Se apagó la televisión. El efecto narcótico del Mundial de Sudáfrica le dio paso a la realidad cotidiana. Ayer mismo se pudo ver la tensión en la sociedad, desde la ama de casa que va al súper a buscar los productos que necesitan (con algunos retoques) hasta el simple trabajador que fue a cargar GNC para hacer el viaje de todos los días hacia la oficina o el que escuchó, de boca de algún remisero o tachero que próximamente la tarifa se va a encarecer porque así es el ciclo de la economía argentina.
Las expectativas inflacionarias están latentes; tal vez algo adormecida por ese fenómeno futbolístico que todo lo puede, incluso tapar cualquier reajuste de valores en las tarifas de los servicios públicos, en las cuotas de los colegios, en las expensas y hasta en la mensualidad del estacionamiento. "Quién va a protestar mientras Maradona y sus jugadores nos den la alegría de soñar con otro Mundial", dice un comerciante de barrio que, calculadora en mano, saca la cuenta de que los costos subieron entre un 10% y un 15%.
No es momento de privaciones. Y de eso, el Gobierno nacional lo sabe: ha utilizado otros $ 1.200 millones de los jubilados para financiarse a una tasa muy por debajo de la inflación real, de esas que no se consiguen en el mercado cuando un simple asalariado va a pedir un crédito. El 82% móvil es una ilusión óptica para la clase pasiva, que aún tiene fuerzas para ir hasta la plaza Independencia para cantarle las cuarenta al gobierno de José Alperovich, que supo hacer gestiones ante la Nación para otorgar ese mismo reajuste a otros sectores del Estado, tal vez menos numerosos que los jubilados. En el Poder Ejecutivo provincial mantienen el mismo discurso que la Nación: otorgar ese porcentaje a todos significaría un desequilibrio descomunal en las finanzas públicas nacionales. De todas maneras, afirman que no todas son pálidas y que el Programa Provincial de Jubilaciones ha permitido sacar de la pobreza a miles de tucumanos que no gozaban del beneficio previsional. "A nosotros, que el tiempo nos pasa más rápido, se nos va la vida en este reclamo", le dijo un jubilado a este columnista, como una demostración de que la fuerza de la lucha no distingue edades. Trasciende.
Cuesta arriba
En esta Argentina mundialista, a las familias les cuesta más sostenerse en la clase media. El propio Indec ha puesto una suerte de promedio de ingresos familiares para ser de esa franja de la sociedad: $ 3.300 para una familia tipo. En la Patagonia, en la Pampa Húmeda, en la Capital Federal o enlas grandes urbes, sus habitantes pueden alcanzar ese nivel de ingresos y vivir decorosamente. En Tucumán, cada vez es más difícil. El organismo estadístico ha calculado en $ 2.146 mensuales el salario de bolsillo de un trabajador formal del sector privado. Hay que remar -y bastante- para alcanzar un nivel de ingresos mensuales para no bajar de la escala social.
El Gobierno nacional, mientras tanto, apostó a que el Mundial todo lo relaje. Pero por debajo del puente sigue pasando el agua. Los bancarios reclaman por un reajuste salarial; los choferes de larga distancia también quieren una recomposición salarial. Los visitadores médicos dicen que a ellos les cabe las generales de la ley y hasta los gastronómicos sostienen que no hay acuerdo salarial cerrado y, por lo tanto, ante el cariz inflacionario, es necesario recomponer cuanto antes el salario.
Las pujas sectoriales pueden terminar en una escalonada inflacionaria. De hecho, en muchas actividades ya se cuenta al aumento como parte de los mayores costos. ¿Quién los pagará? La respuesta, definitivamente, es la misma: los consumidores, trabajadores en actividad, jubilados o beneficiarios de planes sociales que destinan más del 50% de sus ingresos mensuales a los gastos alimentarios.
Oscar Liberman, economista de la Fundación Mercado, suele decir que el mayor consumo generalmente va a precios, lo mismo que los mayores costos de producción. Y hace una comparación respecto del traslado de ese factor inflacionario a los precios. "Hasta hace cuatro años, uno pensaba que los reajustes podrían evidenciarse en los tres o en los seis meses posteriores a los anuncios; hoy el efecto es inmediato porque el empresario ya descontó que tendrá que prevé más fondos para salarios y tarifas", razona.
