragedia de la estudiante del Colegio del Carmen y San José se convirtió en un emblema para los catamarqueños. Se intervino la provincia, se removieron jueces, se condenó a Guillermo Luque y a Luis Tula. Los padres de la jovencita aún esperan que alguno de los homicidas se arrepienta. La comunidad piensa que, con las marchas del silencio, se aprendió a exigir políticas a las autoridades.
10 Septiembre 2010 Seguir en 
CATAMARCA (de nuestra enviada especial, Irene Benito).- La monja cerca de la madre y el padre; el trío tantas veces filmado y fotografiado al frente de las impenitentes marchas del silencio está junto otra vez este miércoles en la biblioteca del Colegio del Carmen y San José. Él, Elías Morales, escucha, asiente y de vez en cuando completa las oraciones que dejan sueltas su mujer, Ada, y la aguerrida hermana Martha Pelloni, radicada en Corrientes desde finales de 1991. Palabras vehementes se solapan con gestos serenos y pausas sutiles. Veinte años de duelo han operado sus milagros, han desparramado su bálsamo sobre el dolor, pero la paz está viciada de relatividad e intermitencia para estos tres símbolos del caso María Soledad.
"Mis hijos me dicen ?¡mamá, basta ya!", relata con pesar la señora Morales. Y ella los entiende y hasta jura que quiere preservar a sus nietos de la aterradora historia familiar. Pero aquel silencio hecho de cansancio no la convence, por más necesario, útil y oportuno que parezca: "ellos tienen razón, pero a mí no me van a callar".
Pelloni y los Morales convirtieron al silencio en un alarido de justicia que despertó al pueblo de Catamarca, removió jueces, derribó el gobierno de Ramón Saadi, dejó expuesta la trama de impunidad, y encarceló a Guillermo Luque y Luis Tula, dos de los responsables del brutal homicidio de la estudiante de 17 años.
Todo lo consiguieron sin proponérselo explícitamente y todo lo conseguido sigue siendo poco en comparación con el daño padecido. Dos décadas después, Elías aún se pregunta: "¿qué se esconde detrás de lo que le pasó a la Sole?"
Avanzar o morir
El viento catamarqueño entrevera los recuerdos y Pelloni, que pertenece a la congregación de las Carmelitas Misioneras Teresianas, recuerda que, al principio, ella ni sabía agarrar el micrófono. "Cuando nos dimos cuenta, todo Catamarca reclamaba justicia. Nuestra verdad infundió miedo a los funcionarios corruptos. Nosotros ?empoderamos? a la sociedad hasta llegar al punto de avanzar o morir. Así fue", resume con abnegación.
Veinte años de experiencia hay entre no saber cómo hablar con la prensa y pronunciar "corrupción" con repugnancia, como si el monstruo estuviese escondido en la biblioteca. Pelloni da estocadas: "la deshonestidad corroe las instituciones argentinas... Llegué a la conclusión de que la decencia depende de cómo uno conteste este interrogante: ?¿cuánto vale la vida humana?? El poderoso sin valores cae inexorablemente en la corrupción".
El valor supremo del derecho a la vida interpela a los Morales, que rechazan la venganza y el rencor, pero no celebran la libertad condicional concedida a Luque (este año) y a Tula (en 2003). Piensan que un encuentro casual podría dinamitar dos décadas de ejercicio de la entereza.
"A veces coincido con gente que quiso encubrir el crimen, con los que vinieron a mi casa a querer cambiar mi declaración...", enuncia Ada Morales, que no pierde la esperanza de que algún día alguien toque la puerta de su casa de Valle Viejo para reconocer el error que cometió. "Llevo 20 años esperando que aunque sea uno se arrepienta: no necesito que me pidan perdón, sino que me expliquen que no quisieron matar a la Sole, que se les fue la mano...", desliza.
Historia sin héroes
Ciertos cambios son más sencillos que otros. Pelloni, que volvió a Catamarca especialmente para acompañar a la familia Morales en el vigésimo aniversario de la muerte de María Soledad, se asombra del crecimiento de la provincia y atribuye el progreso a la dirigencia que reemplazó a Saadi. "Al menos sé que (Eduardo) Brizuela del Moral no roba. Habrá ladrones en el Gobierno, pero su obra se ve", asevera aclarando que no tiene ningún compromiso político con el oficialismo.
Y si en 20 años no surgió una organización no gubernamental que canalice la energía social asociada al caso María Soledad fue porque, según los Morales y la religiosa, no hizo falta. "El pueblo aprendió a exigir las políticas públicas a las autoridades de turno", analizan sin caer en cuenta que, justo encima de ellos, un afiche respalda su opinión mediante una cita del escritor Ernesto Sábato: "lean porque un libro lleva inexorablemente a otro y porque, al hacerlo, aprenderán a rechazar la realidad como un hecho irrevocable".
