Calixto Mamaní revive el arte de sus antepasados

Una escritora lo llamó "el pintor del pueblo". Muchas de sus obras están en manos de grandes coleccionistas.

13 Mar 2006
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PURO TALENTO. Obras del multifacético artista cafayateño recorren el mundo, y él sigue siendo un hombre humilde aferrado a su pueblo.

En la calle Rivadavia al 400 vive don Calixto Mamaní, el artista plástico autodidacto más importante de Cafayate. Tiene bien merecido el mote de “el pintor del pueblo”, como lo bautizó la poeta y escritora Carola Briones.
Hijo de una humilde familia, este hombre sencillo, de hablar pausado y de caminar cansino, es un gran conocedor de sus raíces culturales, de la historia y de las costumbres de su pueblo.
Don Calixto nació el 14 de agosto de 1938. Tiene 67 años y sólo pudo terminar la primaria, ya que en sus años mozos no había escuela secundaria en Cafayate. Desde muy niño demostró su destreza natural para el dibujo y la pintura. Hoy, en su casa-museo guarda celosamente una importante colección de libros de arte, junto a sus pinturas, dibujos, además de esculturas, tallados y grabados hechos en troncos y ramas de árboles del lugar, en piedras y en cerámica cocida.

Dibujaba en el pizarrón
“Cuando tenía seis años me gustaba dibujar en el pizarrón con tiza. También lo hacía en mi cuaderno y en los de los compañeros. Después, las maestras me pedían para las fechas patrias dibujos alusivos, con tizas de colores, y luego con lápices de colores. Lo que más me gustaba dibujar eran animales, paisajes, árboles, hombres a caballo, y todo lo que veía cuando llegaba el carnaval”, contó a LA GACETA. Nuestro diario lo encontró en su casa pintando un cuadro, vestido sencillamente y de ojotas.
Don Calixto considera que su vida artística comenzó  a los 16 años, cuando los comerciantes le pedían que pintara coloridos motivos en los frentes de los negocios, y la Municipalidad cafayateña le encargaba murales. Comenzó pintando con esmalte sintético común y mucho más tarde pudo acceder al óleo. “Estos eran muy caros; yo no tenía plata para comprarlos y sabía cómo se utilizaban...”, recuerda.
Muchas de sus obras fueron adquiridas por grandes coleccionistas del mundo. El reconocido artista, antes de llegar a ser “el pintor del pueblo”, trabajó en la zafra tucumana, en el cultivo del tabaco y como ayudante de albañil. Aprendió tanto este último oficio, que con sus propias manos levantó su casa-museo de dos plantas, donde todos los ambientes guardan sus obras de artes, excepto uno que usa como dormitorio, y la pequeña cocina que tiene en la planta baja. Aquí tomo mate, pero también coloco el caballete para pintar con la luz natural “porque con los años uno cada vez ve menos”, aclara con la típica tonada cafayateña.
En fondo de su casa tiene bien ordenada una serie de raíces, troncos, ramas de poleo, churqui, algarrobo, chañar, tala y atamisqui; piedras multiformes de todos los colores y restos de vasijas que encontró en el valle. En cada trozo de madera, don Calixto descubre una figura, un objeto en potencia. Luego, su mente creativa y sus habilidosas manos se encargan de darle la forma definitiva.