Ya es un clásico. Cada vez que se publican los resultados de la pruebas PISA, la educación argentina se transforma en un ranking y durante un puñado de días los calificativos oscilan entre “crisis” y “tragedia”. Como si esa tabla de posiciones fuera la síntesis de una realidad compleja y profunda. Será porque en estos casos a la educaciónse le baja el precio: todos se creen con derecho opinar pero son muy pocos los que realmente saben de lo que hablan.

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De las últimas pruebas PISA, estas que tanto ruido hicieron, participaron estudiantes del nivel medio. Chicos de 15 años. En el caso de Tucumán fueron 11 escuelas (siete públicas, dos privadas y dos técnicas). A esa altura, buena parte de la historia educativa de un adolescente ya está escrita. En consecuencia, detrás de un promedio de notas hay años de escolarización, ausencias, aprendizajes incompletos, docentes que pudieron o no sostener su tarea, familias con posibilidades muy diferentes, escuelas con recursos desiguales, currículas que se modificaron y políticas educativas que cambiaron de rumbo.

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Por eso, la discusión no debería agotarse en cuánto saben los estudiantes cuando llegan a los 15 años y ponerle la lápida al sistema porque se retrocedió en matemáticas o estamos amesetados en otras asignaturas de acuerdo a estándares de una evaluación internacional. La pregunta más incómoda es otra: ¿qué estamos haciendo para que nuestros estudiantes aprendan más y mejor? Diez cuestiones deberían estar en el centro de esa conversación; por supuesto que hay muchas más.

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1) Antes que PISA, está el jardín

La desigualdad educativa empieza mucho antes de la secundaria. Un niño que ingresa a primer grado con un vocabulario reducido, escasa experiencia con libros, dificultades para expresarse o sin haber tenido oportunidades suficientes de jugar y conversar comienza su trayectoria escolar desde un lugar diferente. En la educación inicial se construyen capacidades fundamentales, entre ellas lenguaje, autonomía, socialización, motricidad, curiosidad y primeras formas de pensamiento. ¿No deberíamos empezar por mirar qué sucede durante los primeros años de vida y qué oportunidades tienen los niños antes de aprender a leer?

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2) Si no se aprende a leer, todo lo demás se vuelve más difícil

Hay discusiones pedagógicas complejas que pueden esperar. Esta no. Leer no significa pronunciar correctamente las palabras, sino comprender, relacionar, inferir, interpretar y construir sentido. A la vez, escribir supone organizar ideas y comunicarlas. ¿Es la alfabetización una prioridad nacional? Al César lo que es del César: Tucumán le está dedicando muchos recursos a este tema. Habrá que ver cómo funciona en el mediano plazo.

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3) La escuela no puede enseñar todo

Cada problema social genera una demanda hacia la escuela. Educación vial, ambiental, financiera, sexual, digital, mediática, ciudadana, tecnológica. A las materias tradicionales se les agregan nuevos contenidos, mientras casi nunca se decide qué puede dejar de enseñarse. El resultado puede ser una escuela sobrecargada de objetivos y con poco tiempo para profundizar. La pregunta es elemental: ¿qué conocimientos debería llevarse un joven al terminar la secundaria? Esto se discute desde hace décadas en toda clase de congresos pedagógicos y no se logra un consenso.

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4) No hay éxito posible si se descuida a los docentes

La educación argentina suele pedirle al maestro que sea orientador, mediador de conflictos, acompañante emocional, trabajador social y, cada vez más, experto en tecnología. Y además, cuando le queda tiempo, enseñar su materia. ¿Qué necesita un docente para enseñar bien? Formación inicial exigente, capacitación permanente, salarios dignos, tiempo para planificar, equipos que acompañen y una carrera profesional. Y además recuperar la autoridad pedagógica, no la basada en el miedo, sino la que surge del reconocimiento social de quien está frente a un aula.