Y aunque todo lo que expresen o dejen implícito parece digno de una novela, el matrimonio Morales y la monja se niegan a escribir una página que pudiese dejarlos como los héroes de la historia. Elías se retira sigilosamente de la biblioteca mientras las dos mujeres dan rienda suelta a la enumeración de una decena de causas pendientes: la trata de personas, el narcotráfico, la explotación de niños... La certeza de que existen muchas otras Marías Soledades los inquieta. Ada termina volviendo a la punta del ovillo: "a la Sole la mataron de pura inocente. Si aquella noche se subió a ese auto fue porque no podía ser más ingenua. Si alguien le ofrecía acercarla a la casa, ¿cómo no iba a aceptar?"
"Mis hijos me dicen ?¡mamá, basta ya!", relata con pesar la señora Morales. Y ella los entiende y hasta jura que quiere preservar a sus nietos de la aterradora historia familiar. Pero aquel silencio hecho de cansancio no la convence, por más necesario, útil y oportuno que parezca: "ellos tienen razón, pero a mí no me van a callar".
Pelloni y los Morales convirtieron al silencio en un alarido de justicia que despertó al pueblo de Catamarca, removió jueces, derribó el gobierno de Ramón Saadi, dejó expuesta la trama de impunidad, y encarceló a Guillermo Luque y Luis Tula, dos de los responsables del brutal homicidio de la estudiante de 17 años.
Todo lo consiguieron sin proponérselo explícitamente y todo lo conseguido sigue siendo poco en comparación con el daño padecido. Dos décadas después, Elías aún se pregunta: "¿qué se esconde detrás de lo que le pasó a la Sole?"
Avanzar o morir
El viento catamarqueño entrevera los recuerdos y Pelloni, que pertenece a la congregación de las Carmelitas Misioneras Teresianas, recuerda que, al principio, ella ni sabía agarrar el micrófono. "Cuando nos dimos cuenta, todo Catamarca reclamaba justicia. Nuestra verdad infundió miedo a los funcionarios corruptos. Nosotros ?empoderamos? a la sociedad hasta llegar al punto de avanzar o morir. Así fue", resume con abnegación.
Veinte años de experiencia hay entre no saber cómo hablar con la prensa y pronunciar "corrupción" con repugnancia, como si el monstruo estuviese escondido en la biblioteca. Pelloni da estocadas: "la deshonestidad corroe las instituciones argentinas... Llegué a la conclusión de que la decencia depende de cómo uno conteste este interrogante: ?¿cuánto vale la vida humana?? El poderoso sin valores cae inexorablemente en la corrupción".
El valor supremo del derecho a la vida interpela a los Morales, que rechazan la venganza y el rencor, pero no celebran la libertad condicional concedida a Luque (este año) y a Tula (en 2003). Piensan que un encuentro casual podría dinamitar dos décadas de ejercicio de la entereza.
"A veces coincido con gente que quiso encubrir el crimen, con los que vinieron a mi casa a querer cambiar mi declaración...", enuncia Ada Morales, que no pierde la esperanza de que algún día alguien toque la puerta de su casa de Valle Viejo para reconocer el error que cometió. "Llevo 20 años esperando que aunque sea uno se arrepienta: no necesito que me pidan perdón, sino que me expliquen que no quisieron matar a la Sole, que se les fue la mano...", desliza.
Historia sin héroes
Ciertos cambios son más sencillos que otros. Pelloni, que volvió a Catamarca especialmente para acompañar a la familia Morales en el vigésimo aniversario de la muerte de María Soledad, se asombra del crecimiento de la provincia y atribuye el progreso a la dirigencia que reemplazó a Saadi. "Al menos sé que (Eduardo) Brizuela del Moral no roba. Habrá ladrones en el Gobierno, pero su obra se ve", asevera aclarando que no tiene ningún compromiso político con el oficialismo.
Y si en 20 años no surgió una organización no gubernamental que canalice la energía social asociada al caso María Soledad fue porque, según los Morales y la religiosa, no hizo falta. "El pueblo aprendió a exigir las políticas públicas a las autoridades de turno", analizan sin caer en cuenta que, justo encima de ellos, un afiche respalda su opinión mediante una cita del escritor Ernesto Sábato: "lean porque un libro lleva inexorablemente a otro y porque, al hacerlo, aprenderán a rechazar la realidad como un hecho irrevocable".
Y aunque todo lo que expresen o dejen implícito parece digno de una novela, el matrimonio Morales y la monja se niegan a escribir una página que pudiese dejarlos como los héroes de la historia. Elías se retira sigilosamente de la biblioteca mientras las dos mujeres dan rienda suelta a la enumeración de una decena de causas pendientes: la trata de personas, el narcotráfico, la explotación de niños... La certeza de que existen muchas otras Marías Soledades los inquieta. Ada termina volviendo a la punta del ovillo: "a la Sole la mataron de pura inocente. Si aquella noche se subió a ese auto fue porque no podía ser más ingenua. Si alguien le ofrecía acercarla a la casa, ¿cómo no iba a aceptar?"