En la Argentina de hoy no hay parámetros confiables mediante los cuales se pueda ajustar una negociación salarial. Ni siquiera el propio sindicalista K, Hugo Moyano, confía en los datos de inflación del Indec. Pese a los aumentos, los trabajadores argentinos están condenados a vivir en esa suerte de ilusión monetaria, porque, pese a las subas coyunturales, el real poder de compra del salario se mantiene. O, en el mayor de los casos, cae por el precipicio.
Las expectativas inflacionarias están latentes; tal vez algo adormecida por ese fenómeno futbolístico que todo lo puede, incluso tapar cualquier reajuste de valores en las tarifas de los servicios públicos, en las cuotas de los colegios, en las expensas y hasta en la mensualidad del estacionamiento. "Quién va a protestar mientras Maradona y sus jugadores nos den la alegría de soñar con otro Mundial", dice un comerciante de barrio que, calculadora en mano, saca la cuenta de que los costos subieron entre un 10% y un 15%.
No es momento de privaciones. Y de eso, el Gobierno nacional lo sabe: ha utilizado otros $ 1.200 millones de los jubilados para financiarse a una tasa muy por debajo de la inflación real, de esas que no se consiguen en el mercado cuando un simple asalariado va a pedir un crédito. El 82% móvil es una ilusión óptica para la clase pasiva, que aún tiene fuerzas para ir hasta la plaza Independencia para cantarle las cuarenta al gobierno de José Alperovich, que supo hacer gestiones ante la Nación para otorgar ese mismo reajuste a otros sectores del Estado, tal vez menos numerosos que los jubilados. En el Poder Ejecutivo provincial mantienen el mismo discurso que la Nación: otorgar ese porcentaje a todos significaría un desequilibrio descomunal en las finanzas públicas nacionales. De todas maneras, afirman que no todas son pálidas y que el Programa Provincial de Jubilaciones ha permitido sacar de la pobreza a miles de tucumanos que no gozaban del beneficio previsional. "A nosotros, que el tiempo nos pasa más rápido, se nos va la vida en este reclamo", le dijo un jubilado a este columnista, como una demostración de que la fuerza de la lucha no distingue edades. Trasciende.
Cuesta arriba
En esta Argentina mundialista, a las familias les cuesta más sostenerse en la clase media. El propio Indec ha puesto una suerte de promedio de ingresos familiares para ser de esa franja de la sociedad: $ 3.300 para una familia tipo. En la Patagonia, en la Pampa Húmeda, en la Capital Federal o enlas grandes urbes, sus habitantes pueden alcanzar ese nivel de ingresos y vivir decorosamente. En Tucumán, cada vez es más difícil. El organismo estadístico ha calculado en $ 2.146 mensuales el salario de bolsillo de un trabajador formal del sector privado. Hay que remar -y bastante- para alcanzar un nivel de ingresos mensuales para no bajar de la escala social.
El Gobierno nacional, mientras tanto, apostó a que el Mundial todo lo relaje. Pero por debajo del puente sigue pasando el agua. Los bancarios reclaman por un reajuste salarial; los choferes de larga distancia también quieren una recomposición salarial. Los visitadores médicos dicen que a ellos les cabe las generales de la ley y hasta los gastronómicos sostienen que no hay acuerdo salarial cerrado y, por lo tanto, ante el cariz inflacionario, es necesario recomponer cuanto antes el salario.
Las pujas sectoriales pueden terminar en una escalonada inflacionaria. De hecho, en muchas actividades ya se cuenta al aumento como parte de los mayores costos. ¿Quién los pagará? La respuesta, definitivamente, es la misma: los consumidores, trabajadores en actividad, jubilados o beneficiarios de planes sociales que destinan más del 50% de sus ingresos mensuales a los gastos alimentarios.
Oscar Liberman, economista de la Fundación Mercado, suele decir que el mayor consumo generalmente va a precios, lo mismo que los mayores costos de producción. Y hace una comparación respecto del traslado de ese factor inflacionario a los precios. "Hasta hace cuatro años, uno pensaba que los reajustes podrían evidenciarse en los tres o en los seis meses posteriores a los anuncios; hoy el efecto es inmediato porque el empresario ya descontó que tendrá que prevé más fondos para salarios y tarifas", razona.
En la Argentina de hoy no hay parámetros confiables mediante los cuales se pueda ajustar una negociación salarial. Ni siquiera el propio sindicalista K, Hugo Moyano, confía en los datos de inflación del Indec. Pese a los aumentos, los trabajadores argentinos están condenados a vivir en esa suerte de ilusión monetaria, porque, pese a las subas coyunturales, el real poder de compra del salario se mantiene. O, en el mayor de los casos, cae por el precipicio.