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5) Una escuela sin clases no puede enseñar

El tiempo importa. Importa la asistencia de los alumnos. Importa la continuidad de las clases. Importa el ausentismo docente. Importa cuánto tiempo efectivo se dedica a enseñar. Importan las interrupciones, las dificultades organizativas y los problemas que hacen que una jornada escolar termine siendo mucho menos aprovechada de lo que indica el calendario. No alcanza con aumentar la cantidad de horas si esas horas no se convierten en oportunidades reales de aprendizaje.

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6) La educación no puede sobrevivir de discursos

Todos reivindican la importancia de la educación pública, pero la discusión sobre su financiamiento aparece recién cuando los problemas son imposibles de ocultar. Pasó hace poco en Tucumán con la Normal capitalina. Una escuela precisa edificios seguros, baños en condiciones, agua, calefacción, iluminación, materiales, conectividad, accesibilidad y espacios adecuados para enseñar. El ámbito para que trabajen equipos directivos y profesionales capaces de sostener la vida cotidiana de instituciones cada vez más complejas.

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7) Una escuela con miedo tampoco puede enseñar

La violencia instalada en las aulas es cosa de todos los días. Hay amenazas, golpizas en recreos convertidos en campos de batalla, bullying, hostigamiento en redes, conflictos con las familias y fenómenos como los registrados en Tucumán, con chicos que asisten armados al colegio. Si no se garantizan condiciones mínimas de seguridad no hay discusión pedagógica posible. ¿Esto implica convertir las escuelas en espacios policiales? Para nada, la cuestión pasa por protocolos claros, equipos de orientación, intervención profesional y articulación con otras áreas del Estado cuando sea necesario.

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8) Hay adolescentes que no pueden aprender porque antes necesitan ser escuchados

Chicos que padecen ansiedad, aislamiento, problemas de convivencia, dificultades familiares, presión social, exposición permanente a las redes y diferentes formas de sufrimiento pueblan las aulas. El profesor de matemáticas no es un psicólogo; la escuela no puede ocuparse de aquello que la sociedad no resuelve. Pero tampoco sirve hacer como si esos problemas no existieran. Hay algo que la escuela siempre puede ofrecer y que ninguna plataforma digital puede reemplazar y es un adulto disponible para escuchar.

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9) La inteligencia artificial está obligando a cambiar la escuela

Hay algo que PISA difícilmente pueda medir. ¿Qué significa educar cuando una máquina puede responder en segundos una pregunta, escribir un ensayo, resolver una ecuación, traducir un texto o producir una imagen? La IA obliga a preguntarse qué vale la pena enseñar cuando la información está disponible en cualquier momento. Y obliga también a revisar cómo evaluamos. Será cuestión de enfocarse en que los chicos sepan hacer buenas preguntas, investiguen, contrasten fuentes, argumenten, generen y defiendan una idea propia. La IA hace más urgente definir para qué sirve la escuela.

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10) Evaluemos, pero también sepamos qué hacer con los resultados

El problema comienza cuando el resultado de una prueba se convierte en el diagnóstico y, al mismo tiempo, en la solución. Saber que los estudiantes tienen dificultades en matemáticas es importante, pero mucho más importante es saber en qué escuelas, en qué territorios y bajo qué condiciones sucede, y qué recursos se van a destinar para revertirlo.

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Epílogo

La pregunta errónea es “¿qué lugar ocupamos en las pruebas PISA?”. La mala noticia produce un rasguido colectivo de vestiduras; no mucho más. Tal vez la pregunta correcta sea “¿qué aprendieron nuestros estudiantes, qué no aprendieron, por qué ocurrió y qué vamos a hacer para cambiarlo?” Convertir las pruebas PISA en el centro de la discusión educativa es confundir el termómetro con la enfermedad. Ningún ranking podrá mostrar qué posibilidades concretas tiene cada chico de aprender según la escuela a la que asiste y el lugar en el que nació.