En sus cartas a Mariano de Vedia, el tucumano Julio Argentino Roca solía detenerse en reflexiones. La revista ?La Biblioteca? publicó varios fragmentos de ellas en su tomo VIII, en 1898.
"En política no se debe herir inútilmente a nadie, ni lanzar palabras irreparables, porque uno no sabe si el enemigo con quien hoy se combate será un amigo mañana. Después de cierto tiempo, el ofensor y el ofendido no son ya las mismas personas. No pueden serlo. ¡Qué gran necedad es la intransigencia como sistema! Sólo la mediocridad puede ser inmutable en sus ideas", decía. En otra carta, hablaba de la dificultad de adoptar medidas de Estado realmente profundas y heroicas. "Hay un cúmulo de pequeños intereses, de susceptibilidades, de resentimientos, de odios ciegos y de imposiciones del amor propio herido, que se oponen siempre a actos de esa naturaleza, los cuales salvarían muchas veces a un gobierno, a un partido y a un pueblo de naufragios seguros". Pasaba días en su estancia cordobesa. "Estas sierras de Córdoba no tienen la majestad de los Andes, ni el esplendor de las montañas de mi provincia natal; son pequeñas, modestas si puede decirse, y es menester frecuentarlas para descubrirles sus gracias, como a ciertas mujeres. Algunas son pedregosas y estériles; pero otras, vestidas de una vegetación enmarañada, llenas de sombras, forman quebradas encantadoras". Agregaba: "si por mí fuera, me enterraría en estas breñas. Yo debo estar cerca de la verdad o en una franca decadencia, porque tengo cada vez más vivo el sentimiento de la nada y de lo efímero de las cosas humanas. Las palabras del Eclesiastés empiezan a tomar para mí otro valor que el de la simple belleza literaria".
"En política no se debe herir inútilmente a nadie, ni lanzar palabras irreparables, porque uno no sabe si el enemigo con quien hoy se combate será un amigo mañana. Después de cierto tiempo, el ofensor y el ofendido no son ya las mismas personas. No pueden serlo. ¡Qué gran necedad es la intransigencia como sistema! Sólo la mediocridad puede ser inmutable en sus ideas", decía. En otra carta, hablaba de la dificultad de adoptar medidas de Estado realmente profundas y heroicas. "Hay un cúmulo de pequeños intereses, de susceptibilidades, de resentimientos, de odios ciegos y de imposiciones del amor propio herido, que se oponen siempre a actos de esa naturaleza, los cuales salvarían muchas veces a un gobierno, a un partido y a un pueblo de naufragios seguros". Pasaba días en su estancia cordobesa. "Estas sierras de Córdoba no tienen la majestad de los Andes, ni el esplendor de las montañas de mi provincia natal; son pequeñas, modestas si puede decirse, y es menester frecuentarlas para descubrirles sus gracias, como a ciertas mujeres. Algunas son pedregosas y estériles; pero otras, vestidas de una vegetación enmarañada, llenas de sombras, forman quebradas encantadoras". Agregaba: "si por mí fuera, me enterraría en estas breñas. Yo debo estar cerca de la verdad o en una franca decadencia, porque tengo cada vez más vivo el sentimiento de la nada y de lo efímero de las cosas humanas. Las palabras del Eclesiastés empiezan a tomar para mí otro valor que el de la simple belleza literaria".







